viernes, 31 de julio de 2015

En línea

Se habían amado más de lo que pudieron llegar a imaginar… pero hacía semanas que su relación había terminado.

Malditos sean todos los finales.

Aún así era difícil despegarse de viejos hábitos, como asomarse a esas ventanas tecno-ilógicas en las que tanto tiempo habían compartido. Él, como un ritual que aún sin querer repetía cada día, observaba la pantalla de su teléfono móvil… en línea, ella estaba en línea… ¿con quién estaría a esas horas hablando?... y sobre qué hablaría –él pensaba. Acaso ultimando una huida hacia adelante o definiendo las claúsulas de un nuevo y definitivo plan de rescate…

Él no podía saberlo, pero justo en ese momento, al otro lado de aquella ventana, a un puñado de kilómetros de distancia, ella también observaba la pantalla de su móvil y bajo el nombre de él podía leer: en línea… Siempre en línea –ella también pensaba. ¿Con quién hablará ahora? ¿a quién andará con su prosa intentando seducir?... tan pronto olvidan algunos...

Y ella en línea

Y él en línea

Y ella de nuevo en línea

Y él de nuevo también en línea

en línea

en línea

Y es que ahora eran exactamente eso: dos líneas... dos líneas que un día convergieron, dos líneas que se amaron, dos líneas que ahora continúan su rumbo… condenadas al común destino de ya nunca más cruzarse.



martes, 14 de julio de 2015

El reencuentro

Hacía mucho que no se encontraban y su aspecto se le reveló cambiado. Algunas, ya no tan sutiles, filas de arrugas se habían instalado en su frente, acompañadas por otras también apreciables patas de gallo; indudable síntoma y rúbrica del paso del tiempo, ese que a todos iguala. Pero lo cierto es que la veía bien, incluso mejor, qué diablos… su sonrisa se parecía mucho a la de entonces, la que abiertamente mostraba aquellos días de finales de siglo, cuando todo parecía tan infinito como intrascendente; quizás animado por aquel inminente y apocalíptico efecto 2.000… aquellos años en los que llegó a la capital… cuando tanto compartieron.

 Le llamó especialmente la atención que el brillo de sus ojos permanecía intacto, y esto a su vez venía unido a una salvedad bien positiva: la mirada que esos ojos albergaban ahora permanecía erguida, manteniéndose fija y segura en esos otros que ahora mismo fijamente la observaban. Luego el pelo… tan desordenado como entonces, añadiendo rasgos a ese aspecto de siempre tan dejado, con matices de indolente e incluso despistado, lo cual siempre le dio un aire de mujer tan interesante como fatal a ratos; característica esta última con la que en tantos momentos jugó a su antojo, especialmente a esas horas en la que los últimos escombros de la noche negocian a la baja planes de rescate en lo oscuro de algún bar, tratando acaso de salvar el trágico destino de otra noche dormir solos.

 –¡Qué bien te veo! –cómo un mantra una y otra vez repetía –qué bien te veo… ha sido mucho tiempo, pero ahora que te reencuentro no pienso volver a alejarme de ti ni por un momento. Sonrió… y el espejo del cuarto de baño le devolvió de nuevo su mejor sonrisa, que no pudo por menos que rubricar con un beso al aire que intermediaba entre ella y su reflejo. Apagó la luz y tomó su bolso que sobre la cama de la habitación le esperaba, caminó hacia la puerta y salió. Paseo largo y lento por esas calles empedradas, deteniéndose en cada puesto del mercado; era domingo de feria en San Telmo y una maravillosa sensación de sentirse mejor acompañada que nunca desde hacia rato invadía su cuerpo.

viernes, 29 de mayo de 2015

La decisión


Una mujer contempla un atardecer junto a un acantilado, un atardecer más, tan común, mágico y único como cada uno de los que, desde hace unos 4.600 millones de años le debieron preceder; quizás este último se presenta, a diferencia de los inmediatos anteriores, con algo más de bruma que claramente se divisa allá sobre la línea del horizonte. Tras unos momentos de silencio general ante la inminencia de tan maravilloso como esperado desenlace, los demás personajes que acompañan a la mujer en la escena comienzan a murmurar… parece que el Sol no termina de ocultarse… lleva varios minutos suspendido en la línea del horizonte, justo allí en el límite, pero sin acabar de completar su ciclo diario.

