martes, 12 de abril de 2016

Historia de José

La historia sucede tal cual la cuento, de primera mano, sin filtros ni intermediarios y a pocas lunas de la que su luz ahora cuela por mi ventana. Semana Santa 2016 en una aldea del litoral alentejano portugués, junto a la costa Vicentina. Uno de esos pocos espacios naturales de nuestra península ibérica compartida que aún supimos respetar, que nadie hasta la fecha resolvió que su estética natural precisara ser hormigonada ni alicatada. Agreste litoral, bravo, escarpado, rocas como cuchillas que se clavan en el mar soportando las embestidas de un océano Atlántico a largos ratos enfurecido.

La aldea era una de tantas aldeas blancas que visitamos en aquellos días, espacios de paz y de tiempo detenido. Nuestro vecino de al lado, José de nombre, nacido en aquella casa en 1936, como pronto nos explicó, emigró como tantos otros a finales de los cincuenta a una industrializada y ya efervescente Barcelona, allí además de mucho trabajar se casó, tuvo varios hijos y hacía no demasiado tiempo que había enterrado a su mujer. Le gustaba regresar a su aldea natal portuguesa donde pasaba largas temporadas cuando el frío y la humedad remitían, dando así una tregua a esos huesos que tan duro trabajaron. Prueba de ello, y de esa vida que pronto avisó que no fue fácil, eran esos dos dedos que de una mano le faltaban… pero ahí estaba José, a sus 80 años, sentado al sol de la tarde, junto a la puerta de su pequeña casa que también fue la de sus padres, observando el pasar lento del tiempo en los pueblos, donde aparentemente sin que parezca que ocurra nada, acaba aconteciendo todo.

Dormíamos en la casa de al lado, pared con pared con lo que entendíamos debía ser su salón. Lo entendimos desde la primera noche en la que a través de nuestra pared surgía una música a un volumen extremadamente alto, indicativo de una severa sordera imaginé, aunque lo cierto es que no lo había notado cuando no hacía tantas horas hablé por última vez con José. Viejas canciones de baile popular, de orquesta, de verbena de pueblo, una y otra vez sonando. La tercera de las noches el ruido ya era insoportable y pasaban largo de las tres de la mañana, y en aquellos días de retiro tras meses de trabajo, descansar se hacía más vital que necesario. Comencé golpeando “cariñosamente” la pared de la habitación, ninguna respuesta, más fuerte, lo mismo, luego zapatilla en mano, seguía sin obtener respuesta. Salgo finalmente fuera y voy a su puerta que golpeo y a voz le llamo, nada…, y la misma respuesta obtengo junto a la ventana en la que el ruido alcanzaba su máximo. Vuelvo desesperado a su puerta, giro el picaporte y veo que estaba abierta. Sonrío, la confianza y la paz de los viejos pueblos, donde aún siguen sin existir cerraduras ni llaves… cada uno con lo suyo, lo que no implica a lo suyo, que respetar la propiedad ajena nada tiene que ver con no conocer de los pormenores de la vida del otro que, al fin y al cabo, allí todo es compartido. El sueño, mezclado con cierta preocupación y una extraña confianza me hace entrar en la casa. Oscuridad. Pronto mi nariz repara en un espeso olor a cerrado, a falta de limpieza, olor de una casa que hace tiempo que dejó de abrir sus ventanas, que ya no mira hacia afuera. La luz de la calle que se cuela por la puerta entreabierta me permite llegar al salón para encontrarlo allí, en el sofá inmóvil, los ojos bien abiertos, fijos en la nada, mi aire se corta.

Me acerco a él, el movimiento leve de su pecho me tranquiliza y me permite tomar aire a mí también.

– José… disculpe, ¿se encuentra bien?... es muy tarde y… –no obtengo respuesta alguna. Su gesto no cambia, su mirada continua al frente, a la oscuridad más absoluta que allí habitaba, a la nada. – José… –de repente su mano se mueve inesperadamente ágil, aferrándose a mi brazo.

– ¡Mírala! acaba de llegar… es ella. –Yo me asusto ante aquella súbita reacción, que entendí debía tratarse de una pesadilla, delirio o ensoñación…

– Tranquilo José, todo está bien… pero la música tiene que bajarla… son más de las…

– Es ella… ella… ¡mírala!...

