Aquel día al salir de casa tuvo
un presentimiento y él sabía lo que aquello suponía. Una larga carrera en los
servicios secretos del estado, en la que se había enfrentado a todo tipo de
casos, le había hecho desarrollar esa facultad y pocas veces se equivocaba. Tomó
su vieja gabardina y su sombrero y una vez en la calle caminó hacia la glorieta
de Embajadores. Llevaba años retirado y lo cierto es que la salida no fue
agradable. Le tumbaron, le hicieron la cama, se lo cargaron, vaya. No fue
precisamente fácil introducirse en aquel Mayo del 68 en las juventudes
revolucionarias de París. Sus jefes querían saber lo que allí se cocía y cómo
aquello podía afectar a una Universidad española cada vez más convulsa y a la
que la revuelta de París, sumada a la guerra de Vietnam y a la represión
soviética de Praga, parecían alentar las ansias revolucionarias y de libertad entre
los jóvenes universitarios españoles.
Él se instaló en septiembre del
año 67 en una vieja pensión del barrio Latino de París y desde allí, y gracias
a su manejo del francés, su destreza social y su aspecto de joven
revolucionario, fue introduciéndose en los sindicatos estudiantiles; y fue así
como, entre consignas a favor de Mao y la libertad, eslóganes ypintadas contra el puritanismo, y muchas carreras
y toma de facultades, fue conociendo desde dentro tanto el movimiento del Mayo
francés como a otros jóvenes españoles que desde ahí contactaban con sus
colegas de Madrid y Barcelona mientras soñaban encontrar bajo los adoquines
arena de playa. Él estaba allí para intentar recabar datos, nombres, lugares,
en fin… información para sus jefes de Madrid. Todo iba según el plan
establecido hasta que apareció ella. Se llamaba Eva: belleza y mirada
despierta, furia juvenil que acabó por calarle hasta lo más profundo. Él no
contaba con enamorarse como lo hizo y eso al final alteró todos sus planes.
Nunca olvidó aquel primero de
octubre en la gare d'Austerlitz. “Tengo
que volver a Madrid. No sé cuándo volveremos a vernos, pero cada primero de mes
y a las cinco de la tarde te esperaré sentado en el café Barbieri de Lavapiés,
ese del que tanto hablamos. No tengo casa ni dirección que darte. Es mejor que
de mí no sepas más nada, salvo que te quiero y deseo pronto encontrarte”.
Después la beso y subió a aquel tren que le llevaría de vuelta a España.
El regreso a Madrid no fue fácil.
Nunca supo de donde habría surgido aquel soplo, pero pronto fue apartado de
todo lo relativo a aquella misión. En los meses siguientes, al igual que las
noticias le mostraban como aquel Mayo francés se desmoronaba, él sufrió todo
tipo de presiones y relevos que al tiempo desembocaron en una depresión que lo
relegó a trabajos de poca monta. Yonquis, prostitutas y torpes rateros de
barrio fueron el centro de sus objetivos a partir de aquel momento.
El tiempo había pasado, pero él
no había olvidado. Era un lluvioso primero de abril, víspera de Semana Santa,
aquel día cuando salió de casa y tuvo un presentimiento extraño. Camino de
Lavapiés notaba todo demasiado cambiado. También percibió, con esa habilidad
que nunca perdió, que alguien le venía siguiendo desde hacía rato. No se
detuvo. Bajó su sombrero, que la tarde de lluvia calaba y apresuró su paso.
Unos metros más adelante, cuando por el rabillo del ojo vio un taxi que pasaba
a su lado, lo detuvo y se subió a él. El taxista quedó sorprendido cuando le mandó
parar tras un extraño rodeo un par de calles después, dando por finalizada aquella
breve carrera que jugaba al despiste. Caminó calle Ave María abajo y al llegar
a la puerta del café Barbieri se detuvo. Se asomó hacia adentro. Ella no estaba
en el lugar en la que juraron un día encontrarse y al que tantas veces había
ido. El reflejo del cristal le devolvió su rostro envejecido por los años, tal
vez demasiados.
