jueves, 14 de agosto de 2014

Cristiano Ronaldo

Lago de Atitlán (Guatemala, agosto de 2014)

Yo cada vez soy menos de fútbol... Esto es una manera de decir que ya casi me limito a finales o a partidos próximos a la resolución de campeonatos. El caso es que ayer, quizás por el atractivo añadido de seguir un partido de “mi” Madrid tan lejos de casa, estando en San Pedro de la Laguna, junto al lago de Atitlan (Guatemala), me busqué un café donde echaban la final de la Supercopa de Europa y allí me senté a ver el partido y compartirlo con el amable camarero guatemalteco y madridista y con una pareja muy culé de Barcelona que le daban un morbo añadido al choque. El resultado del partido fue de 2 a 0 en favor del Madrid que derrotó al Sevilla con cierta solvencia en un partido donde Cristiano Ronaldo marcó los dos goles y fue elegido el MVP del partido. Al salir de allí y tras comer algo tomé un tuk-tuk y me fuí a visitar otro pueblo junto al lago y allí pasear en el correr de la tarde, sin rumbo definido y siempre abierto la conversación con el lugareño o visitante que a ello se prestara.

Un antojo de café y una curiosidad por conocer su funcionamiento me llevó hasta una cooperativa agrícola a las afueras del pueblo y tras visitarla me senté a tomar un café. Yo era el único visitante en ese momento del lugar, por lo que no fue difícil que la agradable y servicial camarera y un servidor comenzásemos a charlar. Ella se llamaba María, era maya tzutujil y había nacido y vivido toda su vida en aquel pueblo, tenía 25 años de edad, estaba casada y tenía dos hijos. Ella me preguntaba por mi país, por cómo era la vida en España. Yo le conté y también le pregunté y ella comenzó a hablarme de su suerte, de las dificultades de su día a día, de la casa que tras diez años de matrimonio habían conseguido ellos mismos construir en una pequeña parcela familiar y de la deuda que habían contraido con el banco que su sueldo de 1.100 quetzales mensuales (unos 110 €) contribuía en su totalidad a saldarla y aún le faltaba una parte que provenía del salario de su marido que era conductor, que con dos hijos mucho tenían que luchar para poderlos mantener y educar, pero que aún así eran de los afortunados por tener ambos trabajo. Me habló también de su infancia difícil, de las diferencias que había sufrido con respecto a sus hermanos varones, de esa escuela a la que iba y donde una parte importante de los alumnos no tenían material básico alguno (cuadernos, lapiceros...) por lo que se limitaban a asistir de oyentes a las clases. También me habló de las diferencias que aún en la actualidad existían, entre hombres y mujeres, entre ladinos e indígenas, que ella como indígena maya las había sufrido, que aunque cada vez más perseguidas, aún eran demasido comunes en estos días. Me habló de la pobreza del pueblo maya, de sus dificultades para progresar, de ese niño que precisó de un transplante y que lo salvaron en España (y que se rumoreaba que la familia no pago nada) y de ese otro niño que hacía poco murió sin remedio, como también murieron dos de sus cinco hermanos, uno a los pocos meses y otro a los catorce años de vida. Ella me preguntó por la religión en España y me contó que todos los domingos iban todos a misa, que eran muy pocos los que no participaban, que ella no los juzgaba, que eso a Dios le correspondía... Yo le comenté sobre la riqueza de su tierra, donde cualquier semilla que caía allí mismo nacía, que cuánto mal le había hecho al suyo nuestro mundo, la deuda eterna de Norteamérica y Europa con las venas abiertas de su América Latina... También nos dio tiempo a hablar de lo mundano, de los amores y desamores, del matrimonio, de mi soltería, de si era cierto que en España la gente se casaba tanto como se divorciaba, que su marido era un buen hombre, que siempre la respetaba, que rara vez discutían... Aún así eran muchas las diferencias por las que luchar, que hacía muy poco que la mujer empezaba a ser tenida en cuenta en su sociedad, que poco a poco comenzaban a participar, aunque la mentalidad seguía estando pendiente de cambiar. Yo también compartí con ella mi mundo, el momento actual, el camino recorrido, el dolor de tanta gente, le hablé de desahuciados, de bancos rescatados, de más ricos y más pobres, de deudas que tendían a ser eternas, de esta falta de felicidad directamente proporcional a la necesidad de poseer cosas, bienes que alguien nos convenció de que eran vitales para lograrla.