Noto como aprieta aún más mi brazo y, de repente, la oscuridad frente a mí comienza a tornarse de negro a gris, para luego dar lugar a contrastes, brillos, sombras… resolviendo finalmente formas que se empiezan a definir, formas que parecen moverse al compás de la música atronadora que continúa inundándolo todo. Todo pasaba tan rápido que no tenía tiempo ni para interrogarme sobre tamaño absurdo, pero ahí está, veo un baile. Un baile con orquesta, baile de fiesta... de plaza del pueblo, gente danzando al compás de la música, risas, cantos, carreras de niños entre la gente, los zapatos grises de la tierra que arrastraron. Un madre que corre tras uno, dos abuelas que bailan abrazadas, una joven que ríe y comparte alguna confidencia con su amiga que la acompaña mientras parece mirarnos.

– Es ella… María… mírala que bella, apostaría todo a que habla de mí… –José continua hablando sin alterar nada su gesto.

Yo no soy capaz de articular palabra.

– Todas las noches… siempre que vengo, siempre coincide con luna llena, vuelve este día....

Yo sólo pienso que esto es una locura, pero a la vez que lo pienso lo veo, y ese ver hace que este delirio compartido se me torne certeza. Porque ahí está, como una ventana que el tiempo hubiera abierto ante nosotros, cómo una película antigua de recuerdo. La orquesta continúa su repertorio continuo de bailes y canciones que yo ya llevaba rato escuchando, un joven apuesto se acerca y pide un baile a la mujer que parecía observarnos y murmurar.

– Es él… él no la quiere, quizás por eso no teme su rechazo, ella esperaba mi decisión que nunca llegó… y a mí me gustaba tanto… la amaba de tal manera que hasta me sonrojaba de pensarlo. Ella nunca se dirigió a mí, nunca me dijo nada, pero ese día ella esperaba que yo me acercara, que pusiera fin a tanta mirada e indecisión, y ahí está de nuevo esperando.

 –¿Por qué no te acercas?

– No puedo…

 – ¡Claro que puedes! –En ese momento giro mi cabeza y observo a José y me encuentro un joven de unos 22 años, camisa blanca de domingo abrochada hasta el cuello, pantalón gris con el fondo remangado, el pelo peinado con gel denso, mirada de joven asustado y a la vez enamorado del espectáculo de un mundo que no hace tanto que comenzó a admirar. Vuelvo de nuevo mi foco a la escena, María baila con el joven que se le había acercado, baila pero no sonríe. Termina el baile, amable se despide de su acompañante que parece no querer irse de su lado. Vuelve con su amiga, luego se acerca una mujer que podría ser su madre, algo la dice y de nuevo mira hacia donde estamos. Veo una gota de sudor rodar en la frente de José.

– Vamos José… ella te espera, quiere que la invites a bailar, te está esperando. Debe llevar toda una vida esperándote, la luna que hoy tenemos es la misma, tú eres el mismo… y ella también, ella todavía te espera y quizás no siempre sea todavía… quizás llegue el día en que este momento no se repita más. Vamos José…

Nunca me he considerado una persona con gran capacidad de persuasión, quizás más bien lo contrario, de obstinado puedo llegar a provocar la reacción opuesta a mi mejor intención. Pero el caso es que José finalmente se mueve, arranca, tembloroso, pero arranca y camina hacia ella. Yo sonrío. Se acerca a ella, la amiga se aparta, ella le mira sorprendida como si llevara mil lunas esperándolo, y quizás así sea… será esta la razón por lo que a ella, aunque intenta disimilarlo, se le escape una sonrisa. Él le dice algo al oído y luego abre sus brazos en disposición de baile. Debió ella decir que sí, pues ambos bailan ahora con la orquesta. Con cierta torpeza, imagino que con el miedo a no cuadrar sus pasos, José muestra algo de rigidez en su porte… bueno, lo cierto es que yo no atinaría a afrontarlo mejor.