Caminó de nuevo a casa. Al subir
la escalera se detuvo junto a su puerta. Estaba entreabierta, alguien debía en
su ausencia haber entrado. Lo sabía. Lo esperaba. La abrió con cuidado y de
dentro del paragüero junto a la puerta extrajo una barra metálica que allí
siempre guardaba. Se deslizó pasillo adelante en silencio, sabía cómo hacerlo. Notó
que su corazón, con los años, latía más rápido. La luz del salón estaba
encendida; se asomó y vio sobre la mesa libros y papeles revueltos. Allí no
había nadie. Luego inspeccionó el resto de la casa y no halló intruso alguno.
El teléfono comenzó a sonar y optó por no descolgarlo. Finalmente se activó el
contestador. “Hola. No estoy en casa.
Puedes dejar tu mensaje después de oír la señal”.
–Manolo, ¿dónde estás? ¿estás
bien? Te vi hace un rato en la calle. Te llamé, pero no debiste oírme. Vi como
tomabas un taxi. Recuerda que mañana quedé en acompañarte a tu revisión. Paso a
las 9 de la mañana a recogerte.
Luego caminó hasta la cocina,
donde junto a la nevera había un papel. Una citación médica donde en negrita
resaltaban aquellas malditas palabras: Unidad de seguimiento de demencias.
El suelo era lava
y la vida ese juego
que perdía el que no se reía
y algo pasó
y yo no reí
"Has perdido"
tu risa de pronto me decía
tu risa
joder
tu risa
Recuerdo cómo maldecías mis canciones
esas putas que no hablaban de ti
mientras ellas ajenas te cantaban
y entre líneas nombraban tu cielo
desbordado siempre de estrellas
y luego mi pasión rompiendo
contra tu acantilado de agujas
que se clavaban en mí
Átame
tu boca me decía
y en mis muñecas sentía
ese dolor de carne desoyada
y un rumor de tiempo perverso
negociando a la baja
las hojas de mi calendario
mientras tú ajena a ello sonreías
y florecía el invierno
Y ahora que despego pero menos
que las antenas y los tendederos
amenazan cortar mi vuelo
ahora que el olvido es una cuchilla
que a ratos corta mi aire
ese que cruzo entre Dubai y Brisbane
y exactamente cuando sobrevuelo
Colombo
apareces otra vez
y socarrona me espetas
que aún sigues aquí
que aún no te olvidé
Y yo lo sé
y lo sé ahora que no sé nada
ahora que a muchos he defraudado
y a otros tantos ya nada importo
y a veces creo ser alguno de ellos
vi cierto rencor esta mañana en el espejo
y cierta verdad también
confesando
que aún te quiero
pero menos
que aún te busca mi reflejo
quizas menos
y sí...
lo sé
si ahora mismo leyeras esto
si ahora mismo lo hicieras
me mandarías al carajo
y más allá
Aquel debate televisivo, previo a
las elecciones generales, siempre sería recordado por el momento en el que los
dos principales candidatos a la presidencia del gobierno y acérrimos enemigos, se
acercaron uno al otro y, sin mediar palabra, comenzaron a besarse.
Pero mejor comencemos por el
principio.
Era el cuarto debate en tres
años, el mismo número de repeticiones electorales, la mediocridad parecía por
fin haberse instalado en la vida política y definitivamente lo hacía para
quedarse. Y ahí tenemos a los representantes de cada uno de los partidos, cada
uno con su eterna perorata; ya habían optado por ni siquiera mirarse,
repitiendo una y otra vez los mismos mensajes. Si uno proponía crear 100.000
puestos de trabajo, el siguiente proponía 150.000, el tercero 200.000 y así
hasta el quinto en hablar, que era el que daba la cifra más elevada.
Los presentadores los observaban
con el mismo desinterés que los espectadores desde sus casas. Una tras otro iban
pasando a cada uno de los apartados previamente negociados, y uno tras otro
iban repitiendo los mismos discursos ensayados.
No recuerdo de qué asunto estaban
hablando pero, de repente, uno de ellos levantó los ojos y por primera vez
parecía realmente mirar a cámara; mirar a cada uno de los espectadores que
desde sus sofás y con el mismo poco interés le miraban.
