domingo, 15 de diciembre de 2019

Alivio

A veces me salgo de mí mismo
y empiezo a caminar
y luego a correr
hacia ningún sitio
y no me siento
no me hallo
lo confieso
no me siento
como un brazo dormido
ajeno a todo
al fuego
a la brisa
a mí mismo

Y siento miedo
me miro en el espejo
y siento miedo
busco algo y pregunto
¿quién eres?
¿dónde estás?
¿por qué dueles?
y siento de nuevo
ese dolor 
y ese viejo miedo 
que quiere gritar sin conseguirlo
quizás demasiado asustado para ello

Y luego viajo hacia otros lugares
hacia otros rostros
y me cuelgo por ratos de ellos
rostros de mirada ajena
que no me devuelven nada
si acaso interrogantes
y alguna boca 
que se abrió en sonrisa
asomando abismos
que preguntan por mí
qué fue de mi vértigo 
por qué ya no los miro

Y al fin reacciono
y giro sobre mis pasos… 
Mierda
mis huellas se borraron
esta vez no sabré volver
noche de luna negra
¡no!
grito 
ahora más fuerte
por fin el aire brota hacia fuera
lo dejo salir y marchar
caigo de pronto rendido
me siento sobre mis pies
y respiro
otra vez respiro
aire entra
siento como me lleno
vacío
y otra vez lleno
y de nuevo vacío
y es así como vuelvo a casa
y es así como vuelvo a mí mismo
al inicio
y respiro
y me alivio

domingo, 8 de diciembre de 2019

Presentimiento

Aquel día al salir de casa tuvo un presentimiento y él sabía lo que aquello suponía. Una larga carrera en los servicios secretos del estado, en la que se había enfrentado a todo tipo de casos, le había hecho desarrollar esa facultad y pocas veces se equivocaba. Tomó su vieja gabardina y su sombrero y una vez en la calle caminó hacia la glorieta de Embajadores. Llevaba años retirado y lo cierto es que la salida no fue agradable. Le tumbaron, le hicieron la cama, se lo cargaron, vaya. No fue precisamente fácil introducirse en aquel Mayo del 68 en las juventudes revolucionarias de París. Sus jefes querían saber lo que allí se cocía y cómo aquello podía afectar a una Universidad española cada vez más convulsa y a la que la revuelta de París, sumada a la guerra de Vietnam y a la represión soviética de Praga, parecían alentar las ansias revolucionarias y de libertad entre los jóvenes universitarios españoles.

Él se instaló en septiembre del año 67 en una vieja pensión del barrio Latino de París y desde allí, y gracias a su manejo del francés, su destreza social y su aspecto de joven revolucionario, fue introduciéndose en los sindicatos estudiantiles; y fue así como, entre consignas a favor de Mao y la libertad, eslóganes y  pintadas contra el puritanismo, y muchas carreras y toma de facultades, fue conociendo desde dentro tanto el movimiento del Mayo francés como a otros jóvenes españoles que desde ahí contactaban con sus colegas de Madrid y Barcelona mientras soñaban encontrar bajo los adoquines arena de playa. Él estaba allí para intentar recabar datos, nombres, lugares, en fin… información para sus jefes de Madrid. Todo iba según el plan establecido hasta que apareció ella. Se llamaba Eva: belleza y mirada despierta, furia juvenil que acabó por calarle hasta lo más profundo. Él no contaba con enamorarse como lo hizo y eso al final alteró todos sus planes.

Nunca olvidó aquel primero de octubre en la gare d'Austerlitz. “Tengo que volver a Madrid. No sé cuándo volveremos a vernos, pero cada primero de mes y a las cinco de la tarde te esperaré sentado en el café Barbieri de Lavapiés, ese del que tanto hablamos. No tengo casa ni dirección que darte. Es mejor que de mí no sepas más nada, salvo que te quiero y deseo pronto encontrarte”. Después la beso y subió a aquel tren que le llevaría de vuelta a España.

El regreso a Madrid no fue fácil. Nunca supo de donde habría surgido aquel soplo, pero pronto fue apartado de todo lo relativo a aquella misión. En los meses siguientes, al igual que las noticias le mostraban como aquel Mayo francés se desmoronaba, él sufrió todo tipo de presiones y relevos que al tiempo desembocaron en una depresión que lo relegó a trabajos de poca monta. Yonquis, prostitutas y torpes rateros de barrio fueron el centro de sus objetivos a partir de aquel momento.

