jueves, 3 de septiembre de 2020

Timanfaya

Cuando desperté con el canto de las pardelas en aquella noche de El Golfo, con ese lúgubre y sobrecogedor sonido, que el mismo llanto de un niño parece; me asusté, pues pensé que traía mal augurio. En ese momento sentí una mezcla de soledad y de frío. Todos los miedos son fríos y éste era de esos que se calan en los huesos y, si no sabes detenerlos a tiempo, reparar en su inexistencia y efímero paso, no encontrarás mantas que lo remedien. El caso es que, en aquella oscura noche de agosto, ese miedo se había colado en mi cama.

Debía faltar bastante para las primeras luces del alba. Decidí levantarme y lavar mi cara, que eso siempre es buena terapia. A veces, cuando lavamos la cara también clarificamos el alma, quizás porque el frescor del agua en contacto con la piel nos hace reparar en el sanador presente que nunca acabamos de habitar. Me cambié y salí a la noche. El viento alisio parecía por un momento amainar. Caminé hasta la playa y respiré la brisa de Lanzarote. Miré hacia el cielo y vi como la vía láctea se divisaba con total claridad en aquel firmamento oscuro y sin contaminación lumínica, alejado de los centros turísticos de los que siempre trato de huir. Era noche sin luna. Novilunio la llaman. Cuando mis ojos se habituaron a la oscuridad, pude ver a un hombre alto, delgado y de edad avanzada sentado a pocos metros de mí.

—¿Usted tampoco puede dormir? —para romper el hielo y también procurar no inquietarle con mi presencia, le pregunté.

—Yo hace mucho que no duermo. Un día debí despertar y ya nunca más fui capaz de dormir.

—Pues de hombres despiertos anda este mundo necesitado —con cierta ironía le dije—. Unos malos sueños amenizados por el lastimero quejido de las pardelas me despertaron y ya no pude dormir más. Vinieron miedos y fantasmas a visitarme. Decidí levantarme y caminar.

—Levantarse y caminar es siempre bueno. No vivir tan aferrado al suelo que es allí donde en muchas ocasiones perecen los sueños. Desde el suelo percibimos el sonido de las pardelas como un llanto siniestro, pero la realidad es que, si nos elevásemos y las pudiésemos contemplar en sus acantilados, veríamos que eligen las noches más oscuras para anidar en ellos y así protegerse de sus depredadores. El sonido que emiten es la forma de comunicarse con sus demás congéneres y sus crías lo utilizan para reclamar su sustento. No hay pena ni tristeza alguna. Están celebrando el habitar por fin en tierra tras meses volando y viviendo sobre las aguas del mar. Cuando el frio se acerca, migran hasta las costas del sur de Brasil y Argentina para, llegado el momento, retornar de vuelta. Miles de kilómetros realizan en cada trazado. Semanas e incluso meses de vuelo sin un mísero risco en el que posarse, durmiendo sobre las aguas. Ahora en tierra, sus nidos están construidos, sus polluelos nacidos y tanto machos como hembras tienen mucho que celebrar. Cuando lleguen los meses de octubre y noviembre, y sus crías hayan crecido lo suficiente, sus padres dejarán de alimentarlas esperando que, tras reclamar su alimento sin éxito, opten por seguir el rielar de la luna en el mar, abandonar la hura en la montaña y volar así en la búsqueda de su alimento y en definitiva de su vida.

—Está claro que la vida siempre se abre paso y siempre existen razones y motivos para celebrar, aunque estos tiempos a veces parezcan quererlo ocultar —le dije mientras me sentaba en una roca próxima a él.

 —Lo cierto es que sí. Son tiempos difíciles y de poca luz. Tiempos en los que los miedos parecen irremediablemente instalarse dentro de la gente, creando una capa de brea sobre su corazón. En estos tiempos la solidaridad desaparece y cada uno se mira un poco más a su ombligo si cabe y, si me apuras, menos a su interior; que es donde debiéramos mirarnos más, quizás con la esperanza de algún día alcanzar a vernos.

—Las noticias no hablan de otra cosa, la pandemia lo cubre todo y también permite que todo lo demás ocurra sin que nunca sea noticia. Hablan de que nos protejamos y nos hacen ver al prójimo como un sospechoso y entre líneas nos invitan a que lo mantengamos a distancia. Lo que más me inquieta de todo esto es la separación que esta distancia conlleva, la pérdida de comunicación, de afectividad y, finalmente, de empatía entre nosotros; parece que cada vez son menos las personas que realmente nos importan. De algún modo nos dicen que elijamos con quien compartir, que elijamos bien y dejemos de lado al resto. En este tiempo, en que ya ni conversaciones de ascensor pueden darse, los muros parecen levantarse más fuertes y más altos. El que pide caridad, si ya antes se le veía poco, ahora bajo la mascarilla se vuelve invisible para el resto; y no hablo de la suya propia, si no de la nuestra, la que nos oculta y nos separa incluso de nuestro propio corazón, sumándonos en un anonimato bajo el cual también en ocasiones aflora lo peor de nosotros.