–Lo siento, pero esto que acabo
de prometer… no voy a poder cumplirlo. Realmente creo que la gran mayoría de
las cosas que hoy he prometido no podría asegurarlas y creo que es muy posible
que nunca las podamos cumplir.
Después giró su cabeza y por primera
vez miró a los ojos a su principal adversario, el que competía por él por
reunir el mayor número de votos.
–Considero que es muy acertada la
propuesta que antes has realizado. Estoy de acuerdo contigo en lo que
comentabas. Perdona por sistemáticamente llevarte la contraria sin tan siquiera
evaluarlo. No entiendo realmente porqué esta actitud. Se supone que nos pagan
para que hagamos lo mejor por nuestra sociedad… La verdad es que me avergüenzo de
haber dicho tanto y tan vacío todo. Creo que es suficiente por hoy…
En ese momento dejó su espacio
tras el atril y procedió a abandonar en directo el debate. Los presentadores
estaban asombrados. Bloqueados por tan inusitado momento.
–Espera. No te vayas –saliendo
tras su atril su principal opositor, aquel que competía junto a él por la presidencia,
se acercó hacia él.
Se quedaron unos segundos
mirándose fijamente para después abrazarse. Se abrazaron con fuerza, como se
abraza a quien se quiere, a quien se aprecia y respeta.
Se hizo el silencio en el
estudio. Los telespectadores, desde sus casas, por fin seguían entusiasmados el
debate.
…
–¿Qué haces? ¿Quién te ha dado
permiso para entrar en mi despacho?
–Papá… entre a verte y no estabas.
–He salido un momento al baño.
–¡Mira! Se están besando… –el
niño, que no debía tener más de cuatro años, sonrojado, miraba a su padre
mientras sus manitas jugueteaban con un par de mandos que había sobre la mesa.
–¡No! –gritó el padre horrorizado.
¿Qué estás haciendo? ¡Suelta ahora mismo esos mandos! ¡Te he dicho siempre que
está prohibido entrar en el despacho de papá!
El niño, sabiéndose metido en un
lío, saltó del sillón de trabajo de su padre y corrió hacia la puerta mientras
el padre corría a retomar el puesto de control.
En la pantalla observó horrorizado
como los dos principales candidatos se estaban besando.
Mural de Tvboy en Roma mostrando Luigi Di Maio besando a Matteo Salvini
Al llegar a la puerta del
hospital notó que le temblaban las piernas. Odiaba esos lugares, había
comentado antes de salir de casa a su mujer que, desde la cama, le dijo: “ya lo sé, pero debes ir… además quieres
hacerlo."
Preguntó a la entrada, en el
punto de información, por la habitación 420 y caminó hacia el ascensor. Una vez
dentro comenzó a recordar la visita de aquella mujer, hacía un par de días, habían
pasado tantos años…
–Yo tampoco tenía noticias de él desde hacía mucho. Me costó reconocerle.
Imagino que a ti también te costará. Creí que sería bueno que lo supieras y por eso
intenté, por todos los medios, localizarte.
Pulsó el botón que le llevaría a
la cuarta planta. Su arrugado reflejo en el espejo del ascensor, le llevo a
recordar viejas anécdotas compartidas. Fueron muchos momentos. Muchas risas y
emociones. Años grandes. Años bellos. Quizás los mejores y posiblemente ellos
no lo sabían. Tal vez uno nunca sabe cuándo está viviendo su mejor momento,
aunque a veces lo intuye, pero el vértigo hace que prefiera no verlo.
Detuvo su pensamiento cuando se
abrió la puerta del ascensor. Salió y tras consultar el letrero que aparecía
enfrente, giró hacia la izquierda y tras unos cuantos pasos llegó a la puerta
de la habitación. Respiró hondo. El corazón parecía que quería arrojarse fuera
de su pecho. Llamó a la puerta y tras no recibir respuesta, lentamente entró.
No había nadie acompañándole en aquella habitación y debía ser lo habitual, pensó, a raíz del gesto de sorpresa de la auxiliar cuando, desde su mesa, le vio
acercándose a su puerta.