El tiempo había pasado, pero él no había olvidado. Era un lluvioso primero de abril, víspera de Semana Santa, aquel día cuando salió de casa y tuvo un presentimiento extraño. Camino de Lavapiés notaba todo demasiado cambiado. También percibió, con esa habilidad que nunca perdió, que alguien le venía siguiendo desde hacía rato. No se detuvo. Bajó su sombrero, que la tarde de lluvia calaba y apresuró su paso. Unos metros más adelante, cuando por el rabillo del ojo vio un taxi que pasaba a su lado, lo detuvo y se subió a él. El taxista quedó sorprendido cuando le mandó parar tras un extraño rodeo un par de calles después, dando por finalizada aquella breve carrera que jugaba al despiste. Caminó calle Ave María abajo y al llegar a la puerta del café Barbieri se detuvo. Se asomó hacia adentro. Ella no estaba en el lugar en la que juraron un día encontrarse y al que tantas veces había ido. El reflejo del cristal le devolvió su rostro envejecido por los años, tal vez demasiados.

Caminó de nuevo a casa. Al subir la escalera se detuvo junto a su puerta. Estaba entreabierta, alguien debía en su ausencia haber entrado. Lo sabía. Lo esperaba. La abrió con cuidado y de dentro del paragüero junto a la puerta extrajo una barra metálica que allí siempre guardaba. Se deslizó pasillo adelante en silencio, sabía cómo hacerlo. Notó que su corazón, con los años, latía más rápido. La luz del salón estaba encendida; se asomó y vio sobre la mesa libros y papeles revueltos. Allí no había nadie. Luego inspeccionó el resto de la casa y no halló intruso alguno. El teléfono comenzó a sonar y optó por no descolgarlo. Finalmente se activó el contestador. “Hola. No estoy en casa. Puedes dejar tu mensaje después de oír la señal”.

–Manolo, ¿dónde estás? ¿estás bien? Te vi hace un rato en la calle. Te llamé, pero no debiste oírme. Vi como tomabas un taxi. Recuerda que mañana quedé en acompañarte a tu revisión. Paso a las 9 de la mañana a recogerte.

Luego caminó hasta la cocina, donde junto a la nevera había un papel. Una citación médica donde en negrita resaltaban aquellas malditas palabras: Unidad de seguimiento de demencias.

Fotografía: París. Mayo 1968


miércoles, 27 de noviembre de 2019

Más allá

El suelo era lava
y la vida ese juego
que perdía el que no se reía
y algo pasó
y yo no reí
"Has perdido"
tu risa de pronto me decía
tu risa
joder
tu risa

Recuerdo cómo maldecías mis canciones
esas putas que no hablaban de ti
mientras ellas ajenas te cantaban
y entre líneas nombraban tu cielo
desbordado siempre de estrellas
y luego mi pasión rompiendo
contra tu acantilado de agujas
que se clavaban en mí

Átame
tu boca me decía
y en mis muñecas sentía
ese dolor de carne desoyada
y un rumor de tiempo perverso
negociando a la baja
las hojas de mi calendario
mientras tú ajena a ello sonreías
y florecía el invierno

Y ahora que despego pero menos
que las antenas y los tendederos
amenazan cortar mi vuelo
ahora que el olvido es una cuchilla
que a ratos corta mi aire
ese que cruzo entre Dubai y Brisbane
y exactamente cuando sobrevuelo
Colombo
apareces otra vez
y socarrona me espetas
que aún sigues aquí
que aún no te olvidé

Y yo lo sé
y lo sé ahora que no sé nada
ahora que a muchos he defraudado
y a otros tantos ya nada importo
y a veces creo ser alguno de ellos
vi cierto rencor esta mañana en el espejo
y cierta verdad también
confesando
que aún te quiero
pero menos
que aún te busca mi reflejo
quizas menos
y sí...
lo sé
si ahora mismo leyeras esto
si ahora mismo lo hicieras
me mandarías al carajo
y más allá

domingo, 10 de noviembre de 2019

El debate

Aquel debate televisivo, previo a las elecciones generales, siempre sería recordado por el momento en el que los dos principales candidatos a la presidencia del gobierno y acérrimos enemigos, se acercaron uno al otro y, sin mediar palabra, comenzaron a besarse.