–Así es. Y luego están esos falsos profetas que nacen. O más bien que aparecen, que nacidos estaban hace tiempo. Tras muchos años en los que despreciamos a científicos, investigadores, sabios y expertos; donde dimos alas y celebramos con júbilo la mediocridad, ahora no sabemos a quién dirigir nuestras preguntas. O, si lo sabemos, quizás no sepamos entender las respuestas y muchos prefieran conformarse con la respuesta simple y dañina del pelele que un día osamos elevar a la categoría de referente.

–Pero no todos son así —apunté tras sus palabras.

–Es cierto. Por suerte no todos son así. Tú tuviste miedo en la noche, te levantaste y caminaste hacia la playa; buscando luz en la oscuridad, aunque solo la de las estrellas fuera. El miedo ciega y enfrentarlo nos abre el camino hacia la luz. Eso es lo que hiciste cuando despertaste para ver que la pesadilla no era real, que el llanto no era tal y que los miedos se disipan cuando los miramos de frente. Además, gracias a eso, ahora aquí conversamos.

–Siempre me gustó detenerme a charlar con quien así lo quería. Lo cierto es que seguramente haciendo eso, me sienta menos solo. Son cortos espacios de tiempo. Conversaciones breves y seguro a ratos improductivas, pero estoy convencido de que, en más de una, alguien encontró un consuelo, una idea, otro punto de vista o simplemente el calor de sentirse escuchado. A mí me ha ocurrido también, quizás por eso no me sienta tan solo, aunque al final todos lo estemos. Por cierto, mi nombre es Carlos ¿cómo se llama usted?

–Me llamo José.

–Pues encantado José de compartir este rato. Nunca estuve antes por aquí, pero tengo la sensación de haberle visto antes e incluso de que juntos hayamos conversado.

–Mucho he conversado a lo largo de mi vida. El mundo es grande y somos tantos… pero cierto es que la casualidad a veces es aún mayor que nuestro mundo.

–Al fin y al cabo, no somos más que fruto de la casualidad.

–Y del azar también, aunque es importante decir que el azar no escoge, sino propone y allí estamos nosotros para atender o no a la propuesta que nos lanza.

–Tiene usted razón. Y alguien con su edad y mente despierta, que ha tenido que vivir tanto y ahora observa esto que nos llega. ¿Hacia dónde cree que nos dirigimos? ¿Ve usted alguna esperanza en este tiempo?

–Déjeme contarle algo. A poca distancia de este lugar, en Timanfaya, en la tarde del 1 de septiembre de 1730, lo que es anteayer en términos geológicos, la tierra se abrió y una montaña enorme se levantó del seno de la tierra; el fuego y el humo lo cubrieron todo. Varios caseríos de la zona sur de la isla quedaron destruidos y enterrados por la lava y las cenizas del volcán, sus habitantes tuvieron que huir a otros lugares de la isla. Fueron seis años de continuas explosiones y emisiones que generaron mares de lava que cubrieron una cuarta parte de esta isla y que incluso la hizo crecer unos metros más en el interior del mar; así nació este paisaje de naturaleza muerta llamado malpaís. La naturaleza entonces, al igual que en estos días, mostró al hombre su verdadera pequeñez y cómo, de un solo soplido, puede borrarlo de la faz de la tierra.

Quedó unos segundos en silencio. Parecía reflexionar sobre lo que acababa de decir. Tomó aire y continuó:

—Pero ahí también hubo un aprendizaje y una lección de esperanza. El hombre poco a poco supo volver y un nuevo hogar quiso crear en esta escombrera. Una vez más hizo de la necesidad virtud y esto agudizó su ingenio. En las zonas que quedaron menos dañadas pudo volver a edificar sus casas. Donde los restos del volcán le permitieron, plantaron higueras y otros frutales para poder alimentarse y en las zonas tapizadas por el manto negro de piroclastos cavaron y plantaron cepas de las que ahora extraen una selecta uva, malvasía, la cual debe su éxito en parte a la ayuda que, para conservar la humedad de la planta, suponen estos restos de gravilla volcánica. Pero no solo el hombre, también la naturaleza contribuye a esta recuperación y se puede ver como las rocas que forman este malpaís, alimentados por la humedad que los alisios le traen, se han ido cubriendo de líquenes que es la forma de vida más primaria, pero seguro origen de otra más evolucionada y que algún día dará lugar a otro paisaje en el que nuevas plantas y animales habitarán. En definitiva, que incluso en las peores circunstancias, la vida y otro tiempo mejor habrá siempre de abrirse paso. Esa es al menos mi esperanza.

—Parece que de una erupción volcánica nadie es responsable. Pero a veces escucho hablar a personas responsabilizando a unos y a otros de esta pandemia.

—En una pandemia no hay culpables ni responsables. Todos somos víctimas —dijo José y su voz sonó concluyente—. Si bien es cierto que seguro pudimos hacer más por prevenirlo. Ese consumismo voraz, ese agotamiento de recursos naturales, ese crecer sin límites y de espaldas a la naturaleza, esa invasión de espacios solo reservados para los animales y que a los humanos no le correspondían. Por eso debemos ahora ser conscientes de este tiempo que es además nuestro tiempo. Tomar conciencia y empezar un nuevo camino que traiga nueva luz y nos haga reparar en la locura y en la oscuridad que habitábamos, que era la nuestra propia.