La canción se alarga, José al final dice unas palabras en el oído de ella. Yo, voyeur de la escena, intentando adivinar el gesto de su cara, pero no alcanzo a verla. La canción acaba, José amable se despide y luego vuelve a mi lado… cómplice me sonríe. Se sienta de nuevo junto a mí y es en ese momento cuando la orquesta comienza a bajar su volumen, la imagen comienza a difuminarse, otra vez los grises, las sombras, la indefinición, la oscuridad, la noche. La luz que entraba por la puerta que dejé entreabierta me devuelve de nuevo al primer José, al abuelo que conocí, al que encontré allí sentado en su sillón y creí por un instante que yacía sin vida.

– ¿Qué ha ocurrido? –confuso pregunté.

– Ya está. Al final lo hice. Gracias… estoy cansado… vayamos a dormir, a ti te esperan… buenas noches. Sin decirme más comenzó a retirarse hacia lo que sería una habitación, lo hacía con paso lento, dolorido, pesado, pero conociendo bien su camino, la casa de uno al fin y al cabo.

– José ¿qué le dijiste? –no pude evitar preguntar.

Él se detiene unos segundos, finalmente lentamente se gira y parece buscarme con la mirada, su gesto denota cansancio sumado a que la luz que le llega de frente parece molestarle.

– Cuántas veces soñé con este momento… y cuántas me maldije por no haber sido capaz… Siempre que vuelvo a esta casa se me aparece y vuelvo a fracasar… a ni siquiera moverme… Pero hoy sí… seguramente gracias a ti… y cuando al fin la sentí en mis brazos, cuando respiré su perfume y noté su olor entrando en mi cuerpo, su risa nerviosa sumándose a la mía... Justo en ese momento me di cuenta de todo, y al final le dije gracias, gracias por ese baile… y me fui.

– ¿Gracias?… ¿y nada más? –me resultaba imposible no seguir preguntando.

– Lo cierto es que la soñé una vida. Pero cierto también es que, gracias a que nada tuvimos, acabé emigrando, me fui de esta aldea, llegué a Barcelona, hice grandes amigos, amigos que mucho en la vida me acompañaron… también allí conocí a la que fue mi mujer, tuve hijos que tanto me dieron también… Eso lo sentí más que nunca en el momento en el que ella me concedió ese baile, cuando la sentí a mi lado, cuando pude estar por un instante en el lugar donde tantas veces maldije no haber llegado. Fue justo ahí cuando me di cuenta que nada debía de ser cambiado, la vida fue la que fue, no quería cambiar nada… Bueno... algo quizás sí… antes de irme le susurre que aquel tipo que sobrevolaba la escena no era de fiar, que se guardara de su prosa… bien sé a lo que me refiero... espero no haber en exceso la historia alterado. Buenas noches… es hora de dormir.

José desapareció tras la sombra de su habitación y yo tras unos segundos me puse en pie y regresé a la casa contigua. Con el corazón aún acelerado y los pies helados me metí en la cama. – Ya no se oye la música… –ella me susurró al oído. Yo sonreí y la abracé con la fuerza que me quedaba... luego me acurruqué a su lado… no debí tardar mucho en caer dormido… no recuerdo ahora si soñé algo.

Tras aquello los días pasaron, fueron días de descanso… días lentos de noches tranquilas, noches sin ruido… a lo sumo el sonido del viento acariciando las teclas del viejo tejado.



jueves, 22 de octubre de 2015

Tus colores

Guardo tus colores en una caja verde
bajo un manto de gorriones
guardianes de su suerte
ocultos de la nube
que tiñó negra la tarde
menguando tu sonrisa
llevándose tu aire
poblando de vacío tantos sueños
y esta boca
sin palabras que te calmen


Larga viene la noche
frío quemando tu espalda
ruido de todo
todo de nada
absurda existencia que hoy nos engaña
plañideras y abrazos baldíos
paliativos que nada te palian
en silencio aturdida suspiras
en el aire yo escribo
malditos todos los finales
exhausta capitulas dormida
se prende una vela
y el mundo se apaga


Amanecerá


Y entonces amanecerá
aún sin sentido
pero amanecerá
y ese día que llega y que llegará
el frío abandonará tu espalda
cruzando un rayo de luz
la escarcha de tu ventana
descomponiendo su haz de colores
esparciéndolos sobre tu cama
donde un blanco gorrión aterido
pedirá que pintes sus alas
que tus manos le brinden colores
que de tus dedos brotará su esperanza