Una vez dentro, al verlo, le
resultó difícil reconocerlo. Habían pasado tantos años… ¿cuántos? Muchos…
demasiados… se acercó y le llamó por su nombre.
–¿Qué tal estás? He venido a
verte –le dijo–. Ya sé que quizás sea un poco tarde. Quizás tenga poco sentido
esto ya… pero lo cierto es que he sentido durante todo este tiempo que te debía
una explicación.
Le habló largo rato.
El otro desde la cama lo miraba.
La emoción parecía alumbrar en sus ojos. Se le veía muy débil y no podía hablar.
Esto sí que le resultó extraño al viejo amigo que, en un ejercicio de ánimo,
recordó lo mucho que hablaba en aquellos días. ¡No callarás! Más de una vez le había dicho entre risas. Al final
se despidió de él. Se emocionó. Se emocionaron. Cuando se dirigía hacia la
puerta, notó que el otro intentaba moverse hacia él desde la cama. Intentaba
decirle algo.
–Gra…ci…as.
Tras oír esta palabra no quiso
detenerse más. Sentía que la emoción le acabaría desbordando. Una vez en el
pasillo cerró con cuidado la puerta y luego se apoyó por un momento contra a la
pared. Respiró hondo. Le hizo volver al presente el revuelo de enfermeras en la
habitación de al lado.
–¡Hay que localizar a la familia!
Por favor Yolanda, llama a la familia de –y en ese momento oyó el nombre de su
amigo–. Diles que vengan urgentemente.
Por un momento no entendió nada.
Luego giró rápido su cabeza al
cartel que había junto a la puerta de la habitación de la que provenía el
revuelo: 420. Instantáneamente miró a la puerta de la habitación de la que acababa
de salir: 419.
–¡No!... ¡No, mierda no! –se dijo–. Y justo en ese momento recordó
varias anécdotas y risas que tantas veces habían compartido a cuenta de sus
despistes.
–¡No… joder no! –siguió lamentándose mientras veía el revuelo de
enfermeros y auxiliares en el pasillo.
Detrás de él, la misma puerta que
hacía un rato había cerrado, se comenzó a abrir lentamente. Se giró y vio una
mano temblorosa que asomaba bajo la tela de un gastado pijama de hospital.
Ahora que lo tenía delante vio que era mucho más bajo que él y supo que no era el
que un día fue su amigo. Aun así, lo miró a los ojos y vio una emoción y una
luz que nunca podría haber imaginado en aquel rostro, casi inerte, que hacía un
rato había contemplado. Y la boca volvió a hablar, pero esta vez con más aire,
con más firmeza:
–Gracias Paco por venir…
Él no era Paco, pero sintió que
no procedía corregirle.
Una enfermera desde el pasillo no
pudo disimular su sorpresa y gritó:
–Andrés… pero qué haces ahí.
¿Cómo te has levantado? No me lo puedo creer –incrédula se dirigió al otro
hombre que no sabía cómo explicar que nada tenía que ver con él–. Llevaba
semanas en esa cama, nadie venía a visitarle y a nadie logramos nunca
localizar… no podía andar. Llevo 20 años de enfermera en este hospital y le
juro que es lo más increíble que he visto ¡Usted ha sido el único que ha pasado
por aquí! Pero está claro que era la persona que éste hombre debía llevar mucho
tiempo esperando. ¡Su visita le ha devuelto a la vida!
El amigo se quedó mirando a los
ojos de aquella enfermera. No supo que decir. Asintió con la cabeza, aprobando así
sus palabras. Se giró hacía su derecha. Sacó su vieja boina bajo el abrigo y la
caló en su cabeza para luego caminar por el pasillo hacia el ascensor que al
otro lado le devolvería. Gracias…
creyó por última vez oír, esta vez no supo bien si tras él o era la voz que
desde hacía rato se repetía una y otra vez dentro de su cabeza. Entonces
sonrió, tal vez comprendiendo la suerte de ciertos azares.