—Esa desconexión de la naturaleza también va unida a la desconexión de nosotros mismos y desde ahí de nuestros semejantes. No ver esa fuente primaria de luz que en nuestro interior habita, nuestro verdadero ser, no el egoísta que sueña con codiciar y dominar todo. Viajamos en pocas horas a cualquier país del mundo para conocer un remoto lugar, pero la mayoría desconocemos lo que realmente somos. ¿Y por qué no lo vemos? ¿Nos hemos quedado definitivamente ciegos?

No creo que nos hayamos quedado ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos pero viendo, ciegos que pueden ver, pero no ven…

En ese momento tras nosotros se coló el primer rayo de luz del alba. La claridad iluminó la cara de aquel que me hablaba, igual que a mi mente aquella última frase que acababa de pronunciar. Delante de mí estaba nada menos que José Saramago, premio Nobel de literatura, y una de las personas que más he admirado a lo largo de mi vida. No puede ser. Él había fallecido justo hace ahora diez años. Pero allí estaba junto a mí, conversando conmigo en la noche más oscura y estrellada de Lanzarote; no muy lejos de Tías, el lugar que durante varios años fue su casa.

La entrada de la luz del amanecer tras nosotros, hizo que él se levantara con cierta dificultad de la piedra desde la que sentado me hablaba, hizo un geste breve, casi sin mirarme y así se despidió de mí.

—Pero usted es…

Antes de que yo concluyera la frase se volvió y entonces me miró directamente a los ojos para a continuación decirme:

—Ahora realmente da igual quien yo sea, y si estoy aquí y no allá, si no subí a las estrellas fue porque a la tierra pertenecía. Lo importante Carlos, es lo que tú eres y lo que tú puedes y quieres ser. Mira dentro de ti. Busca y en algún lugar encontrarás esa fuerza y esa energía que te nutre y quiere salir. Eso que tú en algún momento llamaste pasión y que no es más que puro amor. Ese amor que, como esos volcanes, hará renacer todo. El amor es la única esperanza contra la muerte y es lo único que podrá salvarnos. Mírate y pregúntate: ¿para qué crees que has venido hasta aquí? Muchos te dirán que no es el momento. Otros tantos te dirán que ya es tarde o que no puedes. Pero sí. No solo puedes, sino que además lo anhelas desde lo más profundo de tu ser. Y no estás solo en esto. Este mundo anda falto de ojos que miren despiertos y no sois pocos los que así lo intentáis cada día. Quizás estáis separados ahora, desconectados y toda esta pandemia aún crea más distancia, cubre vuestra cara y empaña a ratos vuestra mirada; pero buscaos, hablad, conversad, abrid debates y nunca cejéis en vuestro empeño. No olvidéis que a veces es más fácil llegar a Marte o a la Luna que a nuestros semejantes, pero no por ello dejéis de intentarlo o no habrá esperanza alguna. Van a ir a por vosotros. No gustáis a quién los hilos de todo esto maneja y a los intereses a los que sirve, pero estáis aquí y sois la esperanza de este mundo. Y aunque como las pardelas tengáis que hacer vuestros nidos en riscos alejados y comunicar vuestro mensaje en la noche más oscura, es bueno que así lo hagáis. Solo la unión y la solidaridad podrá ser simiente de esperanza que dé lugar al nacimiento de un tiempo y un mundo mejor. Yo ahora debo irme. Quizás nos veamos por aquí alguna otra noche, ya te dije que hace tiempo desperté y no volví a dormir más… —Y tras un breve instante mirándonos, se volvió a girar y se alejó de mí difuminándose.

Yo quedé allí en silencio, pensativo, paralizado, observando ahora a lo lejos el eterno horizonte, siempre delante nuestro. La luz de la mañana me regalaba un paisaje de una belleza sublime y una inmensa calma parecía habitarlo todo. Entonces cerré mis párpados y respiré profundo. Sentí mis pies en contacto con la tierra, la brisa del mar acariciando mi piel y después un abrazo en mi espalda. Un abrazo intenso, cariñoso, sincero y reparador. Me giré y vi que tras de mí no había nadie. Era yo.

Volcán “El Cuervo”. Primer cráter generado el 1 de septiembre de 1730 en Timanfaya


NOTA DEL AUTOR: Las frases que en el relato aparecen en letra cursiva están extraídas de libros de José Saramago o bien de alguna entrevista suya. Quiero dedicar esta entrada a la memoria de unos de los mejores escritores y pensadores de los últimos años y por el que siempre sentiré una gran admiración.