– ¡No puede ser!... –alguien exclama y un escalofrío recorre su cuerpo. Pasa un rato y el fenómeno sin precedente se colma de evidencia, el Sol seguía exactamente en el mismo lugar, quizás declarado en huelga o averiado o quién sabe si, poseído por una duda, meditando si continuar su eterno viaje. Luego más comentarios, al que siguen exclamaciones, algunos lamentos y mucha incredulidad que amenazando tornarse pánico inunda la escena. – ¡No puede estar pasando!… ¡el Sol no puede haberse detenido… su movimiento es el paso de nuestro tiempo al fin y al cabo!

– No es exactamente el Sol el responsable –un tipo con aspecto y tono de intelectual, algo arrogante y conocedor de su porte, puntualiza. – Realmente sería la Tierra la que detuvo su giro... no debemos por ello cargar con esta responsabilidad al Sol que nos alimenta y además, la Tierra ha debido hacerlo muy lentamente o su propia inercia nos hubiera lanzado, si no al vacío, al menos al peor de los destinos… Por otro lado, si realmente la Tierra ha cesado en su rotación, el paso de nuestro tiempo, tal y como lo conocemos, ya no estaría gobernado por su giro diario de 24 horas, si no por su propia traslación en torno al Sol… los días podrían durar cerca de un año…

– Mi niño andaba inquieto y bien sabía yo que algo extraño le ocurría… –interrumpiendo la reflexión del que “intelectual” llamaremos, una mujer apuntó mientras entre sus brazos arrullaba a un bebé que ahora lloraba. – Yo sentí un leve mareo hace unos momentos –continuó un hombre de edad más avanzada a la vez que se unía al grupo.

– Ciertos terremotos y catástrofes de descomunales proporciones han llegado a alterar el cadente giro de la Tierra –el intelectual continuó – modificando incluso el eje terrestre en unos pocos centímetros, acortando con ello la duración de los días en un puñado de microsegundos, como ya ocurrió con el movimiento de la placa Nazca en Chile en 2010, o Japón en 2011… pero detenerse... ¡santo Dios! – y ese que antes calificábamos como arrogante intelectual se sorprendió a sí mismo mentando a Dios, el mismo que hasta ese momento siempre se declaró ateo.

– ¡Quizás estemos todos muertos!... ¡vi algo parecido en una película!... –la mujer con el niño en brazos aterrada comentó para seguidamente comenzar a llorar, sumando su llanto al de su hijo. – ¡Cállese loca! –Alguien de aspecto rudo con malos modos gritó –mi pulso late, mi reloj se mueve... y además es hora de cenar y tengo hambre… usted estará muerta, pero yo le aseguro que un servidor no.

Ya habían pasado más de cuarenta minutos de la hora prevista y el Sol seguía allí, impasible a tanta mirada y tanta pregunta, sin parecer atender ni reparar en nada. Luego los teléfonos móviles que empiezan a sonar, esos mismos que desde hace unos años aparecen siempre en los momentos justos para romper las mejores escenas, ya sean en el cine, teatro o en ese casual encuentro entre dos futuribles amantes que por esa distracción, nunca llegaron a ser tales. Conversaciones telefónicas a uno y otro lado, todas en el mismo sentido, sí, sí... yo también lo estoy viendo... en internet dicen que son varios los lugares en los que se está observando... al parecer comentan que allá por Indonesia y Australia continua siendo de noche, o más bien están viviendo el amanecer detenido. Es curioso que siendo tan diferentes ambos momentos, alba y ocaso, ahora con el Sol detenido, cuesta distinguir diferencia alguna entre ambos.

– Aunque parezcan iguales hay ciertos matices que hacen diferentes los colores del amanecer y el atardecer, que tiene que ver con la dispersión de la luz en las partículas de polvo suspendidas en la atmósfera y que siempre son más cuantiosas en el atardecer debido al calor del día y a que... –seguro que el lector bien conoce ya quién está hablando ahora y con su permiso bajaremos su volumen que empieza ya a ser ruido y, por su verdadero interés, giraremos el objetivo de la cámara hacia el lugar de origen de esta historia: esa mujer que en silencio sigue sentada allí junto al acantilado, con la mirada fija en el horizonte... posición que no ha cambiado un ápice desde el primer instante que empezamos a relatar, momento en que, si bien recuerdan, reparamos en ella.

