Cuando llegó a la parada de taxi del aeropuerto, vio que iba a tener que esperar más de lo habitual, lo que sumado al retraso del vuelo, haría que llegara a casa más tarde de lo deseado. Desde el móvil canceló el pádel con sus amigos, pero no la cena con Alicia. Llevaba unos días de viaje y tenía curiosidad por volver a verla. Tampoco pensó mucho en la razón de esa curiosidad.
–En tu seguridad radica tu poder –aquella mujer le dijo dos noches atrás, en la habitación del hotel donde celebraban el congreso al que acaba de asistir, y donde él era uno de los más destacados ponentes.
–No es sólo mi seguridad… es que tengo razón –y rompió a reír, mientras ella con su pie golpeaba su costado y, girando sobre la cama, se levantó camino del cuarto de baño.
Siguió recordando en la parada de taxi. Había salido todo perfecto y su ponencia sería recordada como magistral. Sabía que el trabajo que presentaba en aquel congreso mundial de oncología iba a tener mucha repercusión.
–En la metodología que usted propone cabría siempre la posibilidad de explorar una vía menos agresiva y que pueda permitir al paciente, tras su tratamiento, mantener la totalidad de su capacidad auditiva –ella comentó desde las primeras filas de la sala.
–Disculpe señorita, pero este método puede prolongar la vida de la persona de dos a cinco años. Creo que la prolongación de la vida está muy por encima de esa capacidad que usted pretende proteger. No considero que, en ningún caso, se deba comprometer lo primero en aras de lo segundo; que además, en nada estaría asegurado –comentario al que siguieron algunos murmullos suspicaces entre el público.
–Perdone si le ofendió mi osadía, doctor –le dijo durante el cóctel de la tarde la joven doctora. Él se giró y la miró, sonriendo al ver que era la misma que le interrogó en la mañana durante su ponencia. Ella continuó:
–Creo que su respuesta fue algo brusca y la propuesta que le lanzaba al menos debería valorarla. ¿Siempre responde así cuando alguien le cuestiona sus métodos? –inquirió ella cambiando el tono de su voz por uno más seguro e incisivo.
Siguió, en la cola de taxi, recordando lo que vino después hasta llegar a la habitación del hotel. Sonreía su ego en la boca, mientras escribía mensajes en su teléfono.
–Vamos… que no tengo todo el día –un taxista desde el segundo carril le reclamaba.
Caminó hacia él y le entregó la maleta. Subió al taxi sin decir nada y seguidamente le dio la dirección.
–Joder… vaya día que llevo… dos horas esperando un cliente y me dice usted ahora que va aquí al lado… ¿Cree usted que me merece la pena tanto tiempo esperando para esta carrera?
–Eso lo tendrá que valorar usted. Así es la vida amigo, vivo ahí… –sin mucho afán respondió mientras seguía con los ojos enredados en la pantalla de su móvil.
Algo debió mascullar el taxista desde su asiento pero él no prestó ninguna atención. Siguió recordando la conversación con la joven doctora tras la cena.
–He leído varios trabajos suyos y debo reconocer que, junto con los del doctor Brown, son los que más luz están arrojando actualmente. No obstante, considero que esto no impide implementar en paralelo nuevos procedimientos que, a su vez, podrían abrir nuevas esperanzas y reducir el padecimiento de los pacientes tratados.
–¿No le parece a usted suficiente esperanza seguir viviendo entre dos y cinco años más a quien ya se daba por desahuciado?
–La sordera ahoga… ¿ha oído alguna vez a Bach doctor?
–La vida ahoga joven. La vida es dura.
…
–Joder… lo que acaba de hacer ese tío… ¿Qué le parece? Está claro que la carretera esta llena de cabrones y locos. No se hace una idea de las ganas que tengo de dejar este puñetero oficio. ¡Pero míreles! ¡Con éstos es imposible dejarlo! –el taxista ahora sonreía señalando a una foto que tenía en el salpicadero, donde se podía ver a dos chicos de unos trece y quince años, haciendo muecas a la cámara –¡No se hace usted una idea de lo que comen éstos! Si no fuera por los chavales que aún necesitan de mi sueldo… ¡joder! ¡hasta los cojones estoy ya del taxi y de aguantar capullos todo el día!
Luego puso la radio donde un periodista daba las noticias. No tardó ni un minuto en volver a la carga.
