martes, 14 de julio de 2015
El reencuentro
Le llamó especialmente la atención que el brillo de sus ojos permanecía intacto, y esto a su vez venía unido a una salvedad bien positiva: la mirada que esos ojos albergaban ahora permanecía erguida, manteniéndose fija y segura en esos otros que ahora mismo fijamente la observaban. Luego el pelo… tan desordenado como entonces, añadiendo rasgos a ese aspecto de siempre tan dejado, con matices de indolente e incluso despistado, lo cual siempre le dio un aire de mujer tan interesante como fatal a ratos; característica esta última con la que en tantos momentos jugó a su antojo, especialmente a esas horas en la que los últimos escombros de la noche negocian a la baja planes de rescate en lo oscuro de algún bar, tratando acaso de salvar el trágico destino de otra noche dormir solos.
–¡Qué bien te veo! –cómo un mantra una y otra vez repetía –qué bien te veo… ha sido mucho tiempo, pero ahora que te reencuentro no pienso volver a alejarme de ti ni por un momento. Sonrió… y el espejo del cuarto de baño le devolvió de nuevo su mejor sonrisa, que no pudo por menos que rubricar con un beso al aire que intermediaba entre ella y su reflejo. Apagó la luz y tomó su bolso que sobre la cama de la habitación le esperaba, caminó hacia la puerta y salió. Paseo largo y lento por esas calles empedradas, deteniéndose en cada puesto del mercado; era domingo de feria en San Telmo y una maravillosa sensación de sentirse mejor acompañada que nunca desde hacia rato invadía su cuerpo.
viernes, 29 de mayo de 2015
La decisión
– ¡No puede ser!... –alguien exclama y un escalofrío recorre su cuerpo. Pasa un rato y el fenómeno sin precedente se colma de evidencia, el Sol seguía exactamente en el mismo lugar, quizás declarado en huelga o averiado o quién sabe si, poseído por una duda, meditando si continuar su eterno viaje. Luego más comentarios, al que siguen exclamaciones, algunos lamentos y mucha incredulidad que amenazando tornarse pánico inunda la escena. – ¡No puede estar pasando!… ¡el Sol no puede haberse detenido… su movimiento es el paso de nuestro tiempo al fin y al cabo!
– No es exactamente el Sol el responsable –un tipo con aspecto y tono de intelectual, algo arrogante y conocedor de su porte, puntualiza. – Realmente sería la Tierra la que detuvo su giro... no debemos por ello cargar con esta responsabilidad al Sol que nos alimenta y además, la Tierra ha debido hacerlo muy lentamente o su propia inercia nos hubiera lanzado, si no al vacío, al menos al peor de los destinos… Por otro lado, si realmente la Tierra ha cesado en su rotación, el paso de nuestro tiempo, tal y como lo conocemos, ya no estaría gobernado por su giro diario de 24 horas, si no por su propia traslación en torno al Sol… los días podrían durar cerca de un año…
– Mi niño andaba inquieto y bien sabía yo que algo extraño le ocurría… –interrumpiendo la reflexión del que “intelectual” llamaremos, una mujer apuntó mientras entre sus brazos arrullaba a un bebé que ahora lloraba. – Yo sentí un leve mareo hace unos momentos –continuó un hombre de edad más avanzada a la vez que se unía al grupo.
– Ciertos terremotos y catástrofes de descomunales proporciones han llegado a alterar el cadente giro de la Tierra –el intelectual continuó – modificando incluso el eje terrestre en unos pocos centímetros, acortando con ello la duración de los días en un puñado de microsegundos, como ya ocurrió con el movimiento de la placa Nazca en Chile en 2010, o Japón en 2011… pero detenerse... ¡santo Dios! – y ese que antes calificábamos como arrogante intelectual se sorprendió a sí mismo mentando a Dios, el mismo que hasta ese momento siempre se declaró ateo.
– ¡Quizás estemos todos muertos!... ¡vi algo parecido en una película!... –la mujer con el niño en brazos aterrada comentó para seguidamente comenzar a llorar, sumando su llanto al de su hijo. – ¡Cállese loca! –Alguien de aspecto rudo con malos modos gritó –mi pulso late, mi reloj se mueve... y además es hora de cenar y tengo hambre… usted estará muerta, pero yo le aseguro que un servidor no.
Ya habían pasado más de cuarenta minutos de la hora prevista y el Sol seguía allí, impasible a tanta mirada y tanta pregunta, sin parecer atender ni reparar en nada. Luego los teléfonos móviles que empiezan a sonar, esos mismos que desde hace unos años aparecen siempre en los momentos justos para romper las mejores escenas, ya sean en el cine, teatro o en ese casual encuentro entre dos futuribles amantes que por esa distracción, nunca llegaron a ser tales. Conversaciones telefónicas a uno y otro lado, todas en el mismo sentido, sí, sí... yo también lo estoy viendo... en internet dicen que son varios los lugares en los que se está observando... al parecer comentan que allá por Indonesia y Australia continua siendo de noche, o más bien están viviendo el amanecer detenido. Es curioso que siendo tan diferentes ambos momentos, alba y ocaso, ahora con el Sol detenido, cuesta distinguir diferencia alguna entre ambos.