miércoles, 12 de agosto de 2020

La mosca

El anciano observa a una mosca que se acaba de posar en el borde de la taza de su desayuno. Nunca soportó la imagen de una mosca sobre la comida. Intenta levantar la mano, pero ve que ésta no responde. Hace mucho que no le responde, aun así, no hay día que no lo intente. Observa de nuevo a la mosca que ha saltado ahora hasta la cuchara que está dentro de la taza y se desliza, como si de un tobogán se tratara, desde la parte superior y con la clara intención de ir a probar su alimento. Él la mira y ve como llega hasta él, extrae su trompa y comienza a succionar. Intenta de nuevo mover el brazo y un ligero temblor hace que golpee la mesa, y esto a su vez hace que la mosca abandone su posición y comience a volar. Él respira. La cuidadora llega por detrás. Toma la cuchara colmada de una mezcla de lo que debieron ser cereales y fruta antes de pasar por la batidora y se lo introduce en la boca. Se vuelve a marchar mientras él, con dificultad, intenta con su torpe lengua manejar el alimento en su boca desdentada. De nuevo está ahí. Otra vez frente a él. Ahora parece mirarle con desprecio y hacia él avanza. Él nota como su pulso se acelera. Intenta gritar para llamar a su cuidadora. No lo hace por miedo, sino como el que nunca tuvo otra manera de dirigirse a quien cerca de él estaba. Al final emite un quejido extraño que hace que la cuidadora, que sentada en el sofá miraba absorta la televisión, se acerque de nuevo al mismo tiempo que la mosca alza su vuelo; tome la cuchara y tras llenarla de alimento, lo introduzca de nuevo en su boca. El teléfono de ella comienza a sonar y hacia él se abalanza ella, como si esperase una llamada importante. De nuevo solo. No es novedad tampoco. Demasiado tiempo solo, pensó. No duró mucho este pensamiento pues de nuevo la mosca se posa sobre la mesa y ahora va hacia él. Directa. Esta vez parece que será inevitable. Y así lo ratifica cuando percibe como salta hasta su mano y camina sobre ella, sobre él. Cree notar el cosquilleo que en su piel produce las patas velludas y pegajosas de la mosca que luego se detiene en un resto de comida que hay junto al puño de su camisa. Seguidamente salta de nuevo hacia la mesa para finalmente volver a la taza de desayuno, sin lugar a dudas la fuente de su maná, al menos en el día de hoy. Él escucha a su cuidadora riendo al teléfono y eso le hace hervir la sangre e intentar removerse en la silla, mientras la mosca continúa saboreando su desayuno. Alguien le habló una vez de la habilidad para huir que tenía ese insecto. La mosca es capaz de anticiparse a los movimientos de su adversario, colocando sus patas traseras en la posición más favorable a su evasión. Siempre alerta. Él también siempre tuvo una gran habilidad para escapar y no fueron pocas las veces que así salvó su vida. Eran años complicados donde sólo los más fuertes y duros sobrevivían. Y él era uno de esos, además de uno de los más grandes e implacables hijos de puta, como un compañero suyo solía decirle entre risas. De nuevo la mosca sobre su mano. Él consigue hacer temblar sus dedos y así incomodar su paseo. El insecto salta sobre la mesa de nuevo. La cuidadora regresa y, mientras habla por teléfono, le vuelve a introducir una cuchara llena de alimento en la boca. Él traga con cierta dificultad y parte del alimento cae hasta su barbilla para luego resbalar hasta el babero que cuelga de su arrugado cuello. La mosca parece reparar en ello y hacia allí emprende su vuelo. Mientras lo saborea, él observa como ella mueve y roza entre sí las patas traseras. Parece feliz. Celebrando satisfecha y eso él no puede soportarlo. 

Nunca soportó la felicidad ajena. O era suya o no debía ser de nadie. Y así fue demasiadas veces, demasiado dolor a su paso. Él nunca lo sentía así, no era capaz de reparar en el dolor ajeno, ni siquiera cuando los gritos del interrogado parecían estallar en su cabeza en aquel sótano de la Dirección General de Seguridad. Un tiempo atrás un instructor le había dicho: “Parecen humanos, pero no lo son. Son puta escoria que si pudieran te arrancarían los ojos con sus manos. Nunca interpretes una emoción suya como si de un humano fuera. Son animales”. Había un ventanuco en la parte superior de la celda de interrogatorios por el que solía entrar algo de luz que se reflejaba a la mitad de la pared y según su posición él podía calcular la hora que era. Por aquel tragaluz también algunas veces se colaba alguna mosca, seguramente atraída por el olor a sudor, heces y terror ajeno. Él siempre tuvo una agilidad y rapidez increíbles, siendo capaz sin apenas dificultad de cazar moscas al vuelo, anticipándose a sus movimientos. Eso solía impresionar de niño a sus amigos en aquellos veranos en el pueblo, nadie quería competir contra él, pues siempre ganaba. Eso también acabo deviniendo en un muy mal perder. No lo soportaba. En las primeras preguntas al interrogado, cuando lo tenía sentado al frente suyo, intentaba mostrar un aspecto calmado y algo cercano. Así ahora lo recordaba:

Vamos a ver… yo quiero ayudarte, pero necesito que me des los nombres de los que te acompañaban en aquel piso.  

El interrogado permanecía en silencio intentando concentrarse y fingir cierta calma, aunque su corazón se le quisiera arrojar fuera del pecho. Intentó entretenerse observando el paseo de una mosca sobre la mesa arañada. Un golpe seco y firme sobre la misma rompía cualquier intento de calma y abstracción por parte del interpelado.