–¡Vaya panda de ladrones que tenemos al frente! ¡Estamos dirigidos por la banda de Alí Babá! ¡Una auténtica panda de hijos de puta! Dígame: ¿Para qué trabajo yo doce horas al día y pago mis impuestos?
El doctor sentado atrás levantó la cabeza, iba a decir algo… observó el perfil del hombre. El retrovisor le hacía ver el gesto cansado del taxista, sus ojos hinchados y llenos de arrugas, debería andar cerca de los sesenta. Luego su olor también le llegaba. Ese olor desagradable le llevó a recordar a algunos pacientes en estados avanzados de enfermedad.
Observó unas manchas en un lateral de su sien. Escuchó también su respiración entrecortada sumada a una fea tos a cada rato. Coloración amarillenta en sus ojos… creyó observar también en el retrovisor. Posible tumor en el pulmón con metástasis en piel, pensó. Tenía esa rara costumbre de realizar diagnósticos rápidos, simplemente observando. Diagnósticos que, aunque pudieran finalmente no ser ciertos, le transmitían cierta seguridad y control sobre los demás. No más de seis meses de trabajo en ese taxi le auguraba…
A veces fantaseaba con la idea de descifrar, en un solo vistazo, el código genético de la vida y con ser capaz de predecir el futuro de la gente; y en cierta medida, el suyo propio creía salvaguardar llevando una vida obsesivamente sana. Lo cierto es que casi siempre acertaba con sus pacientes, pero nunca se lo comunicaba hasta que no era absolutamente necesario, nunca aprendió como hacerlo. La empatía nunca fue su virtud. Pero lo cierto es que desde la segunda consulta ya podía predecir en qué y cuando acabaría esa historia. En tu seguridad radica tu poder… le vino el recuerdo de las palabras de la joven doctora.
–¡Otra vez el mismo tema! ¡Harto estoy de oírlo! ¡Todo el puñetero día! Pues mire usted… si quieren independizarse… ¡pues que se independicen! Eso sí… ¡qué paguen todo lo que tengan que pagar! Esto lo arreglaba yo… –el taxista en su monologo seguía, ahora peleando con la radio.
Suerte que ya estaban llegando a su destino, pensó el doctor desde el asiento de atrás.
–Caballero… disculpe. Permítame que le dé un consejo. No se lo tome todo tan en serio. Relájese un poco. Intente disfrutar más de la vida, mire que esto pasa volando–. "Amigo, no debe quedarte mucho”, pensó.
“Te veo en un rato” escribió en un mensaje en su teléfono, mientras sonreía, quizás imaginando ya cómo acabaría la velada con Alicia.
–Es el portal que se ve justo pasando la siguiente esquina. Ahí junto al paso de cebra puede dejarme… justo donde aquellos chavales–. Chavales que, ajenos a esta conversación, jugaban al futbol en la acera. Dos de ellos vestían camisetas de Messi y Ronaldo.
Se bajó del taxi. Cogió la maleta. Se acercó a la ventanilla del taxista y tras pagarle le miró con cara de “vaya-viaje-que-me-has-dado”
–¡Siiiiiiiiiiiiiii! –gritó uno de los chicos tras marcar un gol, mientras hacía ostentosos gestos. El doctor giró su mirada hacia el chaval mientras comenzaba a cruzar la calle a la vez que recordaba que, de pequeño, él también quiso ser futbolista.
“La sordera ahoga… ¿ha oído alguna vez a Bach doctor?”. Recordó mientras volaba por los aires. El impacto contra el suelo fue brutal. La cabeza fue lo primero que golpeó contra el asfalto. Un golpe seco que sonó y silenció por un instante la calle. El niño que gritaba dejó de celebrar. Mientras la maleta continuaba sola rodando calle abajo y un hilo de sangre, brotando de la cabeza del doctor, parecía querer ir tras de ella.
–¡Dios, qué hostia! –se oyó dentro del coche gritar al taxista. El coche que circulaba por el segundo carril, y que acababa de atropellar al doctor, logró finalmente frenar. Demasiado tarde. El conductor dejó caer de su mano el teléfono móvil, mientras su cara desencajada ahogaba el grito del que sabe que su vida, a partir de aquel instante, ya no volvería a ser la misma.