– Aunque parezcan iguales hay ciertos matices que hacen diferentes los colores del amanecer y el atardecer, que tiene que ver con la dispersión de la luz en las partículas de polvo suspendidas en la atmósfera y que siempre son más cuantiosas en el atardecer debido al calor del día y a que... –seguro que el lector bien conoce ya quién está hablando ahora y con su permiso bajaremos su volumen que empieza ya a ser ruido y, por su verdadero interés, giraremos el objetivo de la cámara hacia el lugar de origen de esta historia: esa mujer que en silencio sigue sentada allí junto al acantilado, con la mirada fija en el horizonte... posición que no ha cambiado un ápice desde el primer instante que empezamos a relatar, momento en que, si bien recuerdan, reparamos en ella.
De repente la mujer parece moverse, estira sus brazos mientras yergue su espalda para, unos segundos después, exhalar un suspiro que parece transformarse en brisa de tarde... luego aprieta sus ojos que arrastran consigo un gesto serio, que por unos segundos tapa con sus manos para después, al retirar éstas de su cara, transformarlo en otro gesto mucho más sereno y calmado. Finalmente se levanta y gira sobre los que un rato antes debieron ser sus propios pasos y comienza a caminar tierra adentro sin prisa alguna, con paso firme pues... la decisión ya está tomada.
No me pregunten porqué, por adelantado anuncio que del todo lo desconozco, pero justo en aquel momento la Tierra, tras un leve quejido, lentamente volvió a retomar su giro para a continuación como el más común y extraordinario de los días, simplemente anochecer.
miércoles, 14 de enero de 2015
En un café de Buenos Aires
En un café de Buenos Aires la vida se me antoja escasa, leo los versos despechados de Blajaquis y una mujer junto a una ventana ordena unos papeles que termina por introducir en un sobre. Dos amigos en conversación acalorada arreglan el mundo, mientras un hombre al fondo mira fijamente la puerta y su gesto cansado me hace pensar que lleva demasiado tiempo esperando. Los versos de Cambalache suenan en el hilo musical del café, ochenta años después, tan vigentes como entonces.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
El sicario
Lo que más dolió al sicario de esas últimas palabras fue el sentir que no mentía.
domingo, 26 de octubre de 2014
Tiempo de sentir
domingo, 14 de septiembre de 2014
Todo
Se
habían conocido unas semanas atrás en algún lugar, que por otra parte es lo de
menos; podría haber sido un parque, una sala de espera, una biblioteca, la cola
de un cine o quizás una parada de un autobús con retraso. El caso es que se
habían cruzado y habían comenzado a charlar y sin saberlo a conocerse. Tal fue
el interés mutuo despertado que fueron varias las veces que se citaron y, como
era de esperar, mucho de lo que hablaron. Al principio y como siempre, hablaban
de todo, que es lo mismo que no hablar de nada: del calor que no
había hecho aquel verano, de noticias que copaban titulares, de cuánta gente se
reunía en aquél café donde el tiempo parecía detenido.
Ambos tenían ya esa edad en la que las verdades
absolutas claudican y también ambos atesoraban un buen baúl de experiencias,
algunas compartidas durante sus encuentros… Ahí los tienes; él hablando de la
sensación única de dormir bajo las estrellas y poner el alba por despertador;
ella disertando sobre las propiedades curativas del olor a tierra mojada,
especialmente en aquellos días de final de verano; él hablando sobre ese primer
reloj al que cada noche tenía que darle cuerda y, a continuación, ella
maldiciendo ese desarrollo que nos arrebató esos relojes que al menos unos
segundos al día obligaban a detenernos.
Es cierto que la conversación no era siempre tan profunda; también compartían
lo mundano y lo trivial; que si nunca llueve a gusto de todos… que si no hay
mal que por bien no venga… que ya sabes que segundas partes nunca fueron
buenas… Y al final el amor, lugar donde todo converge, de ello
también hablaron.
Ambos se habían enamorado varias veces, habían querido
otras tantas, habían sabido caer y levantarse, abrir la puerta de casa y asumir
que al otro lado ya nadie esperaba; besado cuerpos que nunca amarían, amado
otros que nunca sabrían que fueron amados, todo… todo parecía
haber sido vivido antes y por un momento hablaban como si fueran el hombre y la
mujer más ancianos del mundo, con todo ya vivido, poco o nada
nuevo por hacer.
Fue en un receso de la conversación, un silencio de
esos en los que decimos que pasa un ángel, cuando de repente ambos se
sorprendieron mirándose a los ojos, navegando mar adentro en sus pupilas y
quizás manteniendo una conversación paralela a la que brotaba de sus bocas,
dato que nunca podremos confirmar y será siempre suposición del que escribe
esta historia. Lo que es totalmente cierto es que por un instante ella tembló y
él lo sintió como si dentro de su propio cuerpo fuera:
—Y con todo lo vivido, con todo lo
sentido, con todo lo reído y también llorado, ¿Qué nos queda
por hacer? —ella preguntó. Volvió el silencio y de nuevo el mar a sus pupilas,
está vez más brillante e inquieto. Pasó otro ángel y tras él llegó la
respuesta:
—Todo —y seguidamente los labios de él se adelantaron al tercer ángel que esperaba su turno y lentamente se aproximaron a los de ella que al otro lado de la mesa ya ansiaban su encuentro, justo en el mismo instante en el que en algún lugar del universo una galaxia nacía, una madre abrazaba a un bebé dormido, un soldado concluía un verso… y alguien a pocas mesas de distancia de ellos sonreía y derramaba su café, embelesado ante la imagen de los ya jóvenes protagonistas de esta historia, que ajenos a todo se besaban. Y mientras todo comenzaba… todo de nuevo.
domingo, 7 de septiembre de 2014
Lento
lento
lento
lento...
con el noble proposito
de por un instante
erizar tu vello
disuadir el tedio...
por eso compongo
lento...