La tarde caía y, tras la agradable charla me despedí deseando suerte, que quizás algún día volviéramos a vernos. Al salir de la cooperativa decidí adentrarme y pasear un rato por los campos de café, cuerdas y cuerdas de tierra con plantas bien copadas de joven grano verde, lejanos aún a su madurez. Tras recorrer un buen trecho del sendero vi un hombre que con paso lento y torpe se acercaba, aunque lo que realmente vi fue un montón de leña y bajo ella a un hombre con una cinta contra la frente de donde colgaba todo el peso que caía contra su espalda. Yo le saludé, él se detuvo y me comentó que tenía sed y que le dolía horrores la espalda, que venía de muy lejos de cortar aquella leña, lejos de esas haciendas privadas, de arriba de la montaña y que aún le quedaba mucho para llegar hasta su casa, que con cinco quetzales podría cargarla en un tuk-tuk y así llevarla. Yo le pedí que parase y descansara, que yo tenía agua, que yo le daría lo que necesitaba para tomar ese tuk-tuk hasta su casa. Le ayudé a posar su enorme carga y tras tomar aire y beber agua me contó. Me habló de su pobreza, de sus cuatro hijos, de que no tenía ni una cuerda de tierra, de que sólo le quedaba dedicarse a la leña, que una iba a su casa para poder cocinar y otra para venderla, que por ese montón que le llevaba todo el día prepararla y traerla recibía no más de 30 quetzales (3 €). En época de cosecha de café recibía esa misma cantidad como jornal por trabajar de 7 de la mañana a 4 de la tarde, que también trabajaba a veces fumigando plantaciones, que era muy dañino para sus ojos, que cada vez veía peor. Me volvió a hablar de su dolor de espalda y de esa muela que tenía inflamada, también me contó sobre su Dios y su destino. Me preguntó de donde yo venía y me contó que le gustaba España, sus equipos de fútbol, que él los apoyaba, que eran bravos y valientes... yo mientras le miraba y pensaba que no era necesario que me contara aquello último, que a mí también me dolía ya el alma. La tarde mientras del todo se iba, le di mi mísera limosna para el tuk-tuk, le ayudé a cargar su espalda, le deseé suerte y me sentí aún peor. Vi como se alejaba lento por el camino, la leña apilada superaba con creces su altura, a un lado del haz de leña una bolsa vacía colgaba también de su espalda, imaginé que portaría su almuerzo en la mañana, ahora ya vacía como su estomago y quizás también mi alma, por un momento reparé en el exterior de la bolsa, bajo el polvo y a todo color, la imagen y el nombre de Cristiano Ronaldo imponente resaltaba.


jueves, 24 de abril de 2014

Sonríe poco la gente en los aeropuertos

        —Sonríe poco la gente en los aeropuertos —con la complicidad de un desconocido te sorprendo, mientras tu mirada prudente maldice al cliente que con aire de triunfo se aleja de tu caja, quizás consciente de que su impaciencia supo desvelar tu calma.
 
         Sin levantar la cabeza de tu tarea creo leer una sonrisa en tu boca que al final transformas en pregunta:
         —¿Qué va a tomar?
         —Un cappuccino largo, por favor.
         —Son 18 shekels ¿me dice su nombre?
         —Carlos —te doy un billete y tú me devuelves el cambio.
         —Puede pasar por la barra a retirar su bebida cuando le nombren... que tenga un buen vuelo.
         —Gracias… —y a continuación mi boca añade tu nombre, ese que entre tu pelo asoma, pendiente de un alfiler clavado a tu blusa, que intuyo planchaste con prisa, quién sabe si por una buena causa, o tal vez por desgana o simplemente al saber que llegabas tarde al trabajo. Vuelves a sonreír, esta vez mirándome a los ojos, quizás sorprendida de oír tu nombre en acento extraño, y creo ver durante ese tiempo de miradas ajenas que concurren un espacio vital donde nos reconocemos humanos, cada uno con sus nombres, sus antojos de café, sus horarios de oficina y sus prisas que dejan su huella en camisas medio planchadas.
         Seguidamente me encamino hacia la barra donde alguien tras pronunciar mi nombre convertirá ese ticket que le entrego en un café de aeropuerto, que aunque de sabor y aroma limitados al menos con solvencia suficiente como para aliviar mi espera. Es justo antes de perderte de mí foco de visión, ese que define el instante presente de nuestras vidas, cuando sutil y curioso reviso tu gesto. La breve huella de una sonrisa reciente en tu boca parece haber olvidado que unos segundos antes andabas prudente maldiciendo… y yo camino hacia mi destino y sonrío… esta vez sin saberlo.
 

jueves, 20 de marzo de 2014

Ella era de hielo

Ella era de hielo, retazo de un invierno que vino largo y en él la conocí, en el pasar de una noche, sentada, sola, junto a una fuente helada… el caso es que la vi, la miré, nos miramos… no recuerdo ahora quien sonrió primero, aunque seguramente fue ella sorprendida ante mi intención de prestarle mi abrigo. Ella lo excusó: “gracias, no es necesario… las heladas me hacen bien”, creo que fue en ese momento al mirarnos cuando su brillo se alojó en mi cabeza, allí donde aún sigue.