–¡Dios, qué hostia! ¡Dios, qué hostia! ¡Lo ha matao fijo! ¿Pero es que no lo has visto? –siguió gritando el taxista mientras abría la puerta del taxi para salir en ayuda de ese que yacía tirado en la carretera–. Joder, joder, joder… ¡vaya puto día que llevo!
sábado, 27 de abril de 2019
sábado, 9 de marzo de 2019
Ojalá (Salta)
Ojalá hubieras sabido saltar a tiempo
reparar en que tú eras lo más importante
levantarte de aquella mesa
dar un portazo a todos tus miedos
y salir
que el frío de la calle
no es más que frío
y existen abrigos
y una primavera
que siempre regresa
Ojalá hubieras gritado tu nombre
convencida afirmado
sabré arreglármelas sola
y de un golpe de mano
borrado el vaho de tu espejo
la lágrima de tu cara
la huella del rímel
que resbaló hasta tu labio
y visto lo increíblemente
hermosa que tú eras
Ojalá hubieras hecho aquel viaje
bajado de aquel coche
subido a aquel autobús
nadado hasta aquella playa
desoído aquellos consejos
mira que ya no tienes edad
¿pero con quién vas a estar mejor?
debes tener paciencia…
Ojalá todo hubiera sido de otra manera
y hubieras llegado antes hasta aquí
Ojalá
Pero hoy estás aquí
para ver que aún estás a tiempo
así que salta
esta vez no lo dudes
esta vez es tú momento
esta vez hazlo por ti
reparar en que tú eras lo más importante
levantarte de aquella mesa
dar un portazo a todos tus miedos
y salir
que el frío de la calle
no es más que frío
y existen abrigos
y una primavera
que siempre regresa
Ojalá hubieras gritado tu nombre
convencida afirmado
sabré arreglármelas sola
y de un golpe de mano
borrado el vaho de tu espejo
la lágrima de tu cara
la huella del rímel
que resbaló hasta tu labio
y visto lo increíblemente
hermosa que tú eras
Ojalá hubieras hecho aquel viaje
bajado de aquel coche
subido a aquel autobús
nadado hasta aquella playa
desoído aquellos consejos
mira que ya no tienes edad
¿pero con quién vas a estar mejor?
debes tener paciencia…
Ojalá todo hubiera sido de otra manera
y hubieras llegado antes hasta aquí
Ojalá
Pero hoy estás aquí
para ver que aún estás a tiempo
así que salta
esta vez no lo dudes
esta vez es tú momento
esta vez hazlo por ti
sábado, 2 de marzo de 2019
Ventanas de Malasaña
Miran a un tiempo que en este ahora se esfumó
respiran del cielo más azul
sobre este Madrid adoquinado de entreguerras
Daoíz y Velarde impasibles bajo el sol
es invierno y las terrazas siempre llenas
Los niños juegan y ríen en el parque
estrenan sus patines de Reyes
y su metralla
una chica joven pasea en la tarde
un anciano la mira
ella entretejida en su pantalla
Hay antojos imposibles de pagar
y placeres tan gratuitos como este aire
Elígeme pidió aquella tarde el espejo
este Madrid aún consigue erizarnos el verso
Hay parejas ajenas a este milagro
y maridos que aún esperan tu regreso
hay vinilos a diez euros
libros cansados
y un segundo anhelando ser primero
Hay persianas corrigiendo la luz de tarde
y una joven santiguándose en silencio
banderas colgadas que nunca acaban de secarse
recordando que no hace tanto
ni fue tan lejos
Hay apegos, heridas, sospechas
vendedores y traficantes de quimeras
anteojos que aún resuelven crucigramas
y sorpresas que aterrizan por la espalda
Hay alegría, sacarina, barbas
bolsos, patatas fritas y deseos
un buzón en el que ya nadie echa cartas
y una farola que sostuvo un letrero
Hay tristezas, ironías, esperanzas
palomas celíacas, aceitunas y secretos
abrigos, tobillos al aire y bufandas
teléfonos que pasean a personas
y abuelos sabios
que no entienden nada
Hay cortinas que de pronto se cierran
barruntando abrazos y jadeos
zapatillas blancas, botas negras
gintonics caros
bocacalles y amigos de guardia
que caen del cielo
Hay andares con prisa que no van a ningún lado
y otros pausados
que hace tiempo que llegaron
taxis libres que en tu huida no reparan
perros sueltos, toboganes
y contenedores de vidrio
rebosando voluntades
Hay de todo en esta tarde de Malasaña