Y no dudarás
ni por un instante tú dudarás
y con pulso firme tomarás el verde
tu color favorito
verde tu brillo
verde su nido
verde mi suerte


domingo, 6 de septiembre de 2015

Vuelva si acaso mañana

Somos hijos de los pueblos indígenas
del sudor en la frente 
de los que la tierra labraron
hijos también de sus heridas
aún abiertas 
aún sangrando
de su suerte arrebatada
de su paraíso esquilmado

Somos hijos de las diferencias 
y de las clases aceptadas
de intocables 
y los parias de la Tierra
de delit en la India 
y en Bangladés de arzal 
de burakumin en Japón
en Yemen de al-akhdam
de pigmeos en Burundi 
y de albinos en Tanzania

Somos hijos de emigrantes y exiliados
de maletas rebosando incertidumbres
frío quemando en los labios
aire contenido en la frontera
donde la necesidad somete a los sueños
y a los pasos gastados del hombre
ya sin patria 
ni visado 
hacia un mundo de puertas 
que se cierran

Somos hijos de gitanos romaníes
y en Guatemala mojados
suerte de pateras en el estrecho
monte Gurugú subsahariano
exiliados hoy huyendo de Siria
del infierno
del horror
del espanto
eritreos y somalíes en Lampedusa
hoy cadáveres sin nombre 
vergüenza de este mundo 
su fracaso

Somos hijos de todos ellos
nacidos a este lado de la valla
lado noble 
vieja Europa 
esclava de sus mercados
enferma terminal de amnesia
que tan pronto ha olvidado
mirando al inmigrante aterido
al otro lado de las concertinas 
al otro lado de las alambradas
siempre a otro lado
y con su anestesiada conciencia
y solemne burocracia
sólo atinar a decirle
que lo siente mucho
que no puede hacer nada
que aquí ya somos demasiados
que vuelva si acaso mañana



viernes, 14 de agosto de 2015

El niño

Hacía mucho que no paseaba por aquel lugar, aquella aldea que le vio crecer desde niño, donde tanto tiempo había pasado; el lugar donde sus antepasados habían dejado escritas sus huellas, el mejor y el peor recuerdo de su historia. Robles y castaños milenarios observaban su paseo y los caminos, cada vez menos transitados, parecían ir abdicando al inevitable paso del tiempo entre zarzas y hierbas cubriendo, como una manta de olvido, el lugar por donde tanta gente e ilusiones habían antes transitado. Aquel camino que comunicaba con la vieja carretera que era la vía de salida y comunicación con el exterior, lugar por donde antaño llegaban carteros, vendedores ambulantes, artesanos, panaderos… el mismo donde comenzaron tantos sueños como huidas. Cuántas despedidas tuvieron lugar en aquel lugar, despedidas que algunas se sabían definitivas, como cuando varios emigraron desde la aldea a aquella América del Sur en pleno crecimiento, en su dulce efervescencia. Argentina, Uruguay, incluso Brasil… viajes que ocupaban varias y largas semanas, volviéndose eternos a ratos, en el deambular hacia un destino que se antojaba irremediablemente definitivo.

Por allí paseaba nuestro protagonista, bien entrado ya el siglo XXI… verano 2015, los carteros hacía tiempo que habían desaparecido, ejecutados ya en última instancia por una tecnología que vibraba a cada paso en el bolsillo de su pantalón, esos mensajes instantáneos que poca reflexión previa tenían, que poca atención en el destinatario suscitaban. Benditas cartas, algunas escritas y reescritas durante horas, aquellas palabras que nunca hubo viento capaz de arrastrarlas… En esa reflexión andaba, cuando percibió un ruido que provenía de uno de los árboles, pensó que sería algún pájaro pero su intensidad en aumento fue descartando esta opción. Al llegar a un claro del camino pudo observar la razón del ruido: en la cima de uno de esos castaños milenarios un niño de unos once años colocaba un tablón de madera entre dos ramas mientras de su bolsillo sacaba un martillo y varios clavos. 

– ¿Qué andas haciendo? Te veo bien ocupado... –el hombre con tono amable y distendido preguntó desde abajo.