Pero mejor comencemos por el principio.

Era el cuarto debate en tres años, el mismo número de repeticiones electorales, la mediocridad parecía por fin haberse instalado en la vida política y definitivamente lo hacía para quedarse. Y ahí tenemos a los representantes de cada uno de los partidos, cada uno con su eterna perorata; ya habían optado por ni siquiera mirarse, repitiendo una y otra vez los mismos mensajes. Si uno proponía crear 100.000 puestos de trabajo, el siguiente proponía 150.000, el tercero 200.000 y así hasta el quinto en hablar, que era el que daba la cifra más elevada.

Los presentadores los observaban con el mismo desinterés que los espectadores desde sus casas. Una tras otro iban pasando a cada uno de los apartados previamente negociados, y uno tras otro iban repitiendo los mismos discursos ensayados.

No recuerdo de qué asunto estaban hablando pero, de repente, uno de ellos levantó los ojos y por primera vez parecía realmente mirar a cámara; mirar a cada uno de los espectadores que desde sus sofás y con el mismo poco interés le miraban.

–Lo siento, pero esto que acabo de prometer… no voy a poder cumplirlo. Realmente creo que la gran mayoría de las cosas que hoy he prometido no podría asegurarlas y creo que es muy posible que nunca las podamos cumplir.

Después giró su cabeza y por primera vez miró a los ojos a su principal adversario, el que competía por él por reunir el mayor número de votos.

–Considero que es muy acertada la propuesta que antes has realizado. Estoy de acuerdo contigo en lo que comentabas. Perdona por sistemáticamente llevarte la contraria sin tan siquiera evaluarlo. No entiendo realmente porqué esta actitud. Se supone que nos pagan para que hagamos lo mejor por nuestra sociedad… La verdad es que me avergüenzo de haber dicho tanto y tan vacío todo. Creo que es suficiente por hoy…

En ese momento dejó su espacio tras el atril y procedió a abandonar en directo el debate. Los presentadores estaban asombrados. Bloqueados por tan inusitado momento.

–Espera. No te vayas –saliendo tras su atril su principal opositor, aquel que competía junto a él por la presidencia, se acercó hacia él.

Se quedaron unos segundos mirándose fijamente para después abrazarse. Se abrazaron con fuerza, como se abraza a quien se quiere, a quien se aprecia y respeta.

Se hizo el silencio en el estudio. Los telespectadores, desde sus casas, por fin seguían entusiasmados el debate.


–¿Qué haces? ¿Quién te ha dado permiso para entrar en mi despacho?

–Papá… entre a verte y no estabas.

–He salido un momento al baño.

–¡Mira! Se están besando… –el niño, que no debía tener más de cuatro años, sonrojado, miraba a su padre mientras sus manitas jugueteaban con un par de mandos que había sobre la mesa.

–¡No! –gritó el padre horrorizado. ¿Qué estás haciendo? ¡Suelta ahora mismo esos mandos! ¡Te he dicho siempre que está prohibido entrar en el despacho de papá!

El niño, sabiéndose metido en un lío, saltó del sillón de trabajo de su padre y corrió hacia la puerta mientras el padre corría a retomar el puesto de control.

En la pantalla observó horrorizado como los dos principales candidatos se estaban besando.

Mural de Tvboy en Roma mostrando Luigi Di Maio besando a Matteo Salvini

sábado, 28 de septiembre de 2019

420

Al llegar a la puerta del hospital notó que le temblaban las piernas. Odiaba esos lugares, había comentado antes de salir de casa a su mujer que, desde la cama, le dijo: “ya lo sé, pero debes ir… además quieres hacerlo."

Preguntó a la entrada, en el punto de información, por la habitación 420 y caminó hacia el ascensor. Una vez dentro comenzó a recordar la visita de aquella mujer, hacía un par de días, habían pasado tantos años…

–Yo tampoco tenía noticias de él desde hacía mucho. Me costó reconocerle. Imagino que a ti también te costará. Creí que sería bueno que lo supieras y por eso intenté, por todos los medios, localizarte.

Pulsó el botón que le llevaría a la cuarta planta. Su arrugado reflejo en el espejo del ascensor, le llevo a recordar viejas anécdotas compartidas. Fueron muchos momentos. Muchas risas y emociones. Años grandes. Años bellos. Quizás los mejores y posiblemente ellos no lo sabían. Tal vez uno nunca sabe cuándo está viviendo su mejor momento, aunque a veces lo intuye, pero el vértigo hace que prefiera no verlo.