de todo salvo respuestas
respiran del cielo más azul
sobre este Madrid adoquinado de entreguerras
Daoíz y Velarde impasibles bajo el sol
es invierno y las terrazas siempre llenas
Los niños juegan y ríen en el parque
estrenan sus patines de Reyes
y su metralla
una chica joven pasea en la tarde
un anciano la mira
ella entretejida en su pantalla
Hay antojos imposibles de pagar
y placeres tan gratuitos como este aire
Elígeme pidió aquella tarde el espejo
este Madrid aún consigue erizarnos el verso
Hay parejas ajenas a este milagro
y maridos que aún esperan tu regreso
hay vinilos a diez euros
libros cansados
y un segundo anhelando ser primero
Hay persianas corrigiendo la luz de tarde
y una joven santiguándose en silencio
banderas colgadas que nunca acaban de secarse
recordando que no hace tanto
ni fue tan lejos
Hay apegos, heridas, sospechas
vendedores y traficantes de quimeras
anteojos que aún resuelven crucigramas
y sorpresas que aterrizan por la espalda
Hay alegría, sacarina, barbas
bolsos, patatas fritas y deseos
un buzón en el que ya nadie echa cartas
y una farola que sostuvo un letrero
Hay tristezas, ironías, esperanzas
palomas celíacas, aceitunas y secretos
abrigos, tobillos al aire y bufandas
teléfonos que pasean a personas
y abuelos sabios
que no entienden nada
Hay cortinas que de pronto se cierran
barruntando abrazos y jadeos
zapatillas blancas, botas negras
gintonics caros
bocacalles y amigos de guardia
que caen del cielo
Hay andares con prisa que no van a ningún lado
y otros pausados
que hace tiempo que llegaron
taxis libres que en tu huida no reparan
perros sueltos, toboganes
y contenedores de vidrio
rebosando voluntades
Hay de todo en esta tarde de Malasaña
de todo salvo respuestas
domingo, 10 de febrero de 2019
Volver a escribir
–¿Por qué ya nunca escribes? ¿Por qué dejaste de escribir? –ella preguntó.
Guardé silencio. Al final tomé aire y respondí.
–No sé. Supongo que sentía, o más bien dolía, demasiado.
–¿Y ya no duele?
–Imagino que menos, claro.
–¿Y por qué no escribes?
–¿El qué?
–Todo eso que nace dentro de ti.
–¿Crees tú que alguien leerá? –pregunté.
–No lo sé. Pero si tú no hubieras escrito, quizás yo nunca hubiese existido.
Giré mi cabeza y la miré directamente a los ojos. El caso es que me sonaba su cara y esa espesa melena revuelta sobre su cabeza… llevaba los pies descalzos.
–Me observaste una tarde en la Latina mientras tomabas un café, me viste a través de una ventana. Yo salía de un portal… hubo una explosión y un socavón enorme en la calle.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era aquella mujer. Alguien carraspeó al otro lado de la barra y después ordenó otro doble sin hielo, tenía el rostro gris… me miró.
–Un día vino un asesino a sueldo… un sicario, a visitarme a mi casa. Antes de irse me dijo: “al parecer ella nunca pudo olvidarte” y seguidamente sin completar su trabajo se marchó. Sé Carlos que tú estás detrás de esa frase. He esperado mucho para saber si realmente eso fue verdad o si fue el sicario, tal vez compadeciéndose de mí, quien quiso aliviar mi dolor con aquella última sentencia.
Me quedé nuevamente sin palabras. Una pareja se besaba al fondo de la barra.
–Esos dos han protagonizado un buen atasco hace un rato –me chismorreó un viejo con un periódico que estaba sentado en la mesa de al lado–. No tenían otra cosa mejor que hacer que detener sus coches en el semáforo y comenzar a besarse. Y mira que a mí no me parece mal, que de todo ya he visto… pero mire usted, ¡qué lo hagan en su casa!
–¿Y qué fue de la chica de hielo? ¿Qué fue de aquel invierno en que la conociste? ¿Nunca más la volviste a ver? –me preguntó una mujer desde una mesa. Esta vez sí la reconocí.
–Sé quién eres. Tu cara no la he olvidado. Aquella tarde, viendo atardecer junto a un acantilado cerca del Cabo de San Vicente. Ese día algo detuvo el cadente giro de la tierra. Recuerdo perfectamente aquel atardecer detenido.