De repente la mujer parece moverse, estira sus brazos mientras yergue su espalda para, unos segundos después, exhalar un suspiro que parece transformarse en brisa de tarde... luego aprieta sus ojos que arrastran consigo un gesto serio, que por unos segundos tapa con sus manos para después, al retirar éstas de su cara, transformarlo en otro gesto mucho más sereno y calmado. Finalmente se levanta y gira sobre los que un rato antes debieron ser sus propios pasos y comienza a caminar tierra adentro sin prisa alguna, con paso firme pues... la decisión ya está tomada.

No me pregunten porqué, por adelantado anuncio que del todo lo desconozco, pero justo en aquel momento la Tierra, tras un leve quejido, lentamente volvió a retomar su giro para a continuación como el más común y extraordinario de los días, simplemente anochecer.


miércoles, 14 de enero de 2015

En un café de Buenos Aires


En un café de Buenos Aires la vida se me antoja escasa, leo los versos despechados de Blajaquis y una mujer junto a una ventana ordena unos papeles que termina por introducir en un sobre. Dos amigos en conversación acalorada arreglan el mundo, mientras un hombre al fondo mira fijamente la puerta y su gesto cansado me hace pensar que lleva demasiado tiempo esperando. Los versos de Cambalache suenan en el hilo musical del café, ochenta años después, tan vigentes como entonces.

…¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor!... ¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador! ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao…

– Nadie cantó Cambalache como Edmundo Rivero –me apunta desde la barra el dueño del café.        – Aunque bien es cierto que esa canción nunca la pudo cantar el maestro –y con un gesto señala a un cuadro de Gardel que con su eterna sonrisa desde la pared parece corroborar sus palabras.

San Telmo arde en el inicio del verano, enero de 2015. Un colectivo proveniente de Quilmes circula con paso lento hacia Retiro y antes de que se pierda en el marco de la ventana observo la prisa en el gesto serio de un pasajero que impaciente mira su reloj, mientras frente a él una mujer de aspecto más calmado parece reparar en mi curiosidad. Continúo mirando tras aquel cristal y recuerdo ayer mismo esa plaza Dorrego en su día de mercado: antigüedades, sombreros, sifones, tijeras, postales, pulseras, espejos, mates, saleros, bolsos, libros, fotografías, remeras… “¡Todo… tenemos de todo!” alguien gritaba mientras una pareja bailaba sentido un tango en la esquina de Defensa con Humberto Primo y, un poco más adelante Gardelito de San Telmo bajo un sombrero, entona un tango que hace suyo junto a un cartel que recuerda que Gardel sigue vivo. Las fachadas de los edificios no disimulan los años, cara sin lavar en la mañana y aun así bella y, de repente, tu recuerdo bajo una manta inunda mi cabeza… ojalá que este calor intenso a templar tu invierno acudiera.

Giro mi mirada al interior del café y acostumbro a su luz mis pupilas, el reloj que cuelga de la pared está detenido y a continuación observo el mío también congelado. No me cuesta nada imaginar que el tiempo hace años que se detuvo en aquel café. Con más curiosidad que sorpresa observo en la mesa contigua a un hombre que dibuja a una niña que llama Mafalda mientras, a pocos metros, un joven emocionado comenta que ayer Gardel maravilló al público del Tortoni. Justo al lado y ajena a todo esto, una joven de pelo largo ríe sola mientras escribe mensajes en su teléfono móvil y muerde nerviosa su labio. Observo el contraste brutal que no es más que nuestra vida, en el rostro desencajado de una mujer que lamenta que en casa siguen sin noticias de su hermano, que está segura que se lo llevaron, que alguien vio arrancar violento un coche a la hora en la que él salió de casa… y al lado su amiga, que no logra reprimir su llanto y en su consuelo fracasa. Yo me asusto y siento su dolor que hago mío, malditas tiranías que nos azotan y azotaron, cuánto injusticia aún por ser reparada, cuánto caído aún por ser llorado. 