Detuvo su pensamiento cuando se abrió la puerta del ascensor. Salió y tras consultar el letrero que aparecía enfrente, giró hacia la izquierda y tras unos cuantos pasos llegó a la puerta de la habitación. Respiró hondo. El corazón parecía que quería arrojarse fuera de su pecho. Llamó a la puerta y tras no recibir respuesta, lentamente entró. No había nadie acompañándole en aquella habitación y debía ser lo habitual, pensó, a raíz del gesto de sorpresa de la auxiliar cuando, desde su mesa, le vio acercándose a su puerta.

Una vez dentro, al verlo, le resultó difícil reconocerlo. Habían pasado tantos años… ¿cuántos? Muchos… demasiados… se acercó y le llamó por su nombre.

–¿Qué tal estás? He venido a verte –le dijo–. Ya sé que quizás sea un poco tarde. Quizás tenga poco sentido esto ya… pero lo cierto es que he sentido durante todo este tiempo que te debía una explicación.

Le habló largo rato.

El otro desde la cama lo miraba. La emoción parecía alumbrar en sus ojos. Se le veía muy débil y no podía hablar. Esto sí que le resultó extraño al viejo amigo que, en un ejercicio de ánimo, recordó lo mucho que hablaba en aquellos días. ¡No callarás! Más de una vez le había dicho entre risas. Al final se despidió de él. Se emocionó. Se emocionaron. Cuando se dirigía hacia la puerta, notó que el otro intentaba moverse hacia él desde la cama. Intentaba decirle algo.

–Gra…ci…as.

Tras oír esta palabra no quiso detenerse más. Sentía que la emoción le acabaría desbordando. Una vez en el pasillo cerró con cuidado la puerta y luego se apoyó por un momento contra a la pared. Respiró hondo. Le hizo volver al presente el revuelo de enfermeras en la habitación de al lado.

–¡Hay que localizar a la familia! Por favor Yolanda, llama a la familia de –y en ese momento oyó el nombre de su amigo–. Diles que vengan urgentemente.

Por un momento no entendió nada.

Luego giró rápido su cabeza al cartel que había junto a la puerta de la habitación de la que provenía el revuelo: 420. Instantáneamente miró a la puerta de la habitación de la que acababa de salir: 419.

¡No!... ¡No, mierda no! –se dijo–. Y justo en ese momento recordó varias anécdotas y risas que tantas veces habían compartido a cuenta de sus despistes.

¡No… joder no! –siguió lamentándose mientras veía el revuelo de enfermeros y auxiliares en el pasillo.

Detrás de él, la misma puerta que hacía un rato había cerrado, se comenzó a abrir lentamente. Se giró y vio una mano temblorosa que asomaba bajo la tela de un gastado pijama de hospital. Ahora que lo tenía delante vio que era mucho más bajo que él y supo que no era el que un día fue su amigo. Aun así, lo miró a los ojos y vio una emoción y una luz que nunca podría haber imaginado en aquel rostro, casi inerte, que hacía un rato había contemplado. Y la boca volvió a hablar, pero esta vez con más aire, con más firmeza:

–Gracias Paco por venir…

Él no era Paco, pero sintió que no procedía corregirle.

Una enfermera desde el pasillo no pudo disimular su sorpresa y gritó:

–Andrés… pero qué haces ahí. ¿Cómo te has levantado? No me lo puedo creer –incrédula se dirigió al otro hombre que no sabía cómo explicar que nada tenía que ver con él–. Llevaba semanas en esa cama, nadie venía a visitarle y a nadie logramos nunca localizar… no podía andar. Llevo 20 años de enfermera en este hospital y le juro que es lo más increíble que he visto ¡Usted ha sido el único que ha pasado por aquí! Pero está claro que era la persona que éste hombre debía llevar mucho tiempo esperando. ¡Su visita le ha devuelto a la vida!