Recuerdo que siempre paseábamos en la noche, amparados por la luna y su frío. La escarcha en su piel acicalaba su invierno, aquel mismo por el que nunca quise preguntar, justo ese del que ella nunca hablaba… Ella era bella, jodidamente bella, y yo encandecía a su lado sólo con mirarla… y así fue como, poco a poco y noche tras noche, comencé a desearla… noche tras noche… noche tras noche… para al final acabarla amando como yo creía que ya no se amaba… como nunca antes había amado.

Ella era de hielo, tan de hielo como inevitable que pasara… y al final pasó. Fue de noche, nuestro único y posible escenario, rozando ya la madrugada, a esa hora en la que ella se perdía en la última oscuridad nocturna, a la misma hora en la que yo me sentía el hombre más desahuciado del planeta... Fue en ese momento en el que ella, como tantas veces, hacía su habitual gesto de despedida, ese al que nunca había sido capaz de acercarme… el mismo al que ella nunca me dejo aproximar. No recuerdo muy bien cómo comenzó todo, creo que al principio fueron mis brazos, que hartos de tanta razón se rebelaron y detrás, siempre condescendiente, fue mi cuerpo… y ahí los tienes, por un instante, hielo (ella) y fuego (yo) abrazados, como si pretendieran redimirse de tanto antagonismo pretérito… unidos en tan único como imposible elemento... No sé cuánto tiempo duró ese abrazo pero recuerdo perfectamente lo que vino después. Al principio creí que eran sus lágrimas y al abrir los ojos me descubrí empapado. La primera luz del día me trajo mi rostro desde el suelo reflejado en un charco… Ella ya no estaba… yo nunca la vi marcharse…  alguien desde algún lugar comentó que la primavera al fin había llegado.
 

domingo, 9 de marzo de 2014

De milagros y rutinas

Será ese gesto
que regresa a mi cara
cuando vuelves
con el final de la jornada
yo te sonrío
y tú tan guapa

Será la risa
desvelando nuestras ganas,
estate quieto
y mis brazos enredándose
en tu encuentro
- ¡te eché de menos!…

Es la rutina de este milagro
entre tú y yo
un universo en nuestras manos
para los dos

Será el querernos
tal y como nos gustamos
con ese tiempo
que tanto supimos darnos
tiempo sin prisa
tiempo salvado

Serán los besos
que regresan a los labios
reconocernos
para luego reinventarnos
como un principio
siempre empezando

Es la rutina de este milagro
entre tú y yo
un universo en nuestras manos
para los dos

Y tu boca es un quizás
mi diario de certezas
esos cuadros por pintar
y tu risa lo demás
equilibrio en los espejos
estribillo de este sueño
la vida junto a ti.

Canción dedicada a todas esas parejas que a pesar de los años que llevan compartidos, la única rutina que en lo personal les afecta, es la constatación de ese milagro que día tras día se repite...


 

miércoles, 5 de marzo de 2014

Largo, camino largo

Cuando me falte el aire
cuando no tenga fuerzas ya para decirte
que los años ¡ay hermano!
no, no pasan en balde

Huelo, aún su invierno
de nieve blanca se cubrió aquella estación
en un adiós, ¡por Dios no puedo!
Te oí gritar, todo tembló
sólo se vio un humo incierto... un humo incierto...

Un pasado, eterno presente
mes de enero, Canfranc estación

Junté mis manos y grité seré capaz
si hay algo más fuerte que el amor es la necesidad

Largo, camino largo... largo
largo, camino largo

Sí, sí, aún recuerdo
perfectamente a ese niño preguntando
¿por qué nos vamos?
nadie responde...

El silencia temblaba en los labios
mes de enero, Canfranc estación

Junté mis manos y grité seré capaz
si hay algo más fuerte que el amor es la necesidad

Largo, camino largo... largo
largo, camino largo

Cuando me falte el aire
cuando no tenga fuerzas ya para decirte
que los años ¡ay hermano!
no, no pasan en balde



sábado, 12 de enero de 2013

12/01/2010, 16:53:09

Aquella tarde él estaba inquieto, miraba cada minuto el reloj deseando que dieran las cuatro, su hora de salir, su hora de apagar la cortadora y acallar así su maldito ruido, pidiendo a gritos ser sustituida por otra más nueva. A continuación, siguiendo su protocolo diario, se quitaría el mono de trabajo, recogería su mochila y se dirigiría hacia la puerta, no sin antes pasar por delante de la oficina del jefe para, con un escueto gesto, despedirse hasta el día siguiente.