Sigo tomando mi café que nunca parece enfriarse “¡La mano de Dios! ¡Fue la mismísima mano de Dios!” alguien emocionado sobre la portada de El Gráfico grita mientras en otra mesa observo a un joven de bigote bicolor que llaman Charly escribir algo en una servilleta, y el camarero que me mira, me susurra que Mercedes Sosa habla maravillas de ese flaco. Giro mi cabeza y me emociono al contemplar junto a la ventana del café al mismísimo Jorge Luis Borges conversando con Ernesto Sábato y tras un arduo debate concluyen estrechando sus manos. No hay tema universal que un argentino no opine y resuelva desde una mesa de café, oigo a Sábato comentar, mientras reparo en Cortázar que desde un rincón mira ensimismado hacia una mesa donde Campanella en un ordenador portátil escribe algo. Noche de bastones largos en la Universidad de Buenos Aires, señala el titular en un panfleto datado en 1966 que alguien con rápido y tembloroso gesto dejó a mi lado: “el exilio de los investigadores es inminente” leo más abajo… hay cosas que los años nunca cambiaron. 

–¡Nos estamos quedando sin plata, los bancos están cerrados, no dejan sacar más de 250 pesos por semana! –alguien mientras sale hacia la calle maldice y en su lugar entra abrazada una pareja de enamorados. Hay mucha más gente en aquel lugar, muchos que no supe reconocer, entre ellos una pareja sentada junto a la puerta y vestidos con ropa y gafas extrañas que manipulan en silencio y sin mirarse objetos que nunca antes vi, realizando curiosos gestos en el aire sin, en ningún momento, mirarse ni hablar. “¿Adónde vamos a llegar?” me sorprendo en voz alta pensando, mientras alguien que también contempla la escena me mira condescendiente. Es en aquel momento cuando de repente, me siento parte de un instante que no son más que todos los tiempos contenidos en un mismo espacio con olor a café y bullicio de gente. Toda la vida es ahora escribía Machado y en aquel lugar puedo ver más que nunca, todos los ahoras del tiempo reflejados quizás porqué, al igual que yo, el tiempo en aquel café de Buenos Aires sigue en alguna mesa, y sin esperar, también esperando.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

El sicario

Aquella tarde y después de mucho tiempo sonó el timbre de su puerta, se acercó despacio y abrió.

– ¿Qué desea? No esperaba visita.

– A mí nunca me esperan –dijo el recién llegado mientras del bolsillo interior de su chaqueta sacaba un revólver –me envían para matarte… –su voz perdió firmeza al pronunciar aquellas últimas palabras.

– Espera, aún no dispares… en realidad llevo tiempo esperándote –se giró y comenzó a caminar hacia el interior de la casa. El sicario continuó tras él, siguiéndole mientras le apuntaba con el arma a la vez que se preguntaba por qué no había disparado todavía, absurda curiosidad en mala hora, nada recomendable en ese maldito oficio al que había recién llegado. La vida y sus complejos derroteros que hacen que una persona como él, de vida intachable, acabe empuñando un arma para venderse como asesino al mejor postor, en la lucha desesperada por desanudar la cuerda que tras ciertos azares y alguna mala decisión, la horca del destino con implacable fuerza había ceñido a su cuello. La casa tenía un tono gris, sin apenas luz y un olor a cerrado se colaba en su nariz. ¡Dispara ya!, pensó y seguidamente entornó la mirada tras la espalda de quien sería su primera víctima, el pago del primer plazo de su deuda… se aceleró su pulso que comenzó a temblar mientras su pulgar armaba el gatillo.

– En esta casa hubo un tiempo en que entraba la luz –comenzó a hablar quién a un par de pasos por delante del sicario caminaba hacia un oscuro salón de persianas caídas –siempre había luz, de día el sol, de noche las estrellas y a todas horas… ella. En esta casa las cortinas siempre estaban retiradas pues nada había que ocultar... Justo en aquella esquina florecían varias plantas incentivadas por primaveras que duraban doce meses. En esta casa cundía la vida, la felicidad se derramaba y los gritos siempre precedían a carcajadas; las puertas se abrían acelerando la vida y la tinta de los versos, grabando instantes en cada esquina… Botellas de vino que se descorchaban inaugurando los placeres cotidianos, el desorden más primario que generaba quejas de vecinos a deshora, golpes en la pared que exhortaban nuestros ánimos y jaleaban nuestra pasión más íntima; restos y marcas del anoche en la mañana, despertando nuestras cómplices sonrisas mientras una taza de café desperezaba el milagro de nuestra rutina. En esta casa –paró por un instante de hablar, tomó aire a la vez que se sentaba en un viejo sofá junto a la ventana. – En esta casa daba igual el mes, el día o la hora, porque siempre era el mejor momento por el simple hecho de que era compartido, y al mirarnos sentíamos esa complicidad que conducía nuestra vida hacia eso que resolvimos en llamar amor.