El amigo se quedó mirando a los ojos de aquella enfermera. No supo que decir. Asintió con la cabeza, aprobando así sus palabras. Se giró hacía su derecha. Sacó su vieja boina bajo el abrigo y la caló en su cabeza para luego caminar por el pasillo hacia el ascensor que al otro lado le devolvería. Gracias… creyó por última vez oír, esta vez no supo bien si tras él o era la voz que desde hacía rato se repetía una y otra vez dentro de su cabeza. Entonces sonrió, tal vez comprendiendo la suerte de ciertos azares.



sábado, 14 de septiembre de 2019

Sueño eurótico

Aquel fin de semana se había quedado sola en casa y no recordaba la última vez que así había ocurrido. Desde que se mudaron allí, nunca había pasado una noche sola en aquel piso, pensó. Si no su marido, alguno de sus hijos siempre la acompañaban. Se sintió rara y a la vez entusiasmada con la idea de esa ventana de tiempo que se abría ante ella. Una oportunidad a la que, ni mucho menos, iba a renunciar.

Decidió que no iba a cocinar y que se iba a dar alguno de esos placeres prohibidos en su dieta. Para comenzar abrió una botella de vino tinto que guardaba para las ocasiones y aquella lo era. “Pizza… hoy cenaré pizza hawaiana, con su piña incluida: esa gran incomprendida”, decidió mientras ponía la música a ese volumen al que a ella le gustaba escuchar. Zapatos fuera, se dejó caer en el sofá y ojeó las páginas de un libro a la vez que, con el teléfono móvil, encargaba su pizza.

Al rato llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era el repartidor.

“Joder… ¿de qué calendario te sacaron hijo?” pensó mientras, sonriendo, lo miraba a los ojos y asentía al oír su nombre en boca de él.

–Pasa, no te quedes en la puerta, dime cuánto es.

Fue a la habitación a buscar su cartera. “¿Dónde dejé la cartera? ¡ah, sí! en el otro bolso”. Cuando al fin encontró la cartera, la agarró y se giró camino de la puerta de la habitación y ¡oh cielos! allí estaba, en la misma puerta de su habitación. “¿Quién le había dicho que entrara hasta allí?” ella le recriminó con la mirada. Él sonrió y la miró fijamente a los ojos.

–Tengo algo para ti.

Ella quedó sin palabras. Presa de una extraña premoción. Por un momento se sintió niña frente aquel tipo sensiblemente más joven y más alto que ella. Observó sus brazos fuertes y sólidos como ramas que salen de un tronco de un árbol… “prohibido”, se dijo ella.

Luego lo miró de nuevo. Era realmente guapo.

–¿Dónde está eso que me traes?

Él tenía las dos manos ocupadas con la caja que traía y que debía contener la pizza.

–Mira bajo la caja.

Ella observó un bulto en su cintura.

–Cógelo. Es para ti.

Ella dudo un instante y al final, algo temblorosa y excitada, metió su mano dentro y, según pudo sentirlo, una emoción se dibujó en sus labios.

–No puede ser… –dijo mientras lo sacaba y acariciaba entre sus dedos–. Es perfecto… –susurró mientras lo acercaba a su boca.

–Hoy en día no es fácil encontrar cacharros como éste –dijo él y sonrió.

Era un Shure SM58, el mítico micrófono cardioide con más de 50 años formando parte de los estudios y de los escenarios más míticos.

–The Who, Iggy Pop, Sheryl Crow, Patti Smith… –murmuró ella mientras lo observaba.

–Tengo algo más.

Abrió la funda que llevaba entre las manos y enchufó un cable a la luz. En lugar de la pizza apareció un tocadiscos que casi al momento comenzó a girar y sonar. Imposible no reconocer aquella sintonía: “Waterloo”. Abba, ganadora de Eurovisión en 1974. Para muchos fans como ella, la mejor actuación de la historia del certamen. Según sonaron los compases iniciales, ella saltó sobre la cama micrófono en mano y comenzó a cantar:

My my 
at Waterloo Napoleon did surrender 
Oh yeah 
and I have met my destiny in quite a similar way 
the history book on the shelf 
is always repeating itself 

Justo al llegar al estribillo aparecieron por la puerta de la habitación nada menos que Agnetha, Björn, Benny y Anni-Frid. ABBA al completo estaba allí. El techo se abrió y los focos de luz iluminaron la habitación mientras la pared del frente dejaba de existir para llenarse de un enfervorizado público que coreaba con ellos el estribillo:

Waterloo I was defeated, you won the war 
Waterloo promise to love you for ever more 
Waterloo couldn't escape if I wanted to 
Waterloo knowing my fate is to be with you 
Waterloo finally facing my Waterloo… 