Pero ese día no sería así, no, ese día era diferente, ese día llevaba tiempo marcado en su calendario. Había tomado una de las decisiones más importantes de su vida, que ni mucho menos le había resultado fácil... Lo cierto es que ya llevaban casi dos años juntos, y a la edad que tenían, todo el mundo entendía que era más que suficiente para que ambos tomasen alguna decisión al respecto. Se les veía felices, no hacía falta preguntarles, simplemente observarles, ver como se miraban, como les gustaba pasear cerca del embarcadero y quedarse mirando el atardecer. Observar como ella susurraba algo a su oído y él dibujaba una sonrisa, mientras con su brazo izquierdo la atraía hacia si, hacia ese espacio que queda entre su pecho y el aire fresco de la tarde.

Salió corriendo, se despidió desde la puerta, lanzando un "hasta mañana" que rompió el silencio de aquel lugar, no esperó a la respuesta y, mientras corría hacia el autobús, recordó que había dejado encendida la luz del almacén... Daba igual, mañana sería diferente, mañana sería el primer día del resto de su vida. El autobús iba atestado de gente, una mujer en voz alta pedía que no dejasen entrar a más gente, que esperasen al siguiente, que casi no se podía respirar allí dentro. Mientras, al fondo, dos estudiantes hablaban del último examen que habían tenido, de la extraña pregunta número cuatro, que nadie había sabido responder... Todo le sonaba lejano aquel día, el sólo miraba su reloj, calculando los minutos que le quedaban para llegar a la tienda de comestibles donde ella trabajaba.

Quería que fuese especial, inolvidable, una sorpresa mayúscula, lo tenía todo preparado... Había escrito en un papel algo parecido a un guión, con el que intentaría ayudarse para poder transmitir todo lo que quería decirle, y cuanto más lo pensaba más ganas sentía de llegar, ella salía a las cinco de trabajar, y él casi nunca iba a buscarla, y ese era el principio de su plan.

Por fin llegó, la vio tras la puerta, recogiendo las cajas de fruta que tenía colocadas fuera, preparándose para cerrar y volver a casa como cualquier otro día. Con gran alegría contempló el hueco que en la calle había dejado el coche de su jefa, señal de que ella estaría sola en la tienda... No pudo esperar más, entró en la tienda y la saludó, ella se asustó al notar su mano en la espalda, no esperaba visita y cuando se giró y le vio, le abrazó con fuerza, - ¡qué haces aquí! ¡qué sorpresa!... Él se quedó mirándola fijamente, y se dio cuenta que no podía esperar mucho, que la emoción iba a ganarle la mano a sus ojos, así que tomó su mano y la llevó hacia el interior de la tienda. Había imaginado durante tantos día aquel momento y ahora, en el último instante iba a improvisarlo todo, se dio cuenta que no podía esperar a que saliesen de allí y llevarla junto al embarcadero, a su banco, justo aquel lugar en el que hacía unos días había tomado su gran decisión... De repente se oyó un ruido, un rugido que salía bajo sus pies... La lámpara empezó a moverse y seguidamente todo tembló... algunos frascos cayeron de la estantería rompiéndose contra el suelo... Fue muy rápido... demasiado rápido... ella le miró aterrorizada, él se quedó paralizado... de repente todo se derrumbó... y la oscuridad lo inundó todo...
 
Dedicado a todas las personas que han sufrido el terrible terremoto de Haití, a todos los que han fallecido, a todos los que necesitaron ser enterrados para que pudieran ser vistos por el resto del mundo, para que nuestro olvido no sea la peor de las réplicas del terrible seísmo. Cada una de estas personas tenía tantas historias, sentimientos, emociones, planes, recuerdos, sueños, promesas, esperanzas, tantos como podamos tener cada uno de nosotros.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Me gustaría

Me gustaría contarte
que ya nunca me vuelvo tarde a casa
y que hace tiempo deje de buscarte...

Me gustaría explicarte
que aunque no estés estoy mejor que antes
que por fin he aprendido a olvidarte...

Pero no puedo...
pero no puedo...

Me gustaría sentarme
delante de tu cuerpo, contemplarte
poder atravesarte sin tocarte...

Y si acaso tú me miras
como quien ve llover...
o por contra tu sonrisa
derrama mi café...
quizás no sea tan tarde
tan ajeno contemplarte...
- Y cuéntame...