viernes, 14 de agosto de 2015

El niño

Hacía mucho que no paseaba por aquel lugar, aquella aldea que le vio crecer desde niño, donde tanto tiempo había pasado; el lugar donde sus antepasados habían dejado escritas sus huellas, el mejor y el peor recuerdo de su historia. Robles y castaños milenarios observaban su paseo y los caminos, cada vez menos transitados, parecían ir abdicando al inevitable paso del tiempo entre zarzas y hierbas cubriendo, como una manta de olvido, el lugar por donde tanta gente e ilusiones habían antes transitado. Aquel camino que comunicaba con la vieja carretera que era la vía de salida y comunicación con el exterior, lugar por donde antaño llegaban carteros, vendedores ambulantes, artesanos, panaderos… el mismo donde comenzaron tantos sueños como huidas. Cuántas despedidas tuvieron lugar en aquel lugar, despedidas que algunas se sabían definitivas, como cuando varios emigraron desde la aldea a aquella América del Sur en pleno crecimiento, en su dulce efervescencia. Argentina, Uruguay, incluso Brasil… viajes que ocupaban varias y largas semanas, volviéndose eternos a ratos, en el deambular hacia un destino que se antojaba irremediablemente definitivo.

Por allí paseaba nuestro protagonista, bien entrado ya el siglo XXI… verano 2015, los carteros hacía tiempo que habían desaparecido, ejecutados ya en última instancia por una tecnología que vibraba a cada paso en el bolsillo de su pantalón, esos mensajes instantáneos que poca reflexión previa tenían, que poca atención en el destinatario suscitaban. Benditas cartas, algunas escritas y reescritas durante horas, aquellas palabras que nunca hubo viento capaz de arrastrarlas… En esa reflexión andaba, cuando percibió un ruido que provenía de uno de los árboles, pensó que sería algún pájaro pero su intensidad en aumento fue descartando esta opción. Al llegar a un claro del camino pudo observar la razón del ruido: en la cima de uno de esos castaños milenarios un niño de unos once años colocaba un tablón de madera entre dos ramas mientras de su bolsillo sacaba un martillo y varios clavos. 

– ¿Qué andas haciendo? Te veo bien ocupado... –el hombre con tono amable y distendido preguntó desde abajo.

– Una casa –con voz seria y sin darse la vuelta respondió el niño desde el árbol. –Bueno… una cabaña… –corrigió quizás viendo que la palabra “casa” podía ser un tanto excesiva. –Una gran cabaña –finalmente sentenció, a la par que seguía moviéndose de un lado a otro con habilidad envidiable… la propia de un niño en definitiva, sin nunca detenerse y en su gesto ignorando a quien ahora le observaba sentado sobre una piedra junto a la pared del camino.

Pasaron varios minutos en los que el niño seguía de una rama a otra con su trabajo. Ahora con una cuerda trenzando una especie de baranda protectora, seguramente para proteger de alguna caída a otros que no fueran tan habilidosos. 

– ¿Sabes una cosa?... –finalmente rompió el silencio el hombre desde abajo. – Yo también hice una cabaña sobre un árbol hace ya muchos años, cuando pasaba largos veranos en esta aldea. Soñaba que fuera la más grande y cómoda de todas la que hasta entonces se hubieran levantado, con espacio suficiente para varias personas, que pudiera albergar a todos mis amigos, donde jugar, refugiarnos los días de lluvia, esconder nuestros tesoros, compartir tantos secretos... –hizo un silencio reflexivo y tras tomar aire continuó:

– Trabajé duro durante varios de aquellos veranos en aquella cabaña que poco a poco fue tomando forma… cada vez más cerca de lo soñado... en mi cabeza claramente podía verla. Luego a la vez que yo crecía, el proyecto se fue retrasando… sin darme cuenta y poco a poco lo fui abandonando… yo seguía creciendo y los planes al mismo tiempo cambiando… los amigos se fueron, las chicas llegaron… bueno… ya lo irás viendo cuando crezcas. Luego dejé de venir al pueblo, la ciudad ofrecía tanto incluso en verano y también los lugares tumultuosos de playa… que no eran más que otras ciudades al fin y al cabo. Siguieron transcurriendo los años… uf… cuántos pasaron… 

¿Y los sueños?... ¿qué fue de los sueños? –el niño de una manera que sonó contundente preguntó y ahora sí dejó de hacer su trabajo y se giró hacia aquel que desde el camino fijamente le observaba. Clavó su mirada en sus ojos y allí se quedaron unos segundos, hombre y niño contemplándose. 

– Di… ¿qué paso con tus sueños?... ¿olvidaste tus sueños? –el niño desde arriba insistía, mientras que el hombre en silencio y paralizado observaba esos ojos despiertos que fijamente lo miraban, esa mirada… que sentía tan familiar, bajo ese pelo revuelto y desordenado, con esa frente sudorosa que mostraba una cicatriz en su lado izquierdo, un mal golpe contra una ventana que nadie avisó que estaba abierta, de pronto recordó… a la vez que lentamente movía su mano hacia su propia frente, acariciando suavemente la huella casi imperceptible de una cicatriz que el tiempo y las arrugas habían ido enmascarando… pero allí estaba… exactamente igual, en el mismo sitio... y muy próximos a ella estaban esos mismos ojos que, aunque ahora más hundidos bajo unos parpados algo caídos subrayados por unas ojeras bien marcadas, la escena observaban. El pelo era lo único que había realmente desaparecido, al menos esos remolinos que ahora caían sobre la frente de ese niño que la memoria de sus sueños reclamaba… ese niño… que era él.


1 comentario:

  1. En este relato me hiciste recordar mi niñez.¡Cuántas cosas he soñado despierta en mi pueblo!,y que momentos tan felices he pasado en mi niñez.Disfruto leyéndote.Que nunca desaparezca ese niño que llevamos dentro.

    Besines

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