Al terminar la canción todos se abrazaron. El clamor era ensordecedor. Ellos sabían que iban a ganar el festival y así fue tras las votaciones del jurado. El trofeo, como ella había soñado, fue una suculenta pizza hawaiana que, ahora sí, el pizzero acercó hacia ella que emocionada reía y saludaba a su público. La noche no podía ser más perfecta: Abba, pizza hawaiana y eurovisión. Su sueño más eurótico acababa de cumplirse justo en aquel momento. 



viernes, 9 de agosto de 2019

Ratón

En aquel bar todos se parecían a su dueño. Tal cual. Era un extraño caso de mimetismo hasta ahora nunca conocido ni, que yo sepa, reportado. Pensé por un momento en aquellos dueños que pasean a sus perros y que tantos rasgos comparten. Sobre eso sí que alguna vez había leído; al parecer existe una teoría que afirma que es nuestra tendencia natural a juntarnos con alguien que se nos parezca, para así asegurarnos cierta compatibilidad genética, lo que hace que inconscientemente también lo apliquemos a la hora de elegir a nuestro animal de compañía. ¿Pero a nuestro bar y a su patrón sería aplicable? Lo cierto es que tampoco nos detuvimos mucho más en esta aventurada, y bastante absurda hipótesis; y donde sí lo hicimos, fue en su pincho de perdigacho. Un pincho que constaba de pan, salsa alioli, tomate y anchoa. Tan sencillo como delicioso. Y en eso no éramos los únicos que así lo debíamos apreciar, pues aquel bar siempre estaba lleno y sólo llegar hasta la barra, se convertía en una auténtica yincana.

Pues era en aquella mesa del bar, donde compartíamos risas y confidencias. Esa misma mañana el dueño del hostal, que fue el mismo que nos recomendó aquella taberna, nos había estado hablando de su dueño: el Ratón. Nos habló de la intensa y novelesca vida que esos pequeños ojos tras esas gruesas lentes, atesoraban. Al parecer, uno de los dos ojos se quedó en las manos de un marinero ruso que decía ejercer también de cirujano oftalmólogo, cuando muchos años atrás y durante unos meses en altamar, intentó operarle de un mal que le afectaba a la vista. Entre risas, el hostelero nos contaba que le robó el ojo bueno y se lo cambió por uno de cristal, que era el que ahora llevaba. Luego nos habló también que pasó una temporada a la sombra, entre rejas; y que pudo salir gracias a un hombre que, al parecer ahora, se sentaba siempre en la misma esquina del bar y que bebía durante largas horas y al que el dueño nunca cobraba. Como remate final, mientras salíamos por la puerta de la casa, nos confesó que de aquel hombre nadie podía saber con certeza cuántos hijos tenía; que seguramente ni él mismo podría adivinarlo. Vaya, además de habilidoso en la cocina, debía haber sido todo un galán, comentamos.

–Manolo, ponnos tres cañas y unos perdigachos –alguien ordenó.

Nos fijamos y sonreímos. Era más que evidente su parecido.

–No puede ser…

Una niña se acercó a la barra con su hermano.

–Manolo, mi madre me pregunta si nos puedes preparar una paella para mañana a las tres.

–Mira esa niña… mira… ¡es igual, joder!

–¿Y has visto el hermano que va a su lado?

–No… por favor…

Cesó nuestra conversación cuando vimos que el dueño se acercaba finalmente a nuestro lado. Antes de hablar, nos escrutó durante unos segundos acercando sus empañadas lentes a nuestros rostros, primero al mío y después, y con el mismo detalle, al de ella; parecía como si quisiera olfatearnos. Finalmente nos preguntó:

–Hijos… ¿Qué vais a tomar?

–Dos cañas y dos pinchos de perdigacho.

–¡Marchando! –sentenció.

Cuando se fue de nuestro lado, camino de satisfacer nuestra comanda, en silencio y durante unos segundos nos miramos. Lo cierto es que en mucho nos parecíamos. Al final comprendimos que no estábamos excluidos y que el extraño caso de mimetismo, tenía una explicación mucho más científica y lógica. En aquel bar todos éramos hijos del Ratón. Ratones, al fin y al cabo. Y nuestro queso, ese exquisito y adictivo perdigacho.