Has visto la mosca que había sobre la mesa ¿verdad? –decía mientras su mano abierta, agrietada y con marcadas venas presionaba sobre la mesa. Luego levanta su mano y señala la mosca reventada contra la madera–. Así mismo voy a hacer ahora contigo como sigas callado y no colabores maldito hijo de puta. Aquí dentro nadie podrá oírte por mucho que grites. No tengas dudas de que para mí eres aún menos que la mierda depositada bajo las patas de esta mosca.  

De nuevo sintió la cuchara con la papilla entrando en su boca; esta vez le cogió abstraído en sus recuerdos y tuvo que hacer un esfuerzo para intentar no atragantarse. Empezó a toser, con dificultad y apenas fuerza. Era la peor de las sensaciones, sentir la falta de aire, su ahogamiento. Tantas veces lo había practicado con tantos detenidos en una vieja y sucia bañera ubicada en una esquina de la celda y nunca supo qué se sentía, ahora solía sentirlo al menos una vez al día. Esa sensación de falta de aire, el esfuerzo en los pulmones intentando abrirse para recibir algo de aire, era una sensación terrible que le producía una angustia tremenda. El esfuerzo por intentar salvar ese momento le hizo salir de sus pensamientos y reparar de nuevo sobre la mosca que desde la mesa ahora parecía observarle. Quiso imaginar lo que podía estar sintiendo, seguramente alivio al saber que el interrogado esta vez era él, y que no tardaría mucho en pedir clemencia y confesar todo lo que aquella mosca quisiera sonsacarle. Retado y derrotado por ella. Él. Qué terrible paradoja, pensó. Observó la mosca que seguía inmóvil observándole desde la mesa. Sintió su juicio y su sentencia. Maldito tirano, tus días llegan a su fin. Cautivo y desarmado… Ni a mí puedes hacer frente ya. Ni a una simple mosca. Me comeré tu desayuno y, si pudiera, después te comería a ti. Voló de nuevo hasta el tazón que frente a él reposaba. Esta vez caminó rápido hasta el final de la cuchara metiéndose bien dentro del preciado alimento, quedando en su éxtasis de azúcar atrapada.

Él entonces sonrió.

Seguidamente tras él asomaron los brazos de su cuidadora que seguía enganchada a su llamada de teléfono, ella tomó la cuchara y la introdujo de nuevo en la boca de él. Él lo vio venir y esta vez abrió con fuerza la boca para luego cerrarla con rapidez y con una determinación que hace tiempo no recordaba; como cuando lo hacía con la puerta de la celda dejando atrás reventado y malherido a su interrogado, mientras caminaba hacia un sucio lavabo que había al fondo del pasillo para lavar sus manos. Luego su boca sin dientes masticó el alimento con rabia, para finalmente tragar. Quedó entonces por unos instantes paralizado, tranquilo, sintiendo en su boca el sabor de aquella victoria. Fue en ese momento cuando una sonrisa helada, como en tantas otras ocasiones, volvió a dibujarse en su boca.


domingo, 15 de diciembre de 2019

Alivio

A veces me salgo de mí mismo
y empiezo a caminar
y luego a correr
hacia ningún sitio
y no me siento
no me hallo
lo confieso
no me siento
como un brazo dormido
ajeno a todo
al fuego
a la brisa
a mí mismo

Y siento miedo
me miro en el espejo
y siento miedo
busco algo y pregunto
¿quién eres?
¿dónde estás?
¿por qué dueles?
y siento de nuevo
ese dolor 
y ese viejo miedo 
que quiere gritar sin conseguirlo
quizás demasiado asustado para ello

Y luego viajo hacia otros lugares
hacia otros rostros
y me cuelgo por ratos de ellos
rostros de mirada ajena
que no me devuelven nada
si acaso interrogantes
y alguna boca 
que se abrió en sonrisa
asomando abismos
que preguntan por mí
qué fue de mi vértigo 
por qué ya no los miro

Y al fin reacciono
y giro sobre mis pasos… 
Mierda
mis huellas se borraron
esta vez no sabré volver
noche de luna negra
¡no!
grito 
ahora más fuerte
por fin el aire brota hacia fuera
lo dejo salir y marchar
caigo de pronto rendido
me siento sobre mis pies
y respiro
otra vez respiro
aire entra
siento como me lleno
vacío
y otra vez lleno
y de nuevo vacío
y es así como vuelvo a casa
y es así como vuelvo a mí mismo
al inicio
y respiro
y me alivio

domingo, 8 de diciembre de 2019

Presentimiento

Aquel día al salir de casa tuvo un presentimiento y él sabía lo que aquello suponía. Una larga carrera en los servicios secretos del estado, en la que se había enfrentado a todo tipo de casos, le había hecho desarrollar esa facultad y pocas veces se equivocaba. Tomó su vieja gabardina y su sombrero y una vez en la calle caminó hacia la glorieta de Embajadores. Llevaba años retirado y lo cierto es que la salida no fue agradable. Le tumbaron, le hicieron la cama, se lo cargaron, vaya. No fue precisamente fácil introducirse en aquel Mayo del 68 en las juventudes revolucionarias de París. Sus jefes querían saber lo que allí se cocía y cómo aquello podía afectar a una Universidad española cada vez más convulsa y a la que la revuelta de París, sumada a la guerra de Vietnam y a la represión soviética de Praga, parecían alentar las ansias revolucionarias y de libertad entre los jóvenes universitarios españoles.