–Tú lo detuviste para mí, Carlos. Yo sólo estaba allí contemplándolo, pensando en mis cosas... Aquel día tomé una importante decisión.
–Perdona, pero no fui yo quien detuvo aquel atardecer –algo a la defensiva, respondí.
De repente se abrió la puerta del bar y entro un viejo con paso lento, ayudado por una enfermera. Blanca… recordé; y su lado, José de Aljezur.
-Nosotros también existimos gracias a ti Carlos. Tienes que volver a escribir. Alguien leerá y si nadie lee, al menos alguien como nosotros nacerá o a alguien que nació y pasó desapercibido será, gracias a tu relato, eterno.
–Tienes que volver a escribir –otra voz dijo.
Era ella. Mi corazón acelerado se encogió cuando volví, después de tanto tiempo, a verla. Joder, lo que pude haber querido a esa mujer. Aún recordaba ese abrazo que ni el mismísimo Egon Schiele atinaría a dibujar mejor y aquellos cristales rotos que un día juntos barrimos… y esa carta desde Barneo que precedió al verano más bello.
–Carlos, tienes que volver a escribir –ella repitió.
Empecé a mirar a mi alrededor. Los veía a todos. A Blanca, a José, a la pareja del semáforo, a aquella mujer... a todos. Fue entonces en aquel momento cuando el sicario entro por la puerta, el hombre de la cara gris dejó caer su vaso de whisky sobre la barra.
El sicario se acercó con paso firme hacia el lugar donde estábamos.
–Tranquilos, tranquilos… que no va a pasar nada. Hace tiempo que me retiré de ese oficio… Las cosas desde entonces me han ido mejor –y lo cierto es que su porte y sus andares bajo el sombrero que lucía, parecían dar fe de ello.
–Carlos, tienes que volver a escribir –mientras sonreía y con sus dedos hacía el gesto de apuntarme con un arma me “ordenó”.
Y luego otra voz:
–Tienes que volver a escribir, Carlos.
Y otra más:
–Tienes que volver a escribir.
…
Entonces desperté.
Comencé a escribir.
Guardé silencio. Al final tomé aire y respondí.
–No sé. Supongo que sentía, o más bien dolía, demasiado.
–¿Y ya no duele?
–Imagino que menos, claro.
–¿Y por qué no escribes?
–¿El qué?
–Todo eso que nace dentro de ti.
–¿Crees tú que alguien leerá? –pregunté.
–No lo sé. Pero si tú no hubieras escrito, quizás yo nunca hubiese existido.
Giré mi cabeza y la miré directamente a los ojos. El caso es que me sonaba su cara y esa espesa melena revuelta sobre su cabeza… llevaba los pies descalzos.
–Me observaste una tarde en la Latina mientras tomabas un café, me viste a través de una ventana. Yo salía de un portal… hubo una explosión y un socavón enorme en la calle.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era aquella mujer. Alguien carraspeó al otro lado de la barra y después ordenó otro doble sin hielo, tenía el rostro gris… me miró.
–Un día vino un asesino a sueldo… un sicario, a visitarme a mi casa. Antes de irse me dijo: “al parecer ella nunca pudo olvidarte” y seguidamente sin completar su trabajo se marchó. Sé Carlos que tú estás detrás de esa frase. He esperado mucho para saber si realmente eso fue verdad o si fue el sicario, tal vez compadeciéndose de mí, quien quiso aliviar mi dolor con aquella última sentencia.
Me quedé nuevamente sin palabras. Una pareja se besaba al fondo de la barra.
–Esos dos han protagonizado un buen atasco hace un rato –me chismorreó un viejo con un periódico que estaba sentado en la mesa de al lado–. No tenían otra cosa mejor que hacer que detener sus coches en el semáforo y comenzar a besarse. Y mira que a mí no me parece mal, que de todo ya he visto… pero mire usted, ¡qué lo hagan en su casa!
–¿Y qué fue de la chica de hielo? ¿Qué fue de aquel invierno en que la conociste? ¿Nunca más la volviste a ver? –me preguntó una mujer desde una mesa. Esta vez sí la reconocí.