Aquel fin de semana se había quedado sola en casa y no recordaba la última vez que así había ocurrido. Desde que se mudaron allí, nunca había pasado una noche sola en aquel piso, pensó. Si no su marido, alguno de sus hijos siempre la acompañaban. Se sintió rara y a la vez entusiasmada con la idea de esa ventana de tiempo que se abría ante ella. Una oportunidad a la que, ni mucho menos, iba a renunciar.
Decidió que no iba a cocinar y que se iba a dar alguno de esos placeres prohibidos en su dieta. Para comenzar abrió una botella de vino tinto que guardaba para las ocasiones y aquella lo era. “Pizza… hoy cenaré pizza hawaiana, con su piña incluida: esa gran incomprendida”, decidió mientras ponía la música a ese volumen al que a ella le gustaba escuchar. Zapatos fuera, se dejó caer en el sofá y ojeó las páginas de un libro a la vez que, con el teléfono móvil, encargaba su pizza.
Al rato llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era el repartidor.
“Joder… ¿de qué calendario te sacaron hijo?” pensó mientras, sonriendo, lo miraba a los ojos y asentía al oír su nombre en boca de él.
–Pasa, no te quedes en la puerta, dime cuánto es.
Fue a la habitación a buscar su cartera. “¿Dónde dejé la cartera? ¡ah, sí! en el otro bolso”. Cuando al fin encontró la cartera, la agarró y se giró camino de la puerta de la habitación y ¡oh cielos! allí estaba, en la misma puerta de su habitación. “¿Quién le había dicho que entrara hasta allí?” ella le recriminó con la mirada. Él sonrió y la miró fijamente a los ojos.
–Tengo algo para ti.
Ella quedó sin palabras. Presa de una extraña premoción. Por un momento se sintió niña frente aquel tipo sensiblemente más joven y más alto que ella. Observó sus brazos fuertes y sólidos como ramas que salen de un tronco de un árbol… “prohibido”, se dijo ella.
Luego lo miró de nuevo. Era realmente guapo.
–¿Dónde está eso que me traes?
Él tenía las dos manos ocupadas con la caja que traía y que debía contener la pizza.
–Mira bajo la caja.
Ella observó un bulto en su cintura.
–Cógelo. Es para ti.
Ella dudo un instante y al final, algo temblorosa y excitada, metió su mano dentro y, según pudo sentirlo, una emoción se dibujó en sus labios.
–No puede ser… –dijo mientras lo sacaba y acariciaba entre sus dedos–. Es perfecto… –susurró mientras lo acercaba a su boca.
–Hoy en día no es fácil encontrar cacharros como éste –dijo él y sonrió.
Era un Shure SM58, el mítico micrófono cardioide con más de 50 años formando parte de los estudios y de los escenarios más míticos.
–The Who, Iggy Pop, Sheryl Crow, Patti Smith… –murmuró ella mientras lo observaba.
–Tengo algo más.
Abrió la funda que llevaba entre las manos y enchufó un cable a la luz. En lugar de la pizza apareció un tocadiscos que casi al momento comenzó a girar y sonar. Imposible no reconocer aquella sintonía: “Waterloo”. Abba, ganadora de Eurovisión en 1974. Para muchos fans como ella, la mejor actuación de la historia del certamen. Según sonaron los compases iniciales, ella saltó sobre la cama micrófono en mano y comenzó a cantar:
My my at Waterloo Napoleon did surrender Oh yeah and I have met my destiny in quite a similar way the history book on the shelf is always repeating itself
Justo al llegar al estribillo aparecieron por la puerta de la habitación nada menos que Agnetha, Björn, Benny y Anni-Frid. ABBA al completo estaba allí. El techo se abrió y los focos de luz iluminaron la habitación mientras la pared del frente dejaba de existir para llenarse de un enfervorizado público que coreaba con ellos el estribillo:
Waterloo I was defeated, you won the war Waterloo promise to love you for ever more Waterloo couldn't escape if I wanted to Waterloo knowing my fate is to be with you Waterloo finally facing my Waterloo…
Al terminar la canción todos se abrazaron. El clamor era ensordecedor. Ellos sabían que iban a ganar el festival y así fue tras las votaciones del jurado. El trofeo, como ella había soñado, fue una suculenta pizza hawaiana que, ahora sí, el pizzero acercó hacia ella que emocionada reía y saludaba a su público. La noche no podía ser más perfecta: Abba, pizza hawaiana y eurovisión. Su sueño más eurótico acababa de cumplirse justo en aquel momento.