Él se instaló en septiembre del año 67 en una vieja pensión del barrio Latino de París y desde allí, y gracias a su manejo del francés, su destreza social y su aspecto de joven revolucionario, fue introduciéndose en los sindicatos estudiantiles; y fue así como, entre consignas a favor de Mao y la libertad, eslóganes y  pintadas contra el puritanismo, y muchas carreras y toma de facultades, fue conociendo desde dentro tanto el movimiento del Mayo francés como a otros jóvenes españoles que desde ahí contactaban con sus colegas de Madrid y Barcelona mientras soñaban encontrar bajo los adoquines arena de playa. Él estaba allí para intentar recabar datos, nombres, lugares, en fin… información para sus jefes de Madrid. Todo iba según el plan establecido hasta que apareció ella. Se llamaba Eva: belleza y mirada despierta, furia juvenil que acabó por calarle hasta lo más profundo. Él no contaba con enamorarse como lo hizo y eso al final alteró todos sus planes.

Nunca olvidó aquel primero de octubre en la gare d'Austerlitz. “Tengo que volver a Madrid. No sé cuándo volveremos a vernos, pero cada primero de mes y a las cinco de la tarde te esperaré sentado en el café Barbieri de Lavapiés, ese del que tanto hablamos. No tengo casa ni dirección que darte. Es mejor que de mí no sepas más nada, salvo que te quiero y deseo pronto encontrarte”. Después la beso y subió a aquel tren que le llevaría de vuelta a España.

El regreso a Madrid no fue fácil. Nunca supo de donde habría surgido aquel soplo, pero pronto fue apartado de todo lo relativo a aquella misión. En los meses siguientes, al igual que las noticias le mostraban como aquel Mayo francés se desmoronaba, él sufrió todo tipo de presiones y relevos que al tiempo desembocaron en una depresión que lo relegó a trabajos de poca monta. Yonquis, prostitutas y torpes rateros de barrio fueron el centro de sus objetivos a partir de aquel momento.

El tiempo había pasado, pero él no había olvidado. Era un lluvioso primero de abril, víspera de Semana Santa, aquel día cuando salió de casa y tuvo un presentimiento extraño. Camino de Lavapiés notaba todo demasiado cambiado. También percibió, con esa habilidad que nunca perdió, que alguien le venía siguiendo desde hacía rato. No se detuvo. Bajó su sombrero, que la tarde de lluvia calaba y apresuró su paso. Unos metros más adelante, cuando por el rabillo del ojo vio un taxi que pasaba a su lado, lo detuvo y se subió a él. El taxista quedó sorprendido cuando le mandó parar tras un extraño rodeo un par de calles después, dando por finalizada aquella breve carrera que jugaba al despiste. Caminó calle Ave María abajo y al llegar a la puerta del café Barbieri se detuvo. Se asomó hacia adentro. Ella no estaba en el lugar en la que juraron un día encontrarse y al que tantas veces había ido. El reflejo del cristal le devolvió su rostro envejecido por los años, tal vez demasiados.

Caminó de nuevo a casa. Al subir la escalera se detuvo junto a su puerta. Estaba entreabierta, alguien debía en su ausencia haber entrado. Lo sabía. Lo esperaba. La abrió con cuidado y de dentro del paragüero junto a la puerta extrajo una barra metálica que allí siempre guardaba. Se deslizó pasillo adelante en silencio, sabía cómo hacerlo. Notó que su corazón, con los años, latía más rápido. La luz del salón estaba encendida; se asomó y vio sobre la mesa libros y papeles revueltos. Allí no había nadie. Luego inspeccionó el resto de la casa y no halló intruso alguno. El teléfono comenzó a sonar y optó por no descolgarlo. Finalmente se activó el contestador. “Hola. No estoy en casa. Puedes dejar tu mensaje después de oír la señal”.

–Manolo, ¿dónde estás? ¿estás bien? Te vi hace un rato en la calle. Te llamé, pero no debiste oírme. Vi como tomabas un taxi. Recuerda que mañana quedé en acompañarte a tu revisión. Paso a las 9 de la mañana a recogerte.

Luego caminó hasta la cocina, donde junto a la nevera había un papel. Una citación médica donde en negrita resaltaban aquellas malditas palabras: Unidad de seguimiento de demencias.