El sicario a pocos metros contemplaba la escena y escuchaba la historia que sin entender muy bien por qué y a quién, el otro relataba. Esa última palabra, amor, contrastaba sobremanera con ese entorno gélido y gris, pero al pronunciarla un atisbo de sonrisa y de vida latió en los labios de ese al que la peor de las suertes, según el plan establecido, le esperaba. 

– Y ahora –el condenado retomó su monólogo mientras el tono de su voz languidecía – ahora me mata… me mata el ruido que hace todo este silencio, me mata esta soledad perpetua, me mata sentir el mismo aire sólo impregnado por mi aliento, me mata cada cosa siempre en el mismo lugar, me mata no sentarme ya a esperar que se abra esa puerta y sentir hasta ese instante la humana fragilidad que provoca el miedo a que quizás un día ella no vuelva. Y así fue… y llegó el día en que ella no volvió y eso ya no me mata, porqué ya lo hizo hace tiempo –por primera vez giró su cabeza y fijó su mirada en quien atónito le observaba, cuencas de ojos vacías donde ya ni rastro de lágrimas quedaban de tanto que debieron haber sido llorados. El sicario sintió un frío inmenso recorrer su cuerpo, sentía que sostenía la mirada de un difunto que agonizaba aún después de muerto.

– Hay algo peor que saber que ella se marchó y que no volverá, y es sentir haberla dejado marchar, sentir que de tanto que habité el paraíso algún día pude no apreciar esa suerte, sentir no haberlo dado todo incluso lo que no tenía, sentir que ella nunca volverá a pisar el mismo espacio de suelo que hoy sólo mi sombra ocupa; esa sombra que mientras camino siento como a veces aún se gira y me pregunta por qué. –Levantó la vista y fijo su mirada reseca en la pared ajena de nuevo a ese que allí seguía, apoyado contra la pared en una esquina del salón, el revolver cayendo bajo su brazo como una prolongación ya inútil de su cuerpo. 

El sicario hacía rato que casi no respiraba, pues notaba que el aire oxidado de aquel salón le envenenaba. Sentía que habitaba una cripta y una sensación de claustrofobia y ahogo recorrió su cuerpo. Con cierta dificultad se incorporó y comenzó a caminar hacia la puerta, necesitaba salir de allí, buscar la calle. El inquilino de aquel lugar seguía con la mirada fija en un rincón de aquella sala, acaso recordando algo. Antes de llegar a la puerta de la casa el sicario se giró, fijó su mirada de nuevo en él, sintió una inmensa pena – Al parecer ella nunca pudo olvidarte –tras esas palabras no escritas en el guión y que a sí mismo sorprendieron, cruzó el umbral de la puerta y aceleró su paso escalera abajo mientras sentía que llevaba varios segundos sin poder respirar.

Una vez en la calle tomó aire con la dificultad del ahorcado, se detuvo un momento y se apoyó en un muro de piedra, respiró varias veces, miro hacia el cielo, era azul intenso, respiró de nuevo… comenzó a caminar, hacia donde la calle le llevaba, se volvió a detener, cubrió su cara con las manos, no recordó la última vez que había roto a llorar y así lo hizo durante largo rato. Después sonó su teléfono, tras varios segundos contestó la llamada, una voz al otro lado le interrogaba, tomo de nuevo aire y respondió:

– Estén tranquilos… hice lo que me mandaron. Sí, sí… tranquilos… antes de abandonar la casa me aseguré de que él ya no seguía con vida.