En aquel bar todos se parecían a
su dueño. Tal cual. Era un extraño caso de mimetismo hasta ahora nunca conocido
ni, que yo sepa, reportado. Pensé por un momento en aquellos dueños que pasean
a sus perros y que tantos rasgos comparten. Sobre eso sí que alguna vez había
leído; al parecer existe una teoría que afirma que es nuestra tendencia natural
a juntarnos con alguien que se nos parezca, para así asegurarnos cierta
compatibilidad genética, lo que hace que inconscientemente también lo
apliquemos a la hora de elegir a nuestro animal de compañía. ¿Pero a nuestro
bar y a su patrón sería aplicable? Lo cierto es que tampoco nos detuvimos mucho
más en esta aventurada, y bastante absurda hipótesis; y donde sí lo hicimos, fue
en su pincho de perdigacho. Un pincho que constaba de pan, salsa alioli, tomate
y anchoa. Tan sencillo como delicioso. Y en eso no éramos los únicos que así lo
debíamos apreciar, pues aquel bar siempre estaba lleno y sólo llegar hasta la
barra, se convertía en una auténtica yincana.
Pues era en aquella mesa del bar,
donde compartíamos risas y confidencias. Esa misma mañana el dueño
del hostal, que fue el mismo que nos recomendó aquella taberna, nos había
estado hablando de su dueño: el Ratón. Nos habló de la intensa y novelesca vida
que esos pequeños ojos tras esas gruesas lentes, atesoraban. Al parecer, uno de
los dos ojos se quedó en las manos de un marinero ruso que decía ejercer
también de cirujano oftalmólogo, cuando muchos años atrás y durante unos meses
en altamar, intentó operarle de un mal que le afectaba a la vista. Entre risas,
el hostelero nos contaba que le robó el ojo bueno y se lo cambió por uno de
cristal, que era el que ahora llevaba. Luego nos habló también que pasó una
temporada a la sombra, entre rejas; y que pudo salir gracias a un hombre que,
al parecer ahora, se sentaba siempre en la misma esquina del bar y que bebía durante
largas horas y al que el dueño nunca cobraba. Como remate final, mientras
salíamos por la puerta de la casa, nos confesó que de aquel hombre nadie podía saber
con certeza cuántos hijos tenía; que seguramente ni él mismo podría adivinarlo.
Vaya, además de habilidoso en la cocina, debía haber sido todo un galán,
comentamos.
–Manolo, ponnos tres cañas y unos
perdigachos –alguien ordenó.
Nos fijamos y sonreímos. Era más
que evidente su parecido.
–No puede ser…
Una niña se acercó a la barra con
su hermano.
–Manolo, mi madre me pregunta si
nos puedes preparar una paella para mañana a las tres.
–Mira esa niña… mira… ¡es igual,
joder!
–¿Y has visto el hermano que va a
su lado?
–No… por favor…
Cesó nuestra conversación cuando
vimos que el dueño se acercaba finalmente a nuestro lado. Antes de hablar, nos
escrutó durante unos segundos acercando sus empañadas lentes a nuestros
rostros, primero al mío y después, y con el mismo
detalle, al de ella; parecía como si quisiera olfatearnos. Finalmente nos
preguntó:
–Hijos… ¿Qué vais a tomar?
–Dos cañas y dos pinchos de
perdigacho.
–¡Marchando! –sentenció.
Cuando se fue de nuestro lado,
camino de satisfacer nuestra comanda, en silencio y durante unos segundos nos
miramos. Lo cierto es que en mucho nos parecíamos. Al final comprendimos que no estábamos
excluidos y que el extraño caso de mimetismo, tenía una explicación mucho más científica
y lógica. En aquel bar todos éramos hijos del Ratón. Ratones, al fin y al cabo. Y nuestro queso, ese exquisito y adictivo perdigacho.