–Sé quién eres. Tu cara no la he olvidado. Aquella tarde, viendo atardecer junto a un acantilado cerca del Cabo de San Vicente. Ese día algo detuvo el cadente giro de la tierra. Recuerdo perfectamente aquel atardecer detenido.
–Tú lo detuviste para mí, Carlos. Yo sólo estaba allí contemplándolo, pensando en mis cosas... Aquel día tomé una importante decisión.
–Perdona, pero no fui yo quien detuvo aquel atardecer –algo a la defensiva, respondí.
De repente se abrió la puerta del bar y entro un viejo con paso lento, ayudado por una enfermera. Blanca… recordé; y su lado, José de Aljezur.
-Nosotros también existimos gracias a ti Carlos. Tienes que volver a escribir. Alguien leerá y si nadie lee, al menos alguien como nosotros nacerá o a alguien que nació y pasó desapercibido será, gracias a tu relato, eterno.
–Tienes que volver a escribir –otra voz dijo.
Era ella. Mi corazón acelerado se encogió cuando volví, después de tanto tiempo, a verla. Joder, lo que pude haber querido a esa mujer. Aún recordaba ese abrazo que ni el mismísimo Egon Schiele atinaría a dibujar mejor y aquellos cristales rotos que un día juntos barrimos… y esa carta desde Barneo que precedió al verano más bello.
–Carlos, tienes que volver a escribir –ella repitió.
Empecé a mirar a mi alrededor. Los veía a todos. A Blanca, a José, a la pareja del semáforo, a aquella mujer... a todos. Fue entonces en aquel momento cuando el sicario entro por la puerta, el hombre de la cara gris dejó caer su vaso de whisky sobre la barra.
El sicario se acercó con paso firme hacia el lugar donde estábamos.
–Tranquilos, tranquilos… que no va a pasar nada. Hace tiempo que me retiré de ese oficio… Las cosas desde entonces me han ido mejor –y lo cierto es que su porte y sus andares bajo el sombrero que lucía, parecían dar fe de ello.
–Carlos, tienes que volver a escribir –mientras sonreía y con sus dedos hacía el gesto de apuntarme con un arma me “ordenó”.
Y luego otra voz:
–Tienes que volver a escribir, Carlos.
Y otra más:
–Tienes que volver a escribir.
…
Entonces desperté.
Comencé a escribir.
miércoles, 5 de julio de 2017
Eso. Desenlace: Verano
Cuando regresé a casa ella ya se había levantado y preparaba café. La pared del fondo de la cocina había vuelto a su ser y ya no se veía la calle más allá de lo que permitía el cristal de aquella ventana. Giré mi cabeza hacia el salón y vi unas flores en un jarrón sobre la mesa junto al viejo sofá, que no tenía más daño que las marcas típicas del uso y de los excesos compartidos. Volví a la cocina y la abracé por detrás besando su nuca.
—Vaya paseo que diste esta mañana… lo cierto es que esperaba que trajeras unos churros recién hechos —y tras guiñarme un ojo ella se abrazó a mi cuello. Yo la abracé fuerte contra mi pecho. Lo cierto es que esta historia está llena de abrazos, pensé mientras inspiraba ese olor tan a ella.
—No traje nada... lo siento. Sólo baje a dar un paseo y de paso tirar unos miedos al contenedor negro. Esta vez la mayoría eran míos, salvo uno que debía ser tuyo y que encontré junto al espejo del baño.
—Me encanta el olor de esta casa sin miedos. Me recuerda tanto a aquellos días... –y un brillo palpitó en su mirada.
—Mira que igual también tenía que haber bajado alguna nostalgia al contenedor azul —dije yo y ambos reímos durante un rato.
Luego fui a la habitación a cambiar mi ropa. El suelo brillaba y los cuadros en la pared descansaban firmes en sus alcayatas. Era domingo y un olor a tierra mojada se coló por la ventana. Memoria fresca de la tormenta de verano que, frente al balcón, anoche admiramos. A ella le encantaban las tormentas y a mí el relámpago reflejado en sus ojos. Cerré los míos y lentamente inspiré su recuerdo.
—Vaya paseo que diste esta mañana… lo cierto es que esperaba que trajeras unos churros recién hechos —y tras guiñarme un ojo ella se abrazó a mi cuello. Yo la abracé fuerte contra mi pecho. Lo cierto es que esta historia está llena de abrazos, pensé mientras inspiraba ese olor tan a ella.