Fotografía: París. Mayo 1968


miércoles, 27 de noviembre de 2019

Más allá

El suelo era lava
y la vida ese juego
que perdía el que no se reía
y algo pasó
y yo no reí
"Has perdido"
tu risa de pronto me decía
tu risa
joder
tu risa

Recuerdo cómo maldecías mis canciones
esas putas que no hablaban de ti
mientras ellas ajenas te cantaban
y entre líneas nombraban tu cielo
desbordado siempre de estrellas
y luego mi pasión rompiendo
contra tu acantilado de agujas
que se clavaban en mí

Átame
tu boca me decía
y en mis muñecas sentía
ese dolor de carne desoyada
y un rumor de tiempo perverso
negociando a la baja
las hojas de mi calendario
mientras tú ajena a ello sonreías
y florecía el invierno

Y ahora que despego pero menos
que las antenas y los tendederos
amenazan cortar mi vuelo
ahora que el olvido es una cuchilla
que a ratos corta mi aire
ese que cruzo entre Dubai y Brisbane
y exactamente cuando sobrevuelo
Colombo
apareces otra vez
y socarrona me espetas
que aún sigues aquí
que aún no te olvidé

Y yo lo sé
y lo sé ahora que no sé nada
ahora que a muchos he defraudado
y a otros tantos ya nada importo
y a veces creo ser alguno de ellos
vi cierto rencor esta mañana en el espejo
y cierta verdad también
confesando
que aún te quiero
pero menos
que aún te busca mi reflejo
quizas menos
y sí...
lo sé
si ahora mismo leyeras esto
si ahora mismo lo hicieras
me mandarías al carajo
y más allá

domingo, 10 de noviembre de 2019

El debate

Aquel debate televisivo, previo a las elecciones generales, siempre sería recordado por el momento en el que los dos principales candidatos a la presidencia del gobierno y acérrimos enemigos, se acercaron uno al otro y, sin mediar palabra, comenzaron a besarse.

Pero mejor comencemos por el principio.

Era el cuarto debate en tres años, el mismo número de repeticiones electorales, la mediocridad parecía por fin haberse instalado en la vida política y definitivamente lo hacía para quedarse. Y ahí tenemos a los representantes de cada uno de los partidos, cada uno con su eterna perorata; ya habían optado por ni siquiera mirarse, repitiendo una y otra vez los mismos mensajes. Si uno proponía crear 100.000 puestos de trabajo, el siguiente proponía 150.000, el tercero 200.000 y así hasta el quinto en hablar, que era el que daba la cifra más elevada.

Los presentadores los observaban con el mismo desinterés que los espectadores desde sus casas. Una tras otro iban pasando a cada uno de los apartados previamente negociados, y uno tras otro iban repitiendo los mismos discursos ensayados.

No recuerdo de qué asunto estaban hablando pero, de repente, uno de ellos levantó los ojos y por primera vez parecía realmente mirar a cámara; mirar a cada uno de los espectadores que desde sus sofás y con el mismo poco interés le miraban.

–Lo siento, pero esto que acabo de prometer… no voy a poder cumplirlo. Realmente creo que la gran mayoría de las cosas que hoy he prometido no podría asegurarlas y creo que es muy posible que nunca las podamos cumplir.

Después giró su cabeza y por primera vez miró a los ojos a su principal adversario, el que competía por él por reunir el mayor número de votos.

–Considero que es muy acertada la propuesta que antes has realizado. Estoy de acuerdo contigo en lo que comentabas. Perdona por sistemáticamente llevarte la contraria sin tan siquiera evaluarlo. No entiendo realmente porqué esta actitud. Se supone que nos pagan para que hagamos lo mejor por nuestra sociedad… La verdad es que me avergüenzo de haber dicho tanto y tan vacío todo. Creo que es suficiente por hoy…

En ese momento dejó su espacio tras el atril y procedió a abandonar en directo el debate. Los presentadores estaban asombrados. Bloqueados por tan inusitado momento.

–Espera. No te vayas –saliendo tras su atril su principal opositor, aquel que competía junto a él por la presidencia, se acercó hacia él.

Se quedaron unos segundos mirándose fijamente para después abrazarse. Se abrazaron con fuerza, como se abraza a quien se quiere, a quien se aprecia y respeta.

Se hizo el silencio en el estudio. Los telespectadores, desde sus casas, por fin seguían entusiasmados el debate.


–¿Qué haces? ¿Quién te ha dado permiso para entrar en mi despacho?

–Papá… entre a verte y no estabas.

–He salido un momento al baño.

–¡Mira! Se están besando… –el niño, que no debía tener más de cuatro años, sonrojado, miraba a su padre mientras sus manitas jugueteaban con un par de mandos que había sobre la mesa.

–¡No! –gritó el padre horrorizado. ¿Qué estás haciendo? ¡Suelta ahora mismo esos mandos! ¡Te he dicho siempre que está prohibido entrar en el despacho de papá!

El niño, sabiéndose metido en un lío, saltó del sillón de trabajo de su padre y corrió hacia la puerta mientras el padre corría a retomar el puesto de control.

En la pantalla observó horrorizado como los dos principales candidatos se estaban besando.

Mural de Tvboy en Roma mostrando Luigi Di Maio besando a Matteo Salvini

sábado, 28 de septiembre de 2019

420

Al llegar a la puerta del hospital notó que le temblaban las piernas. Odiaba esos lugares, había comentado antes de salir de casa a su mujer que, desde la cama, le dijo: “ya lo sé, pero debes ir… además quieres hacerlo."