– Una casa –con voz seria y sin darse la vuelta respondió el niño desde el árbol. –Bueno… una cabaña… –corrigió quizás viendo que la palabra “casa” podía ser un tanto excesiva. –Una gran cabaña –finalmente sentenció, a la par que seguía moviéndose de un lado a otro con habilidad envidiable… la propia de un niño en definitiva, sin nunca detenerse y en su gesto ignorando a quien ahora le observaba sentado sobre una piedra junto a la pared del camino.

Pasaron varios minutos en los que el niño seguía de una rama a otra con su trabajo. Ahora con una cuerda trenzando una especie de baranda protectora, seguramente para proteger de alguna caída a otros que no fueran tan habilidosos. 

– ¿Sabes una cosa?... –finalmente rompió el silencio el hombre desde abajo. – Yo también hice una cabaña sobre un árbol hace ya muchos años, cuando pasaba largos veranos en esta aldea. Soñaba que fuera la más grande y cómoda de todas la que hasta entonces se hubieran levantado, con espacio suficiente para varias personas, que pudiera albergar a todos mis amigos, donde jugar, refugiarnos los días de lluvia, esconder nuestros tesoros, compartir tantos secretos... –hizo un silencio reflexivo y tras tomar aire continuó:

– Trabajé duro durante varios de aquellos veranos en aquella cabaña que poco a poco fue tomando forma… cada vez más cerca de lo soñado... en mi cabeza claramente podía verla. Luego a la vez que yo crecía, el proyecto se fue retrasando… sin darme cuenta y poco a poco lo fui abandonando… yo seguía creciendo y los planes al mismo tiempo cambiando… los amigos se fueron, las chicas llegaron… bueno… ya lo irás viendo cuando crezcas. Luego dejé de venir al pueblo, la ciudad ofrecía tanto incluso en verano y también los lugares tumultuosos de playa… que no eran más que otras ciudades al fin y al cabo. Siguieron transcurriendo los años… uf… cuántos pasaron… 

– ¿Y los sueños?... ¿qué fue de los sueños? –el niño de una manera que sonó contundente preguntó y ahora sí dejó de hacer su trabajo y se giró hacia aquel que desde el camino fijamente le observaba. Clavó su mirada en sus ojos y allí se quedaron unos segundos, hombre y niño contemplándose. 

– Di… ¿qué paso con tus sueños?... ¿olvidaste tus sueños? –el niño desde arriba insistía, mientras que el hombre en silencio y paralizado observaba esos ojos despiertos que fijamente lo miraban, esa mirada… que sentía tan familiar, bajo ese pelo revuelto y desordenado, con esa frente sudorosa que mostraba una cicatriz en su lado izquierdo, un mal golpe contra una ventana que nadie avisó que estaba abierta, de pronto recordó… a la vez que lentamente movía su mano hacia su propia frente, acariciando suavemente la huella casi imperceptible de una cicatriz que el tiempo y las arrugas habían ido enmascarando… pero allí estaba… exactamente igual, en el mismo sitio... y muy próximos a ella estaban esos mismos ojos que, aunque ahora más hundidos bajo unos parpados algo caídos subrayados por unas ojeras bien marcadas, la escena observaban. El pelo era lo único que había realmente desaparecido, al menos esos remolinos que ahora caían sobre la frente de ese niño que la memoria de sus sueños reclamaba… ese niño… que era él.


viernes, 31 de julio de 2015

En línea

Se habían amado más de lo que pudieron llegar a imaginar… pero hacía semanas que su relación había terminado.

Malditos sean todos los finales.

Aún así era difícil despegarse de viejos hábitos, como asomarse a esas ventanas tecno-ilógicas en las que tanto tiempo habían compartido. Él, como un ritual que aún sin querer repetía cada día, observaba la pantalla de su teléfono móvil… en línea, ella estaba en línea… ¿con quién estaría a esas horas hablando?... y sobre qué hablaría –él pensaba. Acaso ultimando una huida hacia adelante o definiendo las claúsulas de un nuevo y definitivo plan de rescate…

Él no podía saberlo, pero justo en ese momento, al otro lado de aquella ventana, a un puñado de kilómetros de distancia, ella también observaba la pantalla de su móvil y bajo el nombre de él podía leer: en línea… Siempre en línea –ella también pensaba. ¿Con quién hablará ahora? ¿a quién andará con su prosa intentando seducir?... tan pronto olvidan algunos...