—No traje nada... lo siento. Sólo baje a dar un paseo y de paso tirar unos miedos al contenedor negro. Esta vez la mayoría eran míos, salvo uno que debía ser tuyo y que encontré junto al espejo del baño.
—Me encanta el olor de esta casa sin miedos. Me recuerda tanto a aquellos días... –y un brillo palpitó en su mirada.
—Mira que igual también tenía que haber bajado alguna nostalgia al contenedor azul —dije yo y ambos reímos durante un rato.
Luego fui a la habitación a cambiar mi ropa. El suelo brillaba y los cuadros en la pared descansaban firmes en sus alcayatas. Era domingo y un olor a tierra mojada se coló por la ventana. Memoria fresca de la tormenta de verano que, frente al balcón, anoche admiramos. A ella le encantaban las tormentas y a mí el relámpago reflejado en sus ojos. Cerré los míos y lentamente inspiré su recuerdo.
martes, 4 de julio de 2017
Eso. Cuarto acto: Carta desde Barneo
Querida Sofía:
Te escribo esta carta desde Barneo, en este helado océano Ártico y a pocos kilómetros del Polo Norte. La temperatura exterior es de -40°C. Ayer me amputaron el tercer dedo de mi pie izquierdo. Apenas me quedan ya restos de la última foca que maté hace semanas. Como podrás imaginar, en estas condiciones la vida pronto dejará de serlo. Aun así, sigo sintiendo como arde y me devora el fuego que prendiste en mi pecho. Espero que, cuando recibas esta carta, tú también hayas…
lunes, 3 de julio de 2017
Eso. Tercer acto: Cristales
Cuando desperté, ella aún dormía a mi lado y yo debí sonreír. Giré sobre mí mismo y al poner los pies en el suelo vi que todo estaba lleno de cristales rotos. Alcé la mirada a la pared y sólo vi las alcayatas que días atrás sostuvieron los cuadros que ahora yacían inertes en el suelo. Comencé a caminar y lo hice dolorido entre los cristales que bajo mis pies se clavaban. En la cocina un boquete enorme en la pared me mostraba la calle. Era mañana de verano y unos niños ociosos y felices jugaban en ella; mientras una madre volvía cargada de bolsas de algún supermercado. Me acerqué hasta el borde de la pared inexistente, me asomé a aquel acantilado y, desde abajo, un anciano en un banco parecía esperar ansioso mi salto. No salté. Me di la vuelta y caminé hacia el salón donde observé el sofá azul, o más bien lo que de él quedaba tras el paso de las llamas. Muy cerca de allí un polvo espeso cubría la mesa sobre la que descansaban un bolso y unas gafas de sol que nunca recordé haber visto limpias y en esa ocasión tampoco. Giré de nuevo hacia el pasillo y continué caminando, pisando cristales. Nunca creí que mis pies llegarían alguna vez a acostumbrarse, pensé mientras me vestía. Luego volví junto a la cama y la observé de nuevo. Su desnudo era aún hoy más bello. Me acerqué y con el cuidado de cada mañana la besé despacio.
—Ya me voy —murmuré en voz baja en su oído. Ella dormía.
"Confío en tu capacidad de destrucción" le dije entre risas un día al poco de conocernos. "No te preocupes. Confía en mí. Sabré hacerlo volar todo por los aires..." con sonrisa cómplice me había respondido ella.
Al llegar a la puerta de mi casa, de la que ya sólo quedaba el marco, quise mirar la hora en el reloj de mi muñeca y allí recordé que había perdido mi brazo. Está claro que es imposible salir ileso de ciertos desastres. Luego continué mi camino escalera abajo. Antes de llegar al portal supe que la iba a echar de menos. Finalmente salí.
—Ya me voy —murmuré en voz baja en su oído. Ella dormía.
"Confío en tu capacidad de destrucción" le dije entre risas un día al poco de conocernos. "No te preocupes. Confía en mí. Sabré hacerlo volar todo por los aires..." con sonrisa cómplice me había respondido ella.
Al llegar a la puerta de mi casa, de la que ya sólo quedaba el marco, quise mirar la hora en el reloj de mi muñeca y allí recordé que había perdido mi brazo. Está claro que es imposible salir ileso de ciertos desastres. Luego continué mi camino escalera abajo. Antes de llegar al portal supe que la iba a echar de menos. Finalmente salí.
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