Preguntó a la entrada, en el punto de información, por la habitación 420 y caminó hacia el ascensor. Una vez dentro comenzó a recordar la visita de aquella mujer, hacía un par de días, habían pasado tantos años…

–Yo tampoco tenía noticias de él desde hacía mucho. Me costó reconocerle. Imagino que a ti también te costará. Creí que sería bueno que lo supieras y por eso intenté, por todos los medios, localizarte.

Pulsó el botón que le llevaría a la cuarta planta. Su arrugado reflejo en el espejo del ascensor, le llevo a recordar viejas anécdotas compartidas. Fueron muchos momentos. Muchas risas y emociones. Años grandes. Años bellos. Quizás los mejores y posiblemente ellos no lo sabían. Tal vez uno nunca sabe cuándo está viviendo su mejor momento, aunque a veces lo intuye, pero el vértigo hace que prefiera no verlo.

Detuvo su pensamiento cuando se abrió la puerta del ascensor. Salió y tras consultar el letrero que aparecía enfrente, giró hacia la izquierda y tras unos cuantos pasos llegó a la puerta de la habitación. Respiró hondo. El corazón parecía que quería arrojarse fuera de su pecho. Llamó a la puerta y tras no recibir respuesta, lentamente entró. No había nadie acompañándole en aquella habitación y debía ser lo habitual, pensó, a raíz del gesto de sorpresa de la auxiliar cuando, desde su mesa, le vio acercándose a su puerta.

Una vez dentro, al verlo, le resultó difícil reconocerlo. Habían pasado tantos años… ¿cuántos? Muchos… demasiados… se acercó y le llamó por su nombre.

–¿Qué tal estás? He venido a verte –le dijo–. Ya sé que quizás sea un poco tarde. Quizás tenga poco sentido esto ya… pero lo cierto es que he sentido durante todo este tiempo que te debía una explicación.

Le habló largo rato.

El otro desde la cama lo miraba. La emoción parecía alumbrar en sus ojos. Se le veía muy débil y no podía hablar. Esto sí que le resultó extraño al viejo amigo que, en un ejercicio de ánimo, recordó lo mucho que hablaba en aquellos días. ¡No callarás! Más de una vez le había dicho entre risas. Al final se despidió de él. Se emocionó. Se emocionaron. Cuando se dirigía hacia la puerta, notó que el otro intentaba moverse hacia él desde la cama. Intentaba decirle algo.

–Gra…ci…as.

Tras oír esta palabra no quiso detenerse más. Sentía que la emoción le acabaría desbordando. Una vez en el pasillo cerró con cuidado la puerta y luego se apoyó por un momento contra a la pared. Respiró hondo. Le hizo volver al presente el revuelo de enfermeras en la habitación de al lado.

–¡Hay que localizar a la familia! Por favor Yolanda, llama a la familia de –y en ese momento oyó el nombre de su amigo–. Diles que vengan urgentemente.

Por un momento no entendió nada.

Luego giró rápido su cabeza al cartel que había junto a la puerta de la habitación de la que provenía el revuelo: 420. Instantáneamente miró a la puerta de la habitación de la que acababa de salir: 419.

¡No!... ¡No, mierda no! –se dijo–. Y justo en ese momento recordó varias anécdotas y risas que tantas veces habían compartido a cuenta de sus despistes.

¡No… joder no! –siguió lamentándose mientras veía el revuelo de enfermeros y auxiliares en el pasillo.

Detrás de él, la misma puerta que hacía un rato había cerrado, se comenzó a abrir lentamente. Se giró y vio una mano temblorosa que asomaba bajo la tela de un gastado pijama de hospital. Ahora que lo tenía delante vio que era mucho más bajo que él y supo que no era el que un día fue su amigo. Aun así, lo miró a los ojos y vio una emoción y una luz que nunca podría haber imaginado en aquel rostro, casi inerte, que hacía un rato había contemplado. Y la boca volvió a hablar, pero esta vez con más aire, con más firmeza:

–Gracias Paco por venir…

Él no era Paco, pero sintió que no procedía corregirle.

Una enfermera desde el pasillo no pudo disimular su sorpresa y gritó:

–Andrés… pero qué haces ahí. ¿Cómo te has levantado? No me lo puedo creer –incrédula se dirigió al otro hombre que no sabía cómo explicar que nada tenía que ver con él–. Llevaba semanas en esa cama, nadie venía a visitarle y a nadie logramos nunca localizar… no podía andar. Llevo 20 años de enfermera en este hospital y le juro que es lo más increíble que he visto ¡Usted ha sido el único que ha pasado por aquí! Pero está claro que era la persona que éste hombre debía llevar mucho tiempo esperando. ¡Su visita le ha devuelto a la vida!

El amigo se quedó mirando a los ojos de aquella enfermera. No supo que decir. Asintió con la cabeza, aprobando así sus palabras. Se giró hacía su derecha. Sacó su vieja boina bajo el abrigo y la caló en su cabeza para luego caminar por el pasillo hacia el ascensor que al otro lado le devolvería. Gracias… creyó por última vez oír, esta vez no supo bien si tras él o era la voz que desde hacía rato se repetía una y otra vez dentro de su cabeza. Entonces sonrió, tal vez comprendiendo la suerte de ciertos azares.