Y ella en línea…

Y él en línea…

Y ella de nuevo en línea…

Y él de nuevo también en línea…

en línea…

en línea …

Y es que ahora eran exactamente eso: dos líneas... dos líneas que un día convergieron, dos líneas que se amaron, dos líneas que ahora continúan su rumbo… condenadas al común destino de ya nunca más cruzarse.



martes, 14 de julio de 2015

El reencuentro

Hacía mucho que no se encontraban y su aspecto se le reveló cambiado. Algunas, ya no tan sutiles, filas de arrugas se habían instalado en su frente, acompañadas por otras también apreciables patas de gallo; indudable síntoma y rúbrica del paso del tiempo, ese que a todos iguala. Pero lo cierto es que la veía bien, incluso mejor, qué diablos… su sonrisa se parecía mucho a la de entonces, la que abiertamente mostraba aquellos días de finales de siglo, cuando todo parecía tan infinito como intrascendente; quizás animado por aquel inminente y apocalíptico efecto 2.000… aquellos años en los que llegó a la capital… cuando tanto compartieron.

 Le llamó especialmente la atención que el brillo de sus ojos permanecía intacto, y esto a su vez venía unido a una salvedad bien positiva: la mirada que esos ojos albergaban ahora permanecía erguida, manteniéndose fija y segura en esos otros que ahora mismo fijamente la observaban. Luego el pelo… tan desordenado como entonces, añadiendo rasgos a ese aspecto de siempre tan dejado, con matices de indolente e incluso despistado, lo cual siempre le dio un aire de mujer tan interesante como fatal a ratos; característica esta última con la que en tantos momentos jugó a su antojo, especialmente a esas horas en la que los últimos escombros de la noche negocian a la baja planes de rescate en lo oscuro de algún bar, tratando acaso de salvar el trágico destino de otra noche dormir solos.

 –¡Qué bien te veo! –cómo un mantra una y otra vez repetía –qué bien te veo… ha sido mucho tiempo, pero ahora que te reencuentro no pienso volver a alejarme de ti ni por un momento. Sonrió… y el espejo del cuarto de baño le devolvió de nuevo su mejor sonrisa, que no pudo por menos que rubricar con un beso al aire que intermediaba entre ella y su reflejo. Apagó la luz y tomó su bolso que sobre la cama de la habitación le esperaba, caminó hacia la puerta y salió. Paseo largo y lento por esas calles empedradas, deteniéndose en cada puesto del mercado; era domingo de feria en San Telmo y una maravillosa sensación de sentirse mejor acompañada que nunca desde hacia rato invadía su cuerpo.

viernes, 29 de mayo de 2015

La decisión


Una mujer contempla un atardecer junto a un acantilado, un atardecer más, tan común, mágico y único como cada uno de los que, desde hace unos 4.600 millones de años le debieron preceder; quizás este último se presenta, a diferencia de los inmediatos anteriores, con algo más de bruma que claramente se divisa allá sobre la línea del horizonte. Tras unos momentos de silencio general ante la inminencia de tan maravilloso como esperado desenlace, los demás personajes que acompañan a la mujer en la escena comienzan a murmurar… parece que el Sol no termina de ocultarse… lleva varios minutos suspendido en la línea del horizonte, justo allí en el límite, pero sin acabar de completar su ciclo diario.

– ¡No puede ser!... –alguien exclama y un escalofrío recorre su cuerpo. Pasa un rato y el fenómeno sin precedente se colma de evidencia, el Sol seguía exactamente en el mismo lugar, quizás declarado en huelga o averiado o quién sabe si, poseído por una duda, meditando si continuar su eterno viaje. Luego más comentarios, al que siguen exclamaciones, algunos lamentos y mucha incredulidad que amenazando tornarse pánico inunda la escena. – ¡No puede estar pasando!… ¡el Sol no puede haberse detenido… su movimiento es el paso de nuestro tiempo al fin y al cabo!