Lo que más dolió al sicario de esas últimas palabras fue el sentir que no mentía.


domingo, 26 de octubre de 2014

Tiempo de sentir

Al abrir la puerta de mi despacho descubrí mi cuerpo tirado en el suelo. Volví a salir, apoyé mi espalda contra la pared sin poder respirar. – ¡No puede ser! –en voz alta me dije mientras frotaba mis ojos, tembloroso volví a entrar, allí seguía… mi cuerpo tirado en el suelo.

Me quedé del todo congelado y no sé cuánto tiempo pude estar así, uno no se imagina nunca siendo espectador de aquella escena de sí mismo. No sabía que podía hacer y a la vez que me lo preguntaba, comenzaba a darme cuenta de que no podía hacer nada. Tras unos segundos y con una extraña calma que comenzó a invadirme y sólo atribuible a tamaño absurdo, terminé por sentarme junto a mi cuerpo para, poco a poco, comenzar a observarlo. La imagen era vulgar, carente de todo atractivo, nada que ver con esos planos que todos hemos visto alguna vez en las películas y que luego son remarcados por esa tiza de color blanco... Nada que ver, simplemente era mi vulgar cuerpo, allí, tirado en el suelo de lado, la boca casi besándolo, con un gesto extraño, imagino que desaprobando el fatal desenlace que debió en el último instante intuir… postura por cierto nada ergonómica, malísima para mi cuello, me sorprendí ironizando… aunque imagino que eso ya no debería ser muy importante.

– ¿Cómo podía haber sucedido? –me preguntaba, no era buen momento para morir y por primera vez nombraba esa fatal palabra, demasiadas cosas entre manos, me venía fatal justo ahora… llevaba además una vida razonablemente sana, de equilibrados excesos, de vicios mitigados. ¿Qué pudo fallar? Demasiadas preguntas, ninguna respuesta, sólo el sonido del ventilador de mi ordenador reclamando ser cambiado. 

Sonó el teléfono, hasta tres veces en el siguiente rato, largas llamadas que no tenían sentido alguno ya responder, más cuando de reojo vi que se trataba de un cliente, imagino que desesperado ante la falta de respuesta, quizás como yo lo habría estado justo un poco antes de besar definitivamente el suelo. El móvil también comenzó a vibrar, era uno de eso grupos de WhatsApp en los que estamos, en los que un día entramos (o nos entraron) y nunca supimos cómo salir. Por un momento fantaseé con la idea de enviar una foto de lo que estaba viendo, de mi cuerpo inerte para luego cambiar mi estado por un “no disponible” o “sin estado” o yo que coño sé… creo que me estoy volviendo loco pensé… y volví a mirar hacia mi cuerpo y luego hacia la puerta, como esperando que alguien entrase y tras dar un grito saliese corriendo para avisar a otros… ¡pobrecito!... ¡era tan joven!… ¡andaba siempre tan estresado!...

– ¡Qué absurdo! –varias veces me repetía… ¡qué vital desatino detuvo mi tiempo! mientras veía que el reloj de mi muñeca seguía avanzando, la insolidaridad de los objetos materiales, que tanto valor le damos, que ni un gesto hacen cuando ya no estamos… nadie vio nunca llorar en un entierro a un reloj, un coche o un teléfono móvil, por muy inteligente que éste último fuera. 

Las seis y media de la tarde, hora de salir pensé, al reencuentro con lo que afuera siempre espera, que siempre es lo más importante y que tantas veces lo olvidamos: familia, amigos, amores, azares, en definitiva la vida… Mi curiosidad decidió sentarse a cotillear el ordenador, tenía un correo a medio escribir, me asomé a leerlo y allí me sorprendieron palabras llenas de emoción: “me gustaría volver a verte…”, “creo que se me quedaron demasiadas cosas por decir…”, “sé que este es el momento…”, “quiero que sepas que…”. Continué durante un rato leyendo líneas y líneas de lo que debió ser lo último que estuviera escribiendo antes del fatal desenlace. Luego giré la cabeza, naturaleza muerta de nuevo ante mis ojos... volví a la pantalla, cerré los ojos, mi corazón latía con fuerza, volví a leer y a releer, a sentir, a sonreír primero, a llorar al fin… y un impulso eléctrico corrió desde mi cerebro hasta mi brazo que se movió y tomó el ratón dirigiendo su flecha hacia la parte superior de la pantalla. Pulsé “Enviar” y de este modo satisfice lo que, sin saberlo, habría sido la última voluntad de ese que ya no era… 