– No es exactamente el Sol el responsable –un tipo con aspecto y tono de intelectual, algo arrogante y conocedor de su porte, puntualiza. – Realmente sería la Tierra la que detuvo su giro... no debemos por ello cargar con esta responsabilidad al Sol que nos alimenta y además, la Tierra ha debido hacerlo muy lentamente o su propia inercia nos hubiera lanzado, si no al vacío, al menos al peor de los destinos… Por otro lado, si realmente la Tierra ha cesado en su rotación, el paso de nuestro tiempo, tal y como lo conocemos, ya no estaría gobernado por su giro diario de 24 horas, si no por su propia traslación en torno al Sol… los días podrían durar cerca de un año…

– Mi niño andaba inquieto y bien sabía yo que algo extraño le ocurría… –interrumpiendo la reflexión del que “intelectual” llamaremos, una mujer apuntó mientras entre sus brazos arrullaba a un bebé que ahora lloraba. – Yo sentí un leve mareo hace unos momentos –continuó un hombre de edad más avanzada a la vez que se unía al grupo.

– Ciertos terremotos y catástrofes de descomunales proporciones han llegado a alterar el cadente giro de la Tierra –el intelectual continuó – modificando incluso el eje terrestre en unos pocos centímetros, acortando con ello la duración de los días en un puñado de microsegundos, como ya ocurrió con el movimiento de la placa Nazca en Chile en 2010, o Japón en 2011… pero detenerse... ¡santo Dios! – y ese que antes calificábamos como arrogante intelectual se sorprendió a sí mismo mentando a Dios, el mismo que hasta ese momento siempre se declaró ateo.

– ¡Quizás estemos todos muertos!... ¡vi algo parecido en una película!... –la mujer con el niño en brazos aterrada comentó para seguidamente comenzar a llorar, sumando su llanto al de su hijo. – ¡Cállese loca! –Alguien de aspecto rudo con malos modos gritó –mi pulso late, mi reloj se mueve... y además es hora de cenar y tengo hambre… usted estará muerta, pero yo le aseguro que un servidor no.

Ya habían pasado más de cuarenta minutos de la hora prevista y el Sol seguía allí, impasible a tanta mirada y tanta pregunta, sin parecer atender ni reparar en nada. Luego los teléfonos móviles que empiezan a sonar, esos mismos que desde hace unos años aparecen siempre en los momentos justos para romper las mejores escenas, ya sean en el cine, teatro o en ese casual encuentro entre dos futuribles amantes que por esa distracción, nunca llegaron a ser tales. Conversaciones telefónicas a uno y otro lado, todas en el mismo sentido, sí, sí... yo también lo estoy viendo... en internet dicen que son varios los lugares en los que se está observando... al parecer comentan que allá por Indonesia y Australia continua siendo de noche, o más bien están viviendo el amanecer detenido. Es curioso que siendo tan diferentes ambos momentos, alba y ocaso, ahora con el Sol detenido, cuesta distinguir diferencia alguna entre ambos.

– Aunque parezcan iguales hay ciertos matices que hacen diferentes los colores del amanecer y el atardecer, que tiene que ver con la dispersión de la luz en las partículas de polvo suspendidas en la atmósfera y que siempre son más cuantiosas en el atardecer debido al calor del día y a que... –seguro que el lector bien conoce ya quién está hablando ahora y con su permiso bajaremos su volumen que empieza ya a ser ruido y, por su verdadero interés, giraremos el objetivo de la cámara hacia el lugar de origen de esta historia: esa mujer que en silencio sigue sentada allí junto al acantilado, con la mirada fija en el horizonte... posición que no ha cambiado un ápice desde el primer instante que empezamos a relatar, momento en que, si bien recuerdan, reparamos en ella.

De repente la mujer parece moverse, estira sus brazos mientras yergue su espalda para, unos segundos después, exhalar un suspiro que parece transformarse en brisa de tarde... luego aprieta sus ojos que arrastran consigo un gesto serio, que por unos segundos tapa con sus manos para después, al retirar éstas de su cara, transformarlo en otro gesto mucho más sereno y calmado. Finalmente se levanta y gira sobre los que un rato antes debieron ser sus propios pasos y comienza a caminar tierra adentro sin prisa alguna, con paso firme pues... la decisión ya está tomada.

No me pregunten porqué, por adelantado anuncio que del todo lo desconozco, pero justo en aquel momento la Tierra, tras un leve quejido, lentamente volvió a retomar su giro para a continuación como el más común y extraordinario de los días, simplemente anochecer.