Me quedé por un momento mirando a la nada que en aquel instante junto a una grieta de la pared ubicaba, tomé aire profundo sintiendo como éste abarcaba más allá de mis pulmones, llenando espacios que hasta entonces antojaba vacíos, sentí su humedad y su calma, volví a respirar, para de nuevo sentir, de nuevo respirar y de nuevo sentir… y sentía, sentía tanto que hasta dolía y esa sensación me hizo sonreír… Seguidamente y con la serenidad del que a todo encontró sentido, me levanté de aquella silla, rodee a quien allí continuaba, salí del despacho y me fui… cerrando la puerta sin volver la vista atrás, era ya otro momento, era ya otro tiempo, era el tiempo de sentir.


domingo, 14 de septiembre de 2014

Todo

Se habían conocido unas semanas atrás en algún lugar, que por otra parte es lo de menos; podría haber sido un parque, una sala de espera, una biblioteca, la cola de un cine o quizás una parada de un autobús con retraso. El caso es que se habían cruzado y habían comenzado a charlar y sin saberlo a conocerse. Tal fue el interés mutuo despertado que fueron varias las veces que se citaron y, como era de esperar, mucho de lo que hablaron. Al principio y como siempre, hablaban de todo, que es lo mismo que no hablar de nada: del calor que no había hecho aquel verano, de noticias que copaban titulares, de cuánta gente se reunía en aquél café donde el tiempo parecía detenido.

Ambos tenían ya esa edad en la que las verdades absolutas claudican y también ambos atesoraban un buen baúl de experiencias, algunas compartidas durante sus encuentros… Ahí los tienes; él hablando de la sensación única de dormir bajo las estrellas y poner el alba por despertador; ella disertando sobre las propiedades curativas del olor a tierra mojada, especialmente en aquellos días de final de verano; él hablando sobre ese primer reloj al que cada noche tenía que darle cuerda y, a continuación, ella maldiciendo ese desarrollo que nos arrebató esos relojes que al menos unos segundos al día obligaban a detenernos.
Es cierto que la conversación no era siempre tan profunda; también compartían lo mundano y lo trivial; que si nunca llueve a gusto de todos… que si no hay mal que por bien no venga… que ya sabes que segundas partes nunca fueron buenas… Y al final el amor, lugar donde todo converge, de ello también hablaron. 

Ambos se habían enamorado varias veces, habían querido otras tantas, habían sabido caer y levantarse, abrir la puerta de casa y asumir que al otro lado ya nadie esperaba; besado cuerpos que nunca amarían, amado otros que nunca sabrían que fueron amados, todo… todo parecía haber sido vivido antes y por un momento hablaban como si fueran el hombre y la mujer más ancianos del mundo, con todo ya vivido, poco o nada nuevo por hacer. 

Fue en un receso de la conversación, un silencio de esos en los que decimos que pasa un ángel, cuando de repente ambos se sorprendieron mirándose a los ojos, navegando mar adentro en sus pupilas y quizás manteniendo una conversación paralela a la que brotaba de sus bocas, dato que nunca podremos confirmar y será siempre suposición del que escribe esta historia. Lo que es totalmente cierto es que por un instante ella tembló y él lo sintió como si dentro de su propio cuerpo fuera:

—Y con todo lo vivido, con todo lo sentido, con todo lo reído y también llorado, ¿Qué nos queda por hacer? —ella preguntó. Volvió el silencio y de nuevo el mar a sus pupilas, está vez más brillante e inquieto. Pasó otro ángel y tras él llegó la respuesta:

Todo —y seguidamente los labios de él se adelantaron al tercer ángel que esperaba su turno y lentamente se aproximaron a los de ella que al otro lado de la mesa ya ansiaban su encuentro, justo en el mismo instante en el que en algún lugar del universo una galaxia nacía, una madre abrazaba a un bebé dormido, un soldado concluía un verso… y alguien a pocas mesas de distancia de ellos sonreía y derramaba su café, embelesado ante la imagen de los ya jóvenes protagonistas de esta historia, que ajenos a todo se besaban. Y mientras todo comenzaba… todo